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¿Resistencia o sumisión?

La paradoja del progreso y el mito de la filantropía empresarial en el mercado informal

Cuando el Foro Económico Mundial, el Banco Mundial, la OCDE, el BID, la CEPAL o el FMI publican sus informes globales/regionales, y en particular sobre la República Dominicana, se desata en los medios y las redes un eufórico homenaje al pesimismo. Pero tan pronto la distracción pone su cartelera, una parte de la sociedad vuelve a festejar la vida y otra a rumiar las quejas. Todo se olvida... y se regresa a la rutina.

Tales transiciones son espectaculares; revelan el carácter movedizo de las masas. No se sabe entonces qué es más trágico: si el retrato estadístico de nuestras carencias o la bipolaridad emocional de una sociedad sin pensamiento orgánico. Probablemente los dos, pero ambos cuadros están atados por un vínculo de causa a efecto; así, para optimizar la realidad objetiva es necesario cambiar la actitud subjetiva.

En el tratamiento psicológico de cualquier enfermedad se parte, como premisa básica, de que el paciente conozca y acepte su estado. A escala colectiva esa reflexión sigue en construcción en la República Dominicana. La sociedad no ha entendido las causas de su estado por adolecer de una comprensión robusta de su visión y realidad. La educación no ha llegado a tanto.

A pesar de su actitud quejumbrosa, el dominicano muestra un dócil asentimiento a su realidad. Tal disposición tiene dos bases: el pesimismo social, que asume como infructuoso cualquier empeño de cambio; y la apatía prohijada por la comodidad individual. Nos referimos así a dos tipos de adaptaciones: una resistida y otra sometida, pero indistintamente pasivas.

En el primer grupo se reconocen los que ya no creen que el sistema puede retribuir sus inversiones humanas en el colectivo; en el segundo, los que han hecho todo lo individualmente posible para crear su bienestar al margen del sistema, y tal logro no lo quieren arriesgar. En palabras más gráficas: mientras los primeros resisten un "sistema del carajo", a los segundos les importa un "carajo el sistema". En medio de esa disyuntiva se escurre una clase política que "vive del sistema" y en tal condición le importa "otro carajo" su futuro.

Hace algunos años leí The progress paradoxuna obra de Gregg Easterbrook en la que el autor explica por qué, a pesar de que la vida parece ir mejor, la gente cada vez se siente peor. Easterbrook justifica esa actitud pesimista en la idea arraigada en el pensamiento occidental de que el futuro está asociado a las expectativas crecientes de progreso y bienestar. Cada generación espera alcanzar más que la anterior. El autor entiende que, a partir de la crisis global, esa perspectiva "incrementalista" se ha truncado por la poca solidez del pasado, y asoman entonces los miedos, las dudas y las ansiedades. Esas incertidumbres no se dan en la sociedad dominicana porque su pesimismo cultural no le permite generar perspectivas de mejoras en el porvenir. El futuro óptimo es sobrevivir al presente, con una proyección lineal de sus expectativas.

Tal decepción es la que toma forma de "venganza ideológica" en algunas sociedades políticas de Occidente, las que han optado por insubordinarse "a su manera", reprochando los modelos políticos y económicos tradicionales a través de propuestas "alternas" (derecha, izquierda y ultras), pero dentro del sistema. Ofertas atrapadas en la retórica y la confrontación. Ese fenómeno lo vivió Sudamérica hace casi tres décadas, con resultados pendientes de evaluación histórica.

Sin embargo, es axiomático afirmar que mientras los beneficios "del progreso" vayan a los que dominan el sistema, este permanecerá inmutable. Así, las grandes reformas se diluyen en intenciones y ningún gobierno se atreve a asumirlas: seguridad social, eléctrica, fiscal, entre tantas. Tenemos tres decenios hablando de las mismas reformas.

De esta manera nunca habrá razones para aceptar que andamos mal en un "ordenamiento" que, a pesar de sus agotamientos, funciona dentro de "su racionalidad". Y no me refiero solo a la clase política, sino a los centros que controlan la economía y que en tal condición intervienen en el juego político para preservar su estatus en el sistema. 

Para esos resortes, mientras el Estado no intervenga en el mercado (concentrado y desigual), cambie los modelos o equilibre las reglas de juego, todo es mejorable. Esos centros tienen poderes de presión (de facto power) para reestructurar la distribución del gasto y del ingreso, la inversión social, la transparencia pública, las políticas sociales de protección y seguridad a segmentos vulnerables, y así descomprimir las tensiones sociales que en cualquier coyuntura política pudieran detonar. Pero para ese sector tales problemas son del Estado; su contribución más épica es el empleo, "aporte" por el que se creen acreedores del cielo cuando proclaman los miles de puestos que generan como si eso fuera un acto de espontánea filantropía, sobre todo si se considera que el 54 % de la mano de obra activa en el país trabaja en la informalidad, circunstancia motivada, entre otras razones, por los salarios de indignidad que dominan en el sector formal de la economía. Pero ¡cuidado con quien mencione eso!, bajo riesgo de merecer todas las sospechas y estigmas ideológicos. De manera que, mientras ese núcleo duro del establishment no se vea amenazado, podremos dormir sobre nuestro cómodo pesimismo, porque aquí se podrá cambiar la facha, pero nunca el viejo armazón.

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Abogado, ensayista, académico, editor.