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La duda

Hijo de la duda. Su autor es Domingo Marte

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La duda

Una falla en la energía o en algún dispositivo eléctrico produjo el apagón en la emblemática y bien mantenida Biblioteca Nacional. Quizá para afirmar la necesidad de dar espacio a la incertidumbre en lo relativo al desarrollo de las actividades humanas. 

En esas circunstancias la puesta en circulación del libro transcurrió en medio de la penumbra, con la virtud de recordarnos que esa era la norma en tiempos no tan lejanos.

Tal ocurrencia obliga a dejar abierto el espacio a lo imponderable, por más que nos clave los aguijones urticantes de su esclavitud. Y esto equivale a no dejar nada por hecho; mantenerse a la expectativa, encima de cada detalle, por si falla el engranaje que está supuesto a no fallar.

La calidez de la nutrida asistencia, reunida allí, compensó con creces el mal augurio, y dio testimonio de reconocimiento y agradecimiento al autor. 

Ramón Peralta Romero, director de la Biblioteca Nacional, leyó el prólogo, escrito con enjundia. Elogió el contenido de la obra, su corrección, la conducción e intensidad del diálogo y de la trama. Mencionó que es la segunda novela del autor, junto a otros aportes en la forma de ensayos, artículos, libros institucionales de envergadura, fotografías y cintas cinematográficas.  

Luis González Fabra, en rol de maestro de ceremonias, se extendió sobre las cualidades del escritor. Destacó su carácter polifacético: ingeniero agrónomo, cineasta, fotógrafo, escritor de ensayos, trepador de alta montaña, explorador de todas las playas, costas y cauces hidrográficos del país, servidor público en altos roles, tales como ministro de Agricultura y miembro titular de la Junta Monetaria.  La concurrencia escuchaba absorta, entretenida.  

Llegó el momento. Y surgió lo inesperado. El protagonista del acto introdujo el suspense al expresar al desgaire: 

–Y si yo les dijera que el libro que se pone en circulación lo escribió otro, no yo.  

De inmediato se hizo el silencio expectante. La sala apenas reflejaba la penumbra soñolienta del atardecer. La tensión fue en aumento. Un hombre serio nunca haría algo así. 

En su cara se notaba el goce de haber puesto en vilo a la concurrencia. Era como si se esmerara en proseguir con el proceso creativo de su novela. Pero no, todo quedó despejado. La empezó a escribir hace muchos años –dijo. La engavetó. La dejó dormir. Hace poco la sacó de las telarañas y la retomó. En el largo proceso, el creador de la trama se transformó, ganó conocimientos, experiencia, profundidad en la comprensión de la vida y de sus circunstancias.  

Siendo el mismo, no puede decirse que sea exactamente igual a quien fue. Algo parecido a la idea de que el agua con que te bañas en el mismo río siempre es distinta. La que fluye al pasar, no es la que fluye después (pensamiento filosófico de Heráclito).

Aquel joven que empezó a escribir la novela la hubiera desarrollado de manera diferente a como lo hizo el hombre ya entrado en años que la terminó. Al haberla postergado quizás perdimos una obra excelsa; tal vez la ganamos al haberla pospuesto. 

En lo que hay certeza absoluta es en la cualidades del autor. Hombre ejemplar, sencillo, humilde, solidario, en afán permanente por ascender en la escalera de los valores humanos. Buen padre, esposo, familiar, amigo. Emprendedor. Incansable. En busca incesante de aportar algo constructivo a la comunidad.

Su vida es una enseñanza. No se conforma con lo alcanzado, que ya es mucho. No para engreírse, afectarse, envanecerse, sino para llevar su espíritu al límite de sus posibilidades. Siempre ha ido a por más. Y lo ha hecho bien. De él cabe decir que no le cabe la satisfacción de hacer las cosas porque hay que hacerlas, sino de acometerlas con timbres de excelencia. 

Viéndolo allí, casi en la sombra, incitando a los asistentes a que hicieran preguntas, no pude más que admirar su temple y su talante. Pensé, caramba, qué buen ejemplo para nuestra población. 

Y lo tenemos ahí andando en guayaberas, uno más en la multitud informe, dando traspiés por las calles con paso atolondrado, solo o acompañado, respirando y transmitiendo esencia de pueblo, como si nunca hubiera puesto un grano de arena en el perfeccionamiento de nuestra sociedad, cuando su contribución ha sido tan notable, tan brillante. 

Ahora se me escapa el nombre de su novela. Puede que sea Hijo de la duda. Su autor es Domingo Marte, creo que nativo de San Francisco de Macorís o de Nagua, según he oído decir. O de ambos. La duda, carajo, siempre la duda

Llegó el momento. Y surgió lo inesperado. El protagonista del acto introdujo el suspense al expresar al desgaire: –Y si yo les dijera que el libro que se pone en circulación lo escribió otro, no yo. De inmediato se hizo el silencio expectante. La sala apenas reflejaba la penumbra soñolienta del atardecer.

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  • Duda

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.