Beatrice de Lavalette, una vida fundida a negro iluminada por los caballos
David Ramiro
Tokio, 27 ago (EFE).- 22 de marzo de 2016. Esa fecha está grabada para siempre en la cabeza de Beatrice de Lavalette, una joven amazona estadounidense que, a los 17 años, vio como toda su vida se tambaleó delante de sus ojos.
Ese día estaba en el aeropuerto de Zaventem, en Bruselas (Bélgica), cuando se produjeron dos ataques terroristas realizados por seguidores del autoproclamado Estado Islámico y que causaron la muerte a 35 personas y dejaron heridas a 340, ella incluida.
Ese atentado fundió su vida al color negro. Le costó una lesión en la médula espinal, la amputación de las dos piernas y el inicio de una nueva vida. 'En un segundo mi vida se fundió a negro pero pensar en toda la gente que había muerto y que mi vida no había terminado fue lo que me ayudó a salir adelante'.
Hasta entonces, Beatrice de Lavalette (Loxahatchee, Florida, 1998) llevaba una vida normal centrada en sus estudios, su familia, sus amigos y su pasión, los caballos, aunque antes, a nivel deportivo, practicó atletismo, llegando a participar en salto de altura en varios campeonatos, y fútbol.
'Comencé a interesarme por los caballos cuando era niña. Toda mi familia montaba, así que para mí no fue algo raro, porque sobre todo mi madre nos enseñó a amarlos', confiesa Beatrice, que se empezó a iniciar en el mundo equino con un deporte llamado horseball, 'algo así como baloncesto para ponis'.
'Cuando tuve la edad suficiente para caminar comencé a montar a caballo y cuando tuve siete años comencé a jugar también. A los doce aprendí correctamente a montar y ya me uní a un equipo que hacía doma y equitación', señala.
A raíz del atentado, sin piernas, el día a día de Beatrice cambió, aunque ella se fue empeñando en que no fuese tanto como debía serlo. Una visita al hospital en Bruselas del embajador de Estados Unidos la abrió otro horizonte, el de la hípica paralímpica.
Poco a poco volvió a subirse a su caballo, llamado cariñosamente Dee Dee, para aprender de nuevo y, sobre todo, coger confianza. La costó encontrar el equilibrio puesto que sin piernas la estabilidad no era la misma pero la simbiosis que formó con el equino sin duda la ayudó en su recuperación.
Comenzó a competir en doma clásica de personas con discapacidad en 2017, en Francia. Ese fue el germen que inició el camino hacía los Juegos Paralímpicos de Tokio.
Para ello ha entrenado duro durante todo este tiempo, incluido el último año marcado por la pandemia mundial de coronavirus. Lo ha hecho en el centro equino de Loxahatchee, en el condado de Palm Beach, en Florida, con su nuevo caballo, un Warmblood holandés de 14 años llamado Clarc.
'Representar a Estados Unidos en unos Juegos es algo que me parece increíble, sobre todo por lo que he pasado durante estos últimos años', confiesa la joven amazona, que sigue recordando aquel fatídico día para 'seguir dando las gracias por lo afortunada que fue de no perder la vida' como le pasó a muchas otras personas.
'Siempre hay una luz al final del túnel, sin importar cuánto de oscuro crees que es. Sé que no es fácil, pero a veces, si encuentras algo que realmente amas, te ayudará a encontrar esa luz', declara Beatrice.
Ese mensaje de positivismo es el que ha trasladado Beatrice en Tokio, en unos Juegos muy especiales, sin público en los recintos y sin poder tener de cerca a su familia, que tanto la ha arropado en los momentos duros. Se marcha de Japón con un diploma paralímpico tras finalizar quinta en la prueba de hípica de Grado II para discapacitados físicos con Clarc. Su inseparable caballo y su inseparable confidente. EFE
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