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Duelo
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El duelo de estar vivos

Con los años aprendemos que no todas las discusiones merecen nuestra energía y que el tiempo compartido con quienes queremos es lo verdaderamente valioso

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El duelo de estar vivos
El duelo cambia con los años y también nuestra manera de mirar la vida. (SHUTTERSTOCK)

La última vez que vi a mi buen amigo Federico discutimos, amigablemente, sobre política. Él me iba nombrando figuras de su partido para demostrarme que allí estaban los mejores candidatos y yo, uno por uno, se los rebatía.

Creo que, a esas alturas, ya ni siquiera me interesaba ganar la discusión. Me divertía llevarle la contraria y ver la pasión con la que defendía sus ideas en un terreno en el que yo, desde hace tiempo, me muevo con bastante más escepticismo.

Federico murió poco después en un accidente.

Luego de su partida pensé en aquella última conversación y en todas las cosas que habría preferido decirle.

Que lo consideraba un caballero. Que admiraba la vida profesional que había construido, pero también la familia que había formado y la manera en que hablaba de ella. Que le tenía cariño. Que me alegraba verlo. Cualquier cosa, en realidad, menos discutir sobre política.

Pero nunca sabemos cuándo estamos teniendo una última conversación.

Hace poco le decía a un sobrino joven de mi esposo que, con los años, he empezado a pensar más en la muerte. No de una manera trágica ni obsesiva. Es simplemente que se ha vuelto más visible.

Miles en Venezuela, cientos en Colombia, alguien conocido, un amigo de un amigo, una figura pública que acompañó alguna etapa de nuestra vida: casi todos los días aparece una noticia que nos recuerda que nadie tiene garantizado demasiado tiempo.

Hace poco, murieron dos de los empresarios más conocidos de nuestro país. También una actriz de solo 36 años, muy querida, que pocos meses antes había publicado un libro contando episodios íntimos y sorprendentes de su vida.

Vivir en duelo

Es imposible no detenerse un momento cuando alguien tan joven muere. Aunque no lo conozcamos, algo se mueve. Quizás porque durante unos segundos dejamos de pensar en la muerte como una abstracción y recordamos que esta historia también nos incluye.

Siento que últimamente vivo un poco en duelo. Pero no hablo únicamente del duelo por quienes se van. Es otro, más extraño: el duelo de ir dejando atrás versiones de mí misma.

Cada año gano algo de sabiduría y, lamentablemente, también algunas libras. Pierdo amigos, cabello, firmeza y agilidad.

El cuerpo comienza a enviarme mensajes que antes no mandaba y mi corazón, de vez en cuando, me juega trastadas sucias: siento que estoy teniendo una taquicardia y resulta que lo que tengo es enojo, ansiedad o una lista demasiado larga de asuntos pendientes.

Sí, hay algo de duelo en envejecer. Pero también hay algo extraordinariamente vivo.

Joan Didion escribió sobre el duelo como un territorio que solo conocemos verdaderamente cuando llegamos a él. Yo conocí uno de esos territorios con la muerte de mi padre, hace casi cinco años.

Sin embargo, el duelo que me acompaña ahora, al borde de cumplir 55 años, es diferente. No me llena de miedo. Se parece más a una conciencia creciente de que el tiempo tiene límites y, precisamente por eso, hay que escoger mejor qué hacemos con él.

Cambian las prioridades

A esta edad empiezo a entender que la vida es cortísima y los amigos de verdad son escasos. Y al entenderlo, cambia también la lista de cosas que estoy dispuesta a tolerar.

Ya no me interesa demasiado complacer a otros. Quiero tener más de lo que me gusta y menos de lo que hago únicamente por obligación.

Quiero conversaciones tranquilas, gente con la que pueda sentarme sin tener que demostrar nada, tardes que no produzcan absolutamente nada y días en los que mi agenda no sea una prueba de mi valor como persona.

Mi espíritu acuariano todavía disfruta un buen debate. Que nadie se preocupe: no me he convertido en una mujer dócil de repente. Pero estoy aprendiendo que no toda opinión necesita mi respuesta, no toda discusión merece mi energía y no siempre tengo que quedarme hasta el final de una conversación simplemente porque sé argumentar.

También me encuentro siendo más mindful, pero de una manera distinta. Durante mucho tiempo asocié la atención plena con observar lo que ocurría alrededor, regresar al presente, percibir el cuerpo, escuchar los sonidos. Ahora siento que esa atención se dirige cada vez más hacia adentro.

Me interesa mi mundo interior. Me parece rico, sólido, imaginativo. Quiero conocerlo mejor. Quiero escribir más, leer más, viajar, nadar, charlar con la gente que quiero, descubrir otras versiones de mí y perder menos tiempo intentando convencer a quienes piensan distinto.

Quizás esa sea una de las extrañas bondades de vivir conscientes de la muerte: empezar a ser más selectivos con la vida.

Si pudiera volver a aquella última conversación con Federico, probablemente permitiría que ganara la discusión. Incluso le concedería un par de candidatos.

Y después le diría lo que realmente importaba. Porque ahora sé algo que entonces sabía, pero todavía no había aprendido: nunca estamos seguros de cuál conversación será la última.

TEMAS -

Es escritora, mentora de futuras autoras, consultora de bienestar, facilitadora de Mindfulness, y cofundadora del Instituto Dominicano de Mindfulness (INDOMIND). Puedes conectar con ella en redes sociales: @ericarolcarlo