Un aniversario más

En medio de tales elucubraciones encuentro alivio en lo sencillo, en la profundización de los lazos con la familia, así como en el cultivo de la amistad con quienes tuve la dicha de forjar una alianza en base a los valores y confianza mutua. En mi caso, eso provee un sentido que aminora la angustia existencial.
$!Un aniversario más

El paso del tiempo plantea una pavorosa inquietud a quienes están conscientes de su significado. El ser humano vive acosado por la certeza de que cuando su vida se extinga el vacío se apoderará de su ser. En medio de tan terrible incertidumbre, amamanta la esperanza de que hay un más allá, misterioso, inescrutable.

Esos pensamientos acuden a mi mente en estos días en los que tengo la dicha de celebrar un nuevo natalicio. Uno más en la cuenta ascendente; uno menos en la descendente.

En medio de tales elucubraciones encuentro alivio en lo sencillo, en la profundización de los lazos con la familia, así como en el cultivo de la amistad con quienes tuve la dicha de forjar una alianza en base a los valores y confianza mutua. En mi caso, eso provee un sentido que aminora la angustia existencial.

Dentro de ese marco, tan pronto como despuntó el 2020 recibí una grata visita en lo alto de la loma, en Constanza.

Era Grecia, la viuda del amigo Chenco, ya ido, inmersa ahora en la prédica sagrada. Llegó a pie a mi casa por un camino lateral, pues el acceso principal estaba cerrado por un portón.

Tocó la puerta. La vi y enseguida le di la bienvenida y un abrazo. Avisé a mi señora y nos sentamos a conversar con ella.

Había un motivo obvio, felicitar por la llegada del año. Luego de apurar la infusión de jengibre de rigor, surgió el otro motivo: quería leernos un pasaje breve del evangelio. Lo hizo con serenidad, precisión y convencimiento.

En la conversación surgió el tema de la situación de un amigo mutuo que se encuentra enfermo. Le dije que prefería no verlo porque quería conservar en mi mente la imagen del hombre robusto y alegre que conocí. Me hizo ver que estaba en un error.

Me contó que, en los días finales de la enfermedad de su esposo, éste le preguntaba con insistencia por el amigo X, extrañándose de que no lo fuera a visitar en circunstancias tan singulares. Y no lo visitaba por falta de valor: le dolía verlo en sus condiciones de enfermo terminal.

Chenco murió decepcionado, en la creencia de que la amistad que los unía había quedado traicionada.

Por eso, Grecia me dijo: No piense en usted. Piense en el enfermo. Necesita de su visita y afecto para reconfortar su ánimo. Su ausencia lo aflige, entristece y deprime.

En consecuencia, asumí el mensaje. Poco después fui a visitar al amigo que se encuentra enfermo. Mi corazón se regocijó al percibir su alegría contagiosa por la breve visita que le hice.

Con Chenco ocurrió algo que no olvidaré. Cuando su espíritu casi estaba en el más allá, lo invité a una comida en nuestra casa junto con varias personas más. Estaba convencido de que no vendría, pero no quería dejar de invitarlo.

A eso de la 1 p.m., para mi grato asombro, llegó en una camioneta blanca, se desmontó, subió con dificultad las escaleras, compartió un vino con nosotros, participó de la comida. Se le veía feliz, al igual que lo estábamos nosotros.

Tanto él como yo sabíamos el significado de esa representación: era la despedida deliberada y definitiva.

Volviendo a Grecia, me preguntó si había leído la Biblia. Le respondí que si. La había leído, pero no por completo. Le conté mi intención de comprar un ejemplar. Me interrumpió y dijo que me la regalaría. Así lo hizo. Ahora la tengo en mi mesa de noche. Ya releí los maravillosos capítulos del Génesis y estoy empezando con el Éxodo.

En la misma tesitura, en la víspera de mi cumpleaños me tocó asistir a la misa del noveno día de la partida de Persio Torres, con cuya familia nos unen vínculos fraternos. Aquella liturgia se realizó en un ambiente de paz y fervor como pocas veces se observa. Y con la serenidad y emoción reflejadas en los rostros de sus hijos.

Tanto era el caudal de devoción que vibraba en el ambiente que, en medio de uno de los cánticos religiosos, creí estar experimentando una transportación mística, pues estando con los ojos cerrados me pareció haber entrado en contacto visual con mis padres, ya idos (mi madre recientemente), al tiempo que sentía una grata impresión de plenitud y regocijo.

Y es que, en la medida en que vamos acercándonos a la gran certeza, emerge incontenida la sensibilidad y, sin darnos cuenta, tendemos a aferrarnos a cualquier señal que refuerce la esperanza.

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