Equinoccio colonial
Orlada por una historia apoteósica, nuestra Ciudad Colonial es paradójicamente un museo viviente. Allí están las ruinas más emblemáticas del encuentro original entre la cultura española/europea y la americana, además de los museos específicos que se han creado en su seno. Pero el reciente anuncio del último, el Museo de la Catedral, ha incubado un sueño lúcido sobre los dos que faltan por desarrollar para corregir una injusticia garrafal.
Según el sitio web de la Dirección General de Museos del Ministerio de Cultura, "un museo es una institución permanente, sin fines de lucro, al servicio de la sociedad y de su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, investiga, difunde y expone los testimonios materiales del hombre y su entorno para la educación y el deleite del público que lo visita." Es decir, es un lugar de exhibición de prácticamente cualquier cosa, incluyendo las de las mujeres.
Según la misma fuente, en el país existen 44 lugares con la categoría de museos. Solamente en la Ciudad Colonial existe más de una docena (dependiendo de la definición) y algunos (Porcelana, Larimar, Ámbar) no son de naturaleza histórica. El último museo en añadirse ha sido el Memorial de la Resistencia. En la calle Isabel la Católica hay cinco (con el Museo del Ron) y el más elegante de todos, el Museo de la Catedral, pronto abrirá sus puertas en esa misma calle.
Lo anterior sugiere que los museos de la Ciudad Colonial constituyen la oferta más trascendente del país en esa materia. No sólo son una cuarta parte del total, sino que también comportan una calidad excepcional por su significado histórico (incluyendo los de la Policía y de Telecomunicaciones). Sin embargo, en el aspecto histórico la trascendencia no es representativa. Su focalización sobre lo religioso y lo imperial, aunque comprensible, deja fuera otros aspectos que deberían allí relumbrar. Solo los dos museos que faltan harían de la Ciudad Colonial un genuino retrato de nuestra raigambre.
Basta con leer la obra "La Española y la Esclavitud del Indio" (1995) de Carlos Esteban Deive para percatarse. Ahí se explica cómo las vetas troncales de la autoridad colonial, la corona española y la Iglesia, eran atribuladas por tres diferentes escuelas de pensamiento sobre la naturaleza verdadera del indígena de América. Algunos creían que eran animales, otros que, aunque medio animales, podían ser elevados a la categoría de seres humanos mediante la evangelización, mientras otros los creían seres racionales y merecedores de todos los derechos de que disfrutaban los mismos españoles.
Fatídicamente, en los albores de la colonización prevaleció una simbiosis Corona-Iglesia que abusó del indígena, esclavizándolo cual pueblo vencido por el Imperio Romano. Guardando las distancias epocales, el prisma contemporáneo lleva inexorablemente a cuestionar el predominio, en los motifs de los museos existentes en la actual Ciudad Colonial, de la Corona y la Iglesia. Es como si, cual insano cómplice del pasado, el presente siguiera perteneciendo a los vencedores.
Con o sin museos, en la Ciudad Colonial de hoy no existe indicio de la presencia indígena a la llegada de los conquistadores. (Solo en la estatua de Colón en el Parque Colón se exhibe a un indígena en pose genuflexa.) En los museos del Alcázar, Atarazana, Catedral, Casas Reales y Casa del Tostado se recrea solo la vida del español -como si solo él contara- y se ignora la del indígena cual execrable apóstata. Anacaona y Enriquillo, dos grandes figuras de la epopeya indígena, merecen su propio museo. El que el Panteón de la Patria sea el museo que más visitantes recibe, cual reconocimiento tardío a la grandeza del nativo, no hace justicia al reclamo indigenista.
Pero lo peor del caso no es eso. Más lamentable aún es que la más trascendental clarinada de la época colonial no ha sido proyectada museográficamente. No hay que decir que se trata del Sermón de Adviento del dominico Fray Antón de Montesinos en el 1511, aquel que ha sido llamado "el primer clamor en la lucha por la justicia en América". Aquel que también es considerado "el inicio de los derechos humanos en América y posiblemente en el mundo".
Frente a la clase dominante y con la autoridad de su investidura religiosa, Montesinos ahí los interpeló: "Decid, ¿con que derecho y con que justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con que autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacificas; donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habeis consumido?" "¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos y como a vosotros mismos?"
En nuestra actual democracia, estas palabras y sus intenciones deberían retumbarnos en los oídos cada día. Deberían compelernos a montar una cruzada nacional en pos de una expresión museográfica, en la Ciudad Colonial, para tan corajuda joya del espíritu humano y otra para el "indígena desconocido". Por suerte contamos para materializar una con el Monumento a Montesinos que nos ofrece espacio y belleza escénica para crear ahí el gran Museo Latinoamericano de los Derechos Humanos, cual magneto turístico sin parangón.
En este país vivimos una época de libertades. Si el manto de lo religioso-imperial arropaba la vida de la Colonia, hoy nos ufanamos que nuestra democracia nos concede el derecho a la libre expresión del pensamiento y de la acción. Debemos apreciar ese don para plasmar en dos museos la gloria incomparable de Montesinos y el estoicismo de nuestros indígenas. De lo contrario la de Montesinos siempre será "la voz que clama en el desierto" y estaríamos faltando a la justicia que promueve la equidad, insigne requisito de la democracia.
