Brígida García, una comandante entre 145 hombres
NUEVA YORK._ Siendo una adolescente todavía, Brígida García (Niniza), tuvo que recoger los sesos de su padre, un militar que fue ejecutado por el Servicio de Inteligencia Militar del dictador Rafael Leonidas Trujillo, capítulo que fortaleció sus ideales de patriotismo. La ex combatiente de la revolución de abril de 1965, que comandó a 145 hombres en la Zona Norte de la ciudad de Santo Domingo, expuso sus experiencias sobre la revuelta que procuraba la reposición del gobierno de Juan Bosch, en el foro "Abril en el corazón del pueblo", organizado aquí por la Fundación Caamaño.
Su padrastro, a quien considera su verdadero padre, identificado como Ramón Infante López y primer dinamitero del Ejército Nacional dominicano, fue fusilado en la Fortaleza Ozama de la capital, donde ella tuvo que acudir, pidiendo que la dejaran recogeros la masa encefálica del techo de la "Casa de Guardia" (puesto de vigilancia) y posteriormente enterrarlos.
"Mi madre y yo quedamos devastadas por la ejecución de mi padre, quien siempre me protegió, me cuidó y me profesó todo el amor del mundo, aunque obviamente con la rectitud de un papá preocupado por el futuro", relata García, que también fue una de la estrellas de la época de la selección nacional femenina de voleibol y fisiculturista, trabajando en escuelas estatales como profesora de la materia de Educación Física.
Se graduó de maestra y luego de secretaria ejecutiva. Tuvo que casarse muy joven, para poder ayudar a su madre, ya que los sueldos de la época eran bajos.
Su entrenamiento militar comenzó a los ocho años de edad, cuando su padre, como "castigos" por algunas desobediencias, le encargaba desarmar, limpiar y armas la pistola de reglamento. Luego fue aprendiendo a manejar otras de calibres más pesados, hasta que se convirtió en una diestra tiradora de armas de fuego.
"A los nueve años de edad, ya yo podía hacer diana en cualquier blanco", sostuvo la ex comandante constitucionalista.
Y creció con una formación anti trujillista inculcada por su propio padre, que aunque era un militar al servicio de la dictadura, reconocía que los Trujillo "no eran buenos".
Mientras trabajaba en Santiago de los Caballeros, se enteró de los planes que se gestaban para la revolución. Recordó que la revuelta estaba planificada para el 22 de abril, pero al fallar uno de los contactos, hubo que posponer la fecha para dos días más tarde.
El 23 ella se había trasladado ya de Santiago a la capital y el 24 estaba en casa de un tío. "Estuve junto a muchas otras en la batalla del puente, donde hubo más mujeres que hombres", narró.
Escapando del ataque aéreo sobre el puente Duarte de la capital ordenado por el entonces jefe del Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA), general Elías Wessin y Wessin, ella y otras mujeres, se encontraron con un hombre que trataba de sostenerse en pie con las tripas afuera.
"Lo socorrí y lo llevé a un lugar seguro, los bombardeos eran intensos y nos refugiamos en la escuela Perú. A una de mis compañeras, un proyectil lanzado por uno de los aviones, le pasó entre las piernas, cuando estábamos escalando un muro para llegar al interior del plantel", narró García.
Dijo que en medio de muchas escaramuzas, enfrentamientos, bombardeos, ejecuciones y muertos, logró llegar a la Zona Norte (parte alta) y se integró de inmediato a un comando compuesto por 145 hombres.
Su primera misión fue patrullar en un área de la calle José Martí. "Mi primera arma en la revolución, fue un lanza llamas", recordó.
Narra que después que mataron al líder de su comando, los integrantes decidieron escogerla a ella como sustituta.
"Entonces, me convertí en la única mujer en un comando de 145 hombres", detalla.
"Les dije a los hombres del comando que si ellos tenían los c… del mismo tamaño de mi corazón, que siguiéramos luchando por la patria, aunque ofrendáramos nuestras vidas y enfrentáramos a las tropas yankis".
