Comercio divisorio
Al término de la Segunda Guerra Mundial, los líderes europeos acordaron no repetir los errores cometidos cuando concluyó la Gran Guerra en 1918. Resolvieron, con el apoyo de los EE.UU., construir una nueva Europa en la que los lazos económicos entre las naciones fueran tan estrechos que ningún país encontrara beneficioso atacar a otro.
El comercio, llamado a ser progresivamente liberalizado, sería el medio para concretar ese objetivo.
El comercio entre Haití y la República Dominicana, sin embargo, en lugar de ser una vía para limar diferencias históricas y crear vínculos de mutua conveniencia, ha pasado a ser un motivo recurrente de división. Cada cierto tiempo, por diferentes razones que van desde alegados contrabandos a consideraciones sanitarias, Haití aplica restricciones que afectan a nuestros productores y transportistas.
Con más optimismo que con fundamento real, solemos atribuir esas medidas a factores políticos coyunturales, como la proximidad de elecciones o la debilidad del gobierno allá, y confiamos en que el comercio volverá a la normalidad tan pronto esas situaciones transitorias pasen.
Pero sucede que lo que nosotros vemos como normal y deseable puede no serlo para sectores allá.
Del mismo modo en que no nos hace sentir conformes y vinculados a los países centroamericanos ver aquí, en los anaqueles de las farmacias, supermercados y demás tiendas, gran cantidad de bienes procedentes de esas naciones, algunos de ellos que eran antes de producción nacional, puede ser que tampoco a los haitianos les agrade tener un comercio desbalanceado con nuestro país, compensado por sus exportaciones de mano de obra, las cuales por cierto no queremos fomentar.
Dado que las exportaciones dominicanas a Haití utilizan muchos componentes importados y no involucran tecnologías sofisticadas, los empresarios haitianos pueden cuestionar la permanencia de las ventajas comparativas que las impulsan.
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