Si los indígenas fueron protagonistas forzados del "encuentro" colonial y el reclamo de sus derechos su mas estertórea manifestación, debemos procurar un equinoccio colonial haciendo que su presencia en la Ciudad Colonial sea tan evidente y venerada como la de los vencedores.
Para mayor inspiración ahí está la recién publicada obra de Maceiras y Méndez, "Los Derechos Humanos en su Origen: La Republica Dominicana y Antón Montesinos" (2011). Este excelente libro de autores españoles tiene su contraparte en "Montesinos 1511: Dimensión Universal de un Sermón" (2011) del dominicano José Chez Checo, un homenaje al divo en los 500 años de su iluminada perorata (y cuyo aniversario ha sido pasado por alto).
Lo anterior sugiere que los museos de la Ciudad Colonial constituyen la oferta más trascendente del país en esa materia. No sólo son una cuarta parte del total, sino que también comportan una calidad excepcional por su significado histórico (incluyendo los de la Policía y de Telecomunicaciones). Sin embargo, en el aspecto histórico la trascendencia no es representativa. Su focalización sobre lo religioso y lo imperial, aunque comprensible, deja fuera otros aspectos que deberían allí relumbrar. Solo los dos museos que faltan harían de la Ciudad Colonial un genuino retrato de nuestra raigambre.
Basta con leer la obra "La Española y la Esclavitud del Indio" (1995) de Carlos Esteban Deive para percatarse. Ahí se explica cómo las vetas troncales de la autoridad colonial, la corona española y la Iglesia, eran atribuladas por tres diferentes escuelas de pensamiento sobre la naturaleza verdadera del indígena de América. Algunos creían que eran animales, otros que, aunque medio animales, podían ser elevados a la categoría de seres humanos mediante la evangelización, mientras otros los creían seres racionales y merecedores de todos los derechos de que disfrutaban los mismos españoles.
Fatídicamente, en los albores de la colonización prevaleció una simbiosis Corona-Iglesia que abusó del indígena, esclavizándolo cual pueblo vencido por el Imperio Romano. Guardando las distancias epocales, el prisma contemporáneo lleva inexorablemente a cuestionar el predominio, en los motifs de los museos existentes en la actual Ciudad Colonial, de la Corona y la Iglesia. Es como si, cual insano cómplice del pasado, el presente siguiera perteneciendo a los vencedores.
Con o sin museos, en la Ciudad Colonial de hoy no existe indicio de la presencia indígena a la llegada de los conquistadores. (Solo en la estatua de Colón en el Parque Colón se exhibe a un indígena en pose genuflexa.) En los museos del Alcázar, Atarazana, Catedral, Casas Reales y Casa del Tostado se recrea solo la vida del español -como si solo él contara- y se ignora la del indígena cual execrable apóstata. Anacaona y Enriquillo, dos grandes figuras de la epopeya indígena, merecen su propio museo. El que el Panteón de la Patria sea el museo que más visitantes recibe, cual reconocimiento tardío a la grandeza del nativo, no hace justicia al reclamo indigenista.
Pero lo peor del caso no es eso. Más lamentable aún es que la más trascendental clarinada de la época colonial no ha sido proyectada museográficamente. No hay que decir que se trata del Sermón de Adviento del dominico Fray Antón de Montesinos en el 1511, aquel que ha sido llamado "el primer clamor en la lucha por la justicia en América". Aquel que también es considerado "el inicio de los derechos humanos en América y posiblemente en el mundo".
Frente a la clase dominante y con la autoridad de su investidura religiosa, Montesinos ahí los interpeló: "Decid, ¿con que derecho y con que justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con que autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacificas; donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habeis consumido?" "¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos y como a vosotros mismos?"
En nuestra actual democracia, estas palabras y sus intenciones deberían retumbarnos en los oídos cada día. Deberían compelernos a montar una cruzada nacional en pos de una expresión museográfica, en la Ciudad Colonial, para tan corajuda joya del espíritu humano y otra para el "indígena desconocido". Por suerte contamos para materializar una con el Monumento a Montesinos que nos ofrece espacio y belleza escénica para crear ahí el gran Museo Latinoamericano de los Derechos Humanos, cual magneto turístico sin parangón.
En este país vivimos una época de libertades. Si el manto de lo religioso-imperial arropaba la vida de la Colonia, hoy nos ufanamos que nuestra democracia nos concede el derecho a la libre expresión del pensamiento y de la acción. Debemos apreciar ese don para plasmar en dos museos la gloria incomparable de Montesinos y el estoicismo de nuestros indígenas. De lo contrario la de Montesinos siempre será "la voz que clama en el desierto" y estaríamos faltando a la justicia que promueve la equidad, insigne requisito de la democracia.
Si los indígenas fueron protagonistas forzados del "encuentro" colonial y el reclamo de sus derechos su mas estertórea manifestación, debemos procurar un equinoccio colonial haciendo que su presencia en la Ciudad Colonial sea tan evidente y venerada como la de los vencedores.
Para mayor inspiración ahí está la recién publicada obra de Maceiras y Méndez, "Los Derechos Humanos en su Origen: La Republica Dominicana y Antón Montesinos" (2011). Este excelente libro de autores españoles tiene su contraparte en "Montesinos 1511: Dimensión Universal de un Sermón" (2011) del dominicano José Chez Checo, un homenaje al divo en los 500 años de su iluminada perorata (y cuyo aniversario ha sido pasado por alto).
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