Colombianos temen el regreso de la violencia
Las comunidades ensangrentadas por las FARC resienten el rechazo del acuerdo de paz.
Cuando Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia, se comprometió a donar a las víctimas de la guerra el US$1 millón que recibió por el Premio Nobel de la Paz, él se dirigió al norte, específicamente a la comunidad de Bojayá, para presentar su mensaje. “Quiero dedicarles este premio a ustedes porque personifican a todas las víctimas”, les dijo el presidente colombiano.
La donación ofreció un cierto alivio sólo días después de que los colombianos rechazaran mediante su voto un acuerdo de paz con los rebeldes marxistas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para poner fin a 52 años de guerra. “Estamos heridos por el resultado y preocupados porque los grupos armados siguen aquí”, declaró Leyner Palacios, quien perdió decenas de amigos y miembros de su familia durante la guerra. Ella participó en las conversaciones de paz celebradas en Cuba durante los últimos cuatro años.
Las cifras oficiales indican que casi 8 millones de los 47 millones de habitantes de Colombia sufrieron durante el conflicto alimentado por el tráfico de drogas, siendo Bojayá el sitio de una de las más espantosas masacres. En 2002, al menos 79 civiles, entre ellos 48 niños, murieron cuando un cilindro bomba de las FARC explotó en una iglesia llena de civiles.
No es de extrañar entonces que, como en muchas otras partes de Colombia devastadas por la guerra, las 10,000 personas del municipio votaran casi unánimemente a favor del acuerdo forjado por el gobierno del Sr. Santos con las FARC. Ahora, sienten que los 6.4 millones de colombianos que votaron en contra del acuerdo, dirigidos por Álvaro Uribe, el disgregador ex presidente, les han dado la espalda.
Yorleny Mena, quien perdió a su madre y a dos hermanos en la masacre de 2002, teme lo que pueda ocurrir si fracasa el acuerdo de paz. “Sentí rabia cuando oí el resultado”, comentó ella. “Teníamos esperanzas, aquí todos queremos la paz porque sabemos lo que es sufrir”.
En medio de temores de que se reanude la violencia, la indignación acerca del rechazo se intensificó después de que Juan Carlos Vélez, el director de campaña del Sr. Uribe, admitiera que había engañado a los votantes. El fiscal general de Colombia ha dicho que investigará al Sr. Vélez por fraude electoral.
La perspectiva de paz depende de si las FARC aceptarán condiciones más estrictas y de si el Sr. Uribe suavizará su intransigente posición. Él quiere arreglar un “acuerdo débil”, asegurando que los comandantes rebeldes cumplan cierta condena de prisión, mientras que los militares responsables de violaciones de los derechos humanos enfrentan un marco legal diferente.
“Construyamos a partir de lo que ya se ha construido”, le comentó Andrés Pastrana, el ex presidente conservador, al Financial Times. Su partido ayudó a influir la decisión de 2.5 millones de votantes contra el acuerdo el 2 de octubre. “Necesitamos analizar qué estamos acordando en este acuerdo. Vamos a ver qué es recuperable, qué se puede corregir, y cuáles son los límites que no se pueden cruzar”.
Los analistas de la consultora de riesgo Eurasia Group opinan que “las concesiones finalmente procederán de ambas partes, pero parece poco probable que las posiciones distantes se reconcilien en tan sólo unas cuantas semanas. Además, si bien es un hecho que al Sr. Santos y a las FARC les conviene llegar a un acuerdo tan pronto como sea posible, éste no es necesariamente el caso del Sr. Uribe”.
Durante el fin de semana, en medio de manifestaciones callejeras en la capital, Bogotá, y de llamados populares para que se implementara el acuerdo, el Sr. Uribe pidió “urgencia y paciencia”.
Sin embargo, a lo largo del río Atrato — que conecta a Quibdó, la capital regional, con Bojayá, y que, según los locales, alguna vez llevara los cadáveres de las víctimas de la guerra — los pasajeros de las embarcaciones expresan su indignación. “Votar en contra del acuerdo fue absurdo. El Premio Nobel de Santos fue un mensaje sólido de la comunidad internacional. Uribe no tiene autoridad moral. Él tiene 300 guardias armados que lo protegen, pero nuestras familias son las que serán asesinadas si las FARC deciden ir a la guerra otra vez, no él”, comentó uno de los pasajeros.
En el casco antiguo de Bellavista, el sitio de la masacre de la escuela, las perforaciones de bala en las pizarras del edificio abandonado siguen siendo visibles. Dos veces durante el último año, los líderes de las FARC han venido aquí a pedir perdón.
Máxima Asprilla, una sobreviviente de la masacre, aprendió a cantar su dolor. Ella fue parte de un grupo de mujeres invitado a actuar en ocasión de la firma del acuerdo de paz a finales de septiembre ante miles de invitados, entre ellos el saliente secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Ban-Ki moon, y el secretario de Estado estadounidense, John Kerry.
La Sra. Asprilla comentó: “Cooperamos . . . aceptamos la solicitud de perdón por parte de las FARC, lo cual fue muy difícil de hacer; votamos sí al acuerdo de paz. Sin embargo, las personas que no tienen nada que perder, aparte de algunos de sus privilegios, ganaron el plebiscito; es simplemente injusto”.
Ella recuerda un fallido intento de paz en la ciudad de Tlaxcala, México, en 1992. En aquel entonces, un negociador guerrillero saludó a su homólogo del gobierno con una sombría declaración: “Nos veremos de nuevo después de 10,000 muertes”. Casi 25 años más tarde y la Sra. Asprilla teme lo peor. “Estamos en el frente de batalla, pudiéramos morir si la guerra regresara. El Sr. Uribe, el Sr. Pastrana y sus seguidores nos dieron la espalda, así es que cualquier asesinato será culpa suya”.
Por Andres Schipani (c) 2016 The Financial Times Ltd. All rights reserved