¡Qué bueno que morimos!

La maldita muerte es impecable, inaplazable y totalitariamente aniquilante. A cuenta de su soberano designio arrastra por el suelo todas nuestras soberbias, deja inconclusas tantas abstracciones como pendientes tantas agendas.
$!¡Qué bueno que morimos!

No hay tiranía más perfecta que la que impone la muerte. Bajo su égida las diferencias pierden la razón que nunca tuvieron. Presentirla es regresar a nuestras esencias; sentirla es confirmar la verdad de la existencia, dado que ella (la muerte), como decía Benedetti, es “apenas un síntoma de que hubo vida”.

¿Qué medida puede tasar tan infaliblemente la inutilidad humana? ¿En cuál otro momento estamos tan responsablemente solos sin poder asirnos de nada, ni de la propia vida, para responder a sus inquisiciones? Ante su llegada ¿quién, fuera de la conciencia, puede abogar por nuestras cuentas? ¿En cuál plaza nos tasan a tan justo precio? ¿Dónde los humanos somos tan dignamente igualados? ¿Quién ha podido sobornar su incorruptible poder o desacatar su irrevocable sentencia?

La maldita muerte es impecable, inaplazable y totalitariamente aniquilante. A cuenta de su soberano designio arrastra por el suelo todas nuestras soberbias, deja inconclusas tantas abstracciones como pendientes tantas agendas. En un pestañeo eterno invierte el valor propio construido a fuerza de tan dilatado orgullo. Al decir de Ernest Hemingway: “lo único que nos separa de la muerte es el tiempo” y somos tan necios que consumimos toda una vida para entenderlo. Algunos solo necesitan morir para sentirse mortales.

La muerte nos sojuzga, nos arrima, nos apoca, nos borra. Y lo hace sin el dolor con el que nos deshace. Descubre y asalta la desnudez de nuestras indefensiones y la expone sin recato como tributo a la insignificancia más trascendente; como para que nadie se crea con más decoro que el polvo ni más memoria que sus desechos.

Ella desarropa de forma impune nuestras suficiencias y desaloja la quimérica seguridad de lo que somos. Nos deja ingrávidos: sin resortes, estribos ni cimientos, como atados a la nada, quizás a una ausencia misteriosa y vacía hasta de razones. Lo hace así, tan sádica e humillantemente, como para que no quede duda de su verdad. En la ejecución de su siniestro mandato roba brillo a nuestras pupilas, escarcha la sangre, nos viste de rigidez (rigor mortis), abraza el cuerpo de fría palidez (algor mortis), encoge la piel, deshace los tejidos hasta consumirlos en la orgía bacterial de la putrefacción. No hay fetidez más repugnante que la que aporta un cadáver humano.

Me río, y lo hago con hambre cuando por pura pena tolero el discurso de la arrogancia, el ruido metálico del éxito, la comparsa de las frivolidades de la vida, la crónica de la vanidad en una humanidad que anda en la superficie sin arrojos para verse en su propia verdad y con miedo a escrutar sus misterios. ¡Cuántos creídos reputándose inmunes a la mortalidad, deslumbrados por el brillo de una estirpe, una fortuna, una figura o un título! Peor, ¡cuántos mediocres rendidos a sus desvaríos!

Steve Jobs (1955-2011) reunió en una corta existencia todas las conquistas que consumen la vida de muchos hombres: poder, riqueza y fama. Nada pudo más que la conciencia de la muerte para entender la verdad de la vida. Una de sus frases icónicas fue esta: “El recordar que estaré muerto pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones en la vida. Porque casi todo —todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo temor a la vergüenza o al fracaso— todas estas cosas simplemente desaparecen al enfrentar la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante. Recordar que uno va a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que hay algo por perder. Ya se está indefenso. No hay razón alguna para no seguir los consejos del corazón.”

El mundo está poblado de mentes torcidas, ávidas de aplausos, luces y ruido. Gente espantada que elude la soledad interior que nos convoca a propósitos más altos. Héroes sin más batallas que el espectáculo y sin más historia que sus logros. La sociedad ha replicado sus vidas como modelos de realización y éxito. Muchos de ellos, luego de caer en la necia adicción de la fama, desolados y convencidos de que la vida fue una oportunidad derrochada, optaron por el suicidio. No hay droga más esclavizante que un ego apetente porque en él que no cabe ni la idea de la muerte.

A la postre, la muerte no es tan fatal: pone en orden nuestras atenciones, le da valor a lo que tiene, techa nuestras ambiciones, calza nuestro caminar y nos inspira a vivir intensamente. Ella le pone precio a la vida. Y es que la muerte es una “vida vivida y la vida apenas una muerte que viene” (Antonio Machado).

joseluistaveras2003@yahoo.com

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