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Retrato de tres candidatos

El debate confirmó los caracteres en juego, foro en el que cada uno proyectó lo que era, a pesar de los condicionamientos escénicos

El domingo 19 iremos a votar, una de las pocas experiencias que nos persuade de vivir en democracia. Y lo haremos sin aprensiones, como debiera ser después de casi 70 años de historia electoral.

Esta vez no se esperan sobresaltos, a menos que los partidos falsifiquen una crisis para desmeritar el honorable trabajo de la JCE. De las pocas cosas por confirmar será saber si habrá o no segunda vuelta y cuál organización quedará como cabeza de la oposición, a pesar de que la mayoría de las encuestas cerraron ese cuadro.

Pasó la campaña electoral y pocos candidatos mostraron planes de calado para abordar nuestras insolvencias. Si fuera por eso, daría igual escoger a uno u otro, porque ninguno marcó diferencias en tales atenciones. Y es que permanecen incólumes las estructuras de inequidad que nos separan socialmente y les dan vigencia a los bajos índices de inclusión y desarrollo humano, esos que todavía nos arrinconan en el atraso, más allá del crecimiento económico, los subsidios sociales y las obras de infraestructuras. Ante la ausencia de propuestas sustantivas, nos quedamos, como siempre, varados en una escogencia subjetiva que valora al candidato antes que sus planes.

Uno de los aportes de la campaña electoral fue el primer debate presidencial. La experiencia no generó los mismos entusiasmos que su anuncio. Fuera del candidato del PLD, era previsible lo que dirían Luis Abinader y Leonel Fernández, dos figuras ya conocidas. El estreno de Abel Martínez resultó algo mejor que lo sospechado, aunque retórico y vago como el que más.

El debate confirmó los caracteres en juego, foro en el que cada uno proyectó lo que era, a pesar de los condicionamientos escénicos. En las intenciones reveladas se conjugaron tres verbos: saber, hacer y sentir. Fernández quiso mostrar lo que sabía; Abinader contrastó el conceptualismo de Fernández con una rendición de lo que hacía; Martínez, consciente de sus limitadas competencias, apeló al sentimentalismo retórico en una presentación más emotiva que racional. Los tres manejaron cómodamente los enfoques porque calcaban sus personalidades, esas que el próximo domingo se someterán al escrutinio electivo. Veamos.

Luis Abinader viene del litoral empresarial. Llegó al gobierno por el cansancio popular que causó el PLD. Pocos lo veían como líder ni tampoco él lo asumía. Recibió un país y un mundo clausurados. La crisis global del COVID-19 exigió más de lo que traía. Esa circunstancia, severamente hostil, desató en él empujes no esperados que, quiérase o no, arreciaron su carácter; así, de una apariencia destemplada -o, según su esposa, "tayota"- se fue revelando una personalidad cada vez más resuelta.

Abinader no es un hombre de atrayente lucidez intelectual, tampoco retoza con esa presunción. Es un ejecutivo de recio pragmatismo que gestiona el despacho como una empresa. No guarda grandes poses y se muestra cercano. Antes que presidente, es un gobernante, atento, más de lo que debiera, a todos los temas. Ejerce su mandato día a día, con una agenda que muchas veces rebasa su disponibilidad.

Al principio se le percibía impreciso e improvisado, hoy es otro: relajado, seguro de sí y con aparente dominio de las circunstancias. Aquel presidente prudente ha mutado a un político fiero, provocador y no pocas veces demagógico. Sin embargo, aquel discurso de respeto institucional lo echó a un lado para consentir prácticas de la vieja política con tal de ganarse la reelección: transfuguismo electoral, alianzas por cuotas y cargos, mercenarismo de la prensa, abuso de la publicidad oficial y populismo retórico, vicios que le criticaba enérgicamente a los gobiernos del PLD.

