Merkel y Alemania lideran a Europa en crisis de refugiados

La canciller de Alemania está haciendo lo correcto. (EFE)

Alemania parece estar incómodo con el papel de liderazgo europeo que nunca solicitó. Berlín no fue el único villano durante la crisis del euro griega, pero a menudo parecía serlo ante el resto del mundo. La mayoría veía al gobierno griego humillado ante la intimidación teutona. Las percepciones, así como las normas, sirven para algo en el contexto de las relaciones internacionales.

En la actualidad, sin embargo, Angela Merkel, está haciendo lo correcto. En casi todos los aspectos, la crisis de refugiados ha mostrado lo peor de Europa: una retórica idealista acerca de la acción colectiva contradicha por un repliegue temeroso al más estrecho de los nacionalismos. Ha habido excepciones. Suecia ha sido en extremo generoso. Y la canciller alemana ha demostrado que puede comprender la otra cara del liderazgo.

Durante muchos años Europa ha estado tratando de convencerse de que puede aislarse del mundo. Siria no era su problema ... y, de todos modos, la culpa era de EEUU por haber invadido a Irak. Cualquier obligación con respecto a Libia terminó con la eliminación de Muamar Gadafi. Las naciones ricas de la UE tenían otros asuntos en mente: austeridad, recesión y una irresoluta crisis del euro. Pero ¿qué iba a suceder con las víctimas del régimen sirio de Bashar al-Asad o del autodenominado Estado Islámico? Bueno, pudieran permanecer en los campamentos en Jordania y Turquía.

Los cientos de miles de sirios, iraquíes y eritreos que huyen de la muerte y la persecución para cruzar a Europa en el mayor movimiento de seres humanos que jamás haya experimentado el continente desde 1945 han acabado con esa ilusión. Durante el proceso, los europeos han puesto de manifiesto un vacío en el compromiso con la acción colectiva — en la solidaridad, por así decirlo — que, junto con las tribulaciones del euro, sin embargo, pudiera presagiar la desintegración de la UE. El imperativo moral de ofrecer socorro a las desdichadas víctimas de la guerra y el terror habla por sí mismo. Pero también está la cuestión del interés propio. Los europeos escribieron las convenciones internacionales destinadas a defender los derechos humanos. Sin una lealtad común a los valores de la libertad y la seguridad, la UE no es nada.

La Sra. Merkel ha sido una de las pocas personas dispuestas a exponer las obligaciones de Europa hacia los recién llegados. Tan cautelosa como siempre, ella esperó hasta juzgar el estado de ánimo de sus compatriotas — de los voluntarios en los centros de recepción y de los aficionados al fútbol ondeando pancartas de bienvenida. Pero eso no es importante. Ella ha entendido lo que debe hacerse. El coro anhelante de los refugiados en tránsito desde los Balcanes es, simple y llanamente, “¡Alemania!”. Es probable que Berlín procese hasta 800,000 solicitantes de asilo este año.

Lo peor de Europa se ha visto plasmado en Viktor Orbán, el ‘Putin de bolsillo’ que se desempeña como primer ministro de Hungría. En su total ignorancia de la historia, el Sr. Orbán ve a los refugiados como una amenaza contra la civilización europea. Su respuesta ante la crisis: construir una valla de alambre de púas de 175 kilómetros. Lamentablemente, él no está solo en esa posición de intolerancia. El gobierno eslovaco dice que sólo aceptará refugiados que no sean musulmanes.

En el otro extremo del continente, el gobierno británico de David Cameron tampoco se ha mostrado mucho más comprensivo. El primer ministro — inducido a un estado de pánico por unos pocos miles de personas que están acampando al otro lado del canal en Calais — habló de “enjambres” de personas que tratan de “entrar a Gran Bretaña”. ¿Dónde está la generosidad que tan frecuentemente han mostrado los británicos al darle la bienvenida a los desposeídos?

Mi conjetura es que todavía está allí. La aparente indiferencia del Sr. Cameron ante las imágenes de cadáveres asfixiados en la parte trasera de un camión en Austria o ante el cuerpo de un niño arrojado por el mar en una playa turca no representa el estado de ánimo nacional. Los británicos comunes ven la diferencia entre refugiados desesperados y migrantes económicos con más claridad que un líder que vive con el temor de ser aventajado por los xenófobos.

Otros en Europa también discuten la necesidad de defender la “soberanía” de sus fronteras. Sin embargo, es obvio para cualquiera que piense al respecto que dicha soberanía es otra ilusión. Ninguna nación puede sellar herméticamente sus fronteras contra la crisis fuera de ellas.

Las buenas intenciones, por supuesto, no son suficientes. Responder a la crisis exige organización y recursos. La escala y la velocidad del movimiento hubiera abrumado incluso a una UE debidamente preparada. El sistema de Schengen de fronteras abiertas ha cedido ante la presión. Lo mismo ha ocurrido con el llamado Convenio de Dublín, el cual establece que los solicitantes de asilo deben ser registrados en el primer punto de entrada a la UE. Lo que se necesita ahora es un riguroso sistema a través de la UE adecuadamente financiado que ofrezca socorro a los refugiados mientras que toma medidas drásticas contra los traficantes de personas.

El imperativo, sin embargo, es contar con un liderazgo que comprenda que la solidaridad en tales circunstancias no es sólo un vago sentimiento de los europeístas ni simplemente la respuesta compasiva y decente ante tan terrible miseria humana. También es la única respuesta práctica. Un continente grande, rico y en proceso de envejecimiento puede incorporar fácilmente a esos recién llegados y, con el tiempo, se beneficiará enormemente de su energía y de su iniciativa. Pero la dislocación debe ser equitativamente compartida. La Sra. Merkel ha demostrado tal liderazgo. Esperemos que el Sr. Cameron y otros líderes se sientan tan avergonzados que decidan seguir su ejemplo.

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