Uno de sus primeros intentos de contener a fuerzas estadounidenses que trataban de avanzar hacia la parte alta por la zona del cementerio de la avenida Máximo Gómez, fracasó al caer 40 de los 90 hombres que dirigió.
"Y si alguien no me cree – retó – que me desmientan los que estaban allí conmigo", señalando a varios de los asistentes al foro, que respaldaron su relato.
Después de haberle matado a los 90 hombres, insistió a los que quedaban que debían regresar al día siguiente y lo hicieron.
"De 50 integrantes del comando que me acompañaban, las tropas norteamericanas, volvieron a matar 41, me quedó con nueve de ellos", relató Brígida, con los ojos aguados a punto de que las lágrimas asomaran en sus pupilas.
Con los nueve, pudo llegar hasta la calle Josefa Brea, donde cayó un campeón de boxeo de nombre Larry y Juan, un amante de las motocicletas Hally Davidson que era conocido por la marca.
"Los soldados yankis estaban apostados en los molinos (fábrica de harina Molinos Dominicanos) y estuve siete días debajo de una alcantarilla. Cuando pudo salir de las cloacas, embarrada de heces fecales y casi al borde de la muerte, pudo llegar a la clínica del doctor Báez Acosta, donde estuvo recluida por diez días.
Al salir del centro asistencial, acudió al edificio Copello, donde operaba el gobierno constitucionalista presidido por el héroe de la revolución Francisco Alberto Caamaño Deñó y al éste ver su estatura y sus libras, quedó asombrado, preguntándola que si en realidad ella era una comandante.
¿Sabe usted manejar un arma pesada?, le preguntó el entonces primer mandatario y ella respondió positivamente, por lo que se le asignaron otras misiones importantes.
El contacto con Caamaño fue para informar al héroe sobre la situación en la parte alta de la ciudad. Después de la revolución, Brígida fue a parar al exilio en Venezuela junto a otros 50 comandantes constitucionalistas.
Allí, un cubano le consiguió un trabajo en una factoría de ropas. Con su escaso salario, tenía que contribuir con la sobre vivencia de muchos de los comandantes exiliados, ya que no se les permitía trabajar en el país sudamericano.
"Los que quedamos vivos, no podemos estar indolentes ante nuestros muertos y muertas. En mi caso, nunca pude llevar una vida normal de mujer, sino de guerrillera", puntualiza la señora García.
"Estamos en un país como Estados Unidos, por casualidad del destino, pero nunca olvidemos a Duarte, Sánchez, Mella, Luperón y Caamaño", pidió a sus compatriotas.
Con 64 años a cuestas, pero luciendo fuerte y decidida todavía, la ex comandante de la revolución constitucionalista, advierte que "si tengo que pelear nuevamente por la patria, vuelvo a pelear".
Se graduó de maestra y luego de secretaria ejecutiva. Tuvo que casarse muy joven, para poder ayudar a su madre, ya que los sueldos de la época eran bajos.
Su entrenamiento militar comenzó a los ocho años de edad, cuando su padre, como "castigos" por algunas desobediencias, le encargaba desarmar, limpiar y armas la pistola de reglamento. Luego fue aprendiendo a manejar otras de calibres más pesados, hasta que se convirtió en una diestra tiradora de armas de fuego.
"A los nueve años de edad, ya yo podía hacer diana en cualquier blanco", sostuvo la ex comandante constitucionalista.
Y creció con una formación anti trujillista inculcada por su propio padre, que aunque era un militar al servicio de la dictadura, reconocía que los Trujillo "no eran buenos".
Mientras trabajaba en Santiago de los Caballeros, se enteró de los planes que se gestaban para la revolución. Recordó que la revuelta estaba planificada para el 22 de abril, pero al fallar uno de los contactos, hubo que posponer la fecha para dos días más tarde.
El 23 ella se había trasladado ya de Santiago a la capital y el 24 estaba en casa de un tío. "Estuve junto a muchas otras en la batalla del puente, donde hubo más mujeres que hombres", narró.