La decisión de reelegirse ha despertado a otro Abinader, seducido por una carrera de popularidad, que, de ganar, lo llevará a un gobierno repleto de deudas políticas y con una burocracia pequeña para satisfacer las presiones de un activismo político diverso e inútil. No sabemos si perderá aquel control ético que mantuvo "aparentemente" constreñida la apetencia de los funcionarios. En realidad, no sabemos: el Abinader del 24 se distancia de aquel del 20.

Leonel Fernández, por su parte, arrea la pesada tarea de ganar un cuarto período. Pero parece que su mayor problema es él. Es el más conocido y viejo de todos los candidatos, con pocas o ningunas reservas para sorprender. En la campaña no se construyó otro relato de su personalidad. Es el mismo Leonel escudado aún en la consigna de otros tiempos: "E´palante que vamos". Su discurso, un tanto cansado, se percibió reactivo y ligeramente desconectado. Arrastra así un rechazo casi natural en un amplio segmento que lo conoce; es su hándicap. Fernández es un académico conceptuoso de una retórica atractiva, más cuando eso importaba; a las nuevas generaciones les atraen otras sensibilidades con las cuales el candidato no logra conectar.

Fernández es el ilustre ejemplo de un líder "políticamente correcto". Maneja un discurso frío, impersonal y conceptual. Así, cuando fue presidente no ofendió verbalmente -al menos en público-, evitó confrontaciones ociosas, se mantuvo al margen de temas espinosos, respetó el establishment, no respondió insultos, deslindó su vida personal de la pública, mostró una sonrisa diplomática, buscó a sus adversarios y les dio libertad a sus ministros para que administraran la hacienda pública a discreción, tolerando la corrupción como práctica cultural. Prefirió presidir antes que gobernar. La idea era evitar el desgaste de la cercanía que provoca la gestión corriente, esa que hoy, paradójicamente, retribuye con sobrada popularidad al presidente Abinader.

Con el tiempo se fue revelando una grotesca inconsistencia entre la palabra y los hechos de Leonel Fernández. Así, mientras en la Constitución que prohijó su gobierno se consagraba por primera vez el delito de la corrupción, en la práctica poco o nada hizo para prevenirla, mucho menos para perseguirla; en tanto en la Ley 133-11, votada en su gobierno, se consagraba la independencia del Ministerio Público, en los hechos, sus procuradores eran dirigentes políticos que le debían lealtad al Ejecutivo. Hoy Leonel no ha dado señales de cambio y eso no le inspira confianza a quienes vivieron sus gobiernos.

Abel Martínez es un ensayo de Danilo Medina. Fuera del debate presidencial iba a pasar como un desconocido. A pesar de su juventud, es hechura de la vieja política. Es osado, ambicioso y pertinaz. Resultó candidato del PLD porque, de no serlo, se iba a ir a la Fuerza del Pueblo en un momento en que en el PLD se iniciaba la desbandada.

Su candidatura es más circunstancial que intencional; tanto, que no ha logrado prender los entusiasmos en la vieja dirigencia del partido. Fuera de su historia como fiscal, diputado o alcalde no tiene otras credenciales para hacer competitiva su oferta como presidente, porque sencillamente no la tiene y eso no se improvisa. Sus intervenciones son performances o libretos publicitarios, que no generan adhesiones consistentes. De no resultar elegido, será la última carta de Danilo Medina como dueño de esa organización, titularidad que tendrá que ceder a otro liderazgo joven y colectivo, si su intención es preservarla.

El debate confirmó los caracteres en juego, foro en el que cada uno proyectó lo que era, a pesar de los condicionamientos escénicos. En las intenciones reveladas se conjugaron tres verbos: saber, hacer y sentir. Fernández quiso mostrar lo que sabía; Abinader contrastó el conceptualismo de Fernández con una rendición de lo que hacía; Martínez, consciente de sus limitadas competencias, apeló al sentimentalismo retórico...

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Abogado, ensayista, académico, editor.