Pandemias y cambio climático

La ciencia nos está alertando a tiempo sobre probabilidades de eventos catastróficos similares o peores.
$!Pandemias y cambio climático

El desbordamiento sin precedentes de ríos y afluentes que, en los últimos días, ha tenido lugar en el corazón mismo de Europa, hizo saltar a las primeras planas de la prensa internacional el grito de alarma sobre los efectos del cambio climático. Reducido por décadas al ámbito de la investigación científica, de las revistas académicas especializadas y de los discursos de presidentes y jefes de Estado en controvertidos foros internacionales -creados por las potencias que tienen la mayor cuota de responsabilidad en la emisión de los gaseas de efecto invernadero que lo generan- el debate sobre el cambio climático ha estado centrado en sus elementos más perturbadoramente visibles.

La frecuencia con que se suceden los incendios forestales en territorios cada vez más extensos del planeta, los agobiantes períodos de sequía, el sostenido incremento del nivel de los océanos, la contaminación del aire que respiramos, o el éxodo de una desesperada multitud de “refugiados climáticos”, que está reconfigurando las causas de la presión demográfica sobre los países del centro del sistema internacional de naciones, son solo algunos de los aspectos que han centrado ese debate.

Sin embargo, la emergencia del coronavirus, la perplejidad con que la comunidad científica y los hacedores de políticas públicas se han aproximado a su tratamiento, los devastadores efectos que está produciendo a escala planetaria, y la incertidumbre sobre su impacto futuro en nuestras sociedades, debería contribuir a poner de relieve un elemento menos divulgado sobre el cambio climático, pero sobre el cual existe abundante información en los centros de investigación científica: la predicción sobre el incremento en la frecuencia e intensidad de grandes epidemias y pandemias a escala planetaria. Parece no haber dudas sobre las amenazas que nos vienen a consecuencia de esta cuestión.

El origen de las predicciones sobre el incremento de fenómenos pandémicos, asociados al cambio climático, está relacionado, directamente, con el derretimiento los “hielos eternos” que está teniendo lugar a un ritmo acelerado en las extensísimas regiones glaciares del Ártico y el Antártico.

Atrapada a lo largo de decenas de miles de años en el corazón de los glaciares, o en la capa del permafrost, existe una gran diversidad de virus, gases y bacterias cuyo potencial de daño en la salud humana y de otras especies es imposible de determinar. Esas formas de vida empezarán a despertar, serán liberadas a la atmósfera como resultado del deshielo. De hecho, en años recientes, en algunos laboratorios se han resucitado bacterias y microbios que durante 32 mil, 3.5, y 8 millones de años, estuvieron prisioneras entre glaciares, tal y como ha referido David Wallace-Wells, periodista neoyorquino especializado en cambio climático.

Basado en un sólido arsenal de estudios sobre el tema, Wallace-Wells ha afirmado que “hay ahora, atrapadas en el Ártico, enfermedades que no han circulado por el aire desde hace millones de años (en algunos casos, desde antes de que los humanos existieran para contraerlas). Lo cual significa que, cuando esas plagas prehistóricas emerjan del hielo, nuestro sistema inmunitario no tendrá ni idea de cómo combatirlas” (El planeta inhóspito. La vida después del Calentamiento).

La dramática situación en que la pandemia del coronavirus encontró los sistemas de salud de buena parte de los países del mundo, debe servirnos como lección. Máxime si la ciencia nos está alertando a tiempo sobre probabilidades de eventos catastróficos similares o peores.

Robustecer el compromiso planetario para mitigar a tiempo los efectos del cambio climático, y frenar el incremento de las temperaturas en el planeta, son cuestiones que deben ir acompañadas de la adopción de medidas preventivas a favor de la salud de la población. En el caso concreto de nuestro país, este desafío se presenta como impostergable dada la situación límite en la que ha estado por décadas nuestro sistema sanitario.

Por lo pronto, asumir el cumplimiento de la ley podría ser un buen comienzo. El objetivo general 2.2 del segundo“eje estratégico” de la Ley que establece la Estrategia Nacional de Desarrollo está orientado al tema “salud y seguridad social integral”. Entre los indicadores de resultado relativos a dicho objetivo está el gasto público en salud, entendido como porcentaje del PIB (artículo 24 de la Ley). Tomando como línea de base el porcentaje del PIB orientado al gasto en salud en el año 2009 (cuando ese porcentaje fue de 1.4%), la proyección estalecida por la Ley es la siguiente: en el año 2015: 2.8%; en el año 2020: 4%; en el año 2025: 4.5% y en el 2030: 5%.

Esta proyección presupuestaria se encuentra en consonancia con el carácter progresivo del derecho a la salud, tal y como el mismo se encuentran configurado en la Constitución. No obstante, el 1.6 % del PIB asignado a la salud en el presupuesto del año 2020, distó mucho del 4% que, según la ley, debía ser asignado para ese año.

Es responsabilidad del liderazgo político y social asumir sin postergación las reformas que el sistema de salud pública demanda en el país. La incertidumbre sobre la magnitud de los desafíos que nos plantea el futuro, y sobre el momento en que habremos de enfrentarlos, imponen, como nunca, previsión y compromiso al más alto nivel y con la mayor determinación. Talvez nuestro mejor aporte a la salvaguarda del planeta radica en cuidado y proteccion que nos podamos prodigar entre todos, como comunidad, respecto de nuestra vida y nuestra salud.

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