Escapando del ataque aéreo sobre el puente Duarte de la capital ordenado por el entonces jefe del Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA), general Elías Wessin y Wessin, ella y otras mujeres, se encontraron con un hombre que trataba de sostenerse en pie con las tripas afuera.
"Lo socorrí y lo llevé a un lugar seguro, los bombardeos eran intensos y nos refugiamos en la escuela Perú. A una de mis compañeras, un proyectil lanzado por uno de los aviones, le pasó entre las piernas, cuando estábamos escalando un muro para llegar al interior del plantel", narró García.
Dijo que en medio de muchas escaramuzas, enfrentamientos, bombardeos, ejecuciones y muertos, logró llegar a la Zona Norte (parte alta) y se integró de inmediato a un comando compuesto por 145 hombres.
Su primera misión fue patrullar en un área de la calle José Martí. "Mi primera arma en la revolución, fue un lanza llamas", recordó.
Narra que después que mataron al líder de su comando, los integrantes decidieron escogerla a ella como sustituta.
"Entonces, me convertí en la única mujer en un comando de 145 hombres", detalla.
"Les dije a los hombres del comando que si ellos tenían los c… del mismo tamaño de mi corazón, que siguiéramos luchando por la patria, aunque ofrendáramos nuestras vidas y enfrentáramos a las tropas yankis".
Uno de sus primeros intentos de contener a fuerzas estadounidenses que trataban de avanzar hacia la parte alta por la zona del cementerio de la avenida Máximo Gómez, fracasó al caer 40 de los 90 hombres que dirigió.
"Y si alguien no me cree – retó – que me desmientan los que estaban allí conmigo", señalando a varios de los asistentes al foro, que respaldaron su relato.
Después de haberle matado a los 90 hombres, insistió a los que quedaban que debían regresar al día siguiente y lo hicieron.
"De 50 integrantes del comando que me acompañaban, las tropas norteamericanas, volvieron a matar 41, me quedó con nueve de ellos", relató Brígida, con los ojos aguados a punto de que las lágrimas asomaran en sus pupilas.
Con los nueve, pudo llegar hasta la calle Josefa Brea, donde cayó un campeón de boxeo de nombre Larry y Juan, un amante de las motocicletas Hally Davidson que era conocido por la marca.
"Los soldados yankis estaban apostados en los molinos (fábrica de harina Molinos Dominicanos) y estuve siete días debajo de una alcantarilla. Cuando pudo salir de las cloacas, embarrada de heces fecales y casi al borde de la muerte, pudo llegar a la clínica del doctor Báez Acosta, donde estuvo recluida por diez días.
Al salir del centro asistencial, acudió al edificio Copello, donde operaba el gobierno constitucionalista presidido por el héroe de la revolución Francisco Alberto Caamaño Deñó y al éste ver su estatura y sus libras, quedó asombrado, preguntándola que si en realidad ella era una comandante.
¿Sabe usted manejar un arma pesada?, le preguntó el entonces primer mandatario y ella respondió positivamente, por lo que se le asignaron otras misiones importantes.
El contacto con Caamaño fue para informar al héroe sobre la situación en la parte alta de la ciudad. Después de la revolución, Brígida fue a parar al exilio en Venezuela junto a otros 50 comandantes constitucionalistas.
Allí, un cubano le consiguió un trabajo en una factoría de ropas. Con su escaso salario, tenía que contribuir con la sobre vivencia de muchos de los comandantes exiliados, ya que no se les permitía trabajar en el país sudamericano.
"Los que quedamos vivos, no podemos estar indolentes ante nuestros muertos y muertas. En mi caso, nunca pude llevar una vida normal de mujer, sino de guerrillera", puntualiza la señora García.
"Estamos en un país como Estados Unidos, por casualidad del destino, pero nunca olvidemos a Duarte, Sánchez, Mella, Luperón y Caamaño", pidió a sus compatriotas.
Con 64 años a cuestas, pero luciendo fuerte y decidida todavía, la ex comandante de la revolución constitucionalista, advierte que "si tengo que pelear nuevamente por la patria, vuelvo a pelear".
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