El osito azul
Acabo de regresar de viaje. Nunca antes había viajado solo tanto tiempo, una aventura que resultó llena de grandes emociones, pero demasiado larga. En el aeropuerto, cuando regresaba, le compré un oso azul a Catalina para no llegar con las manos vacías –ella es quien abre mi maleta y busca siempre una sorpresa– pero el oso era tan grande que tuve que traerlo en mis brazos, solo se hace eso por un nieto. Llegué a la casa y conté a la familia los pormenores de la travesía; me he lanzado como contador de cuentos y lo más divertido es que hasta me aplauden. La gente ríe y llora conmigo, junto a mí la música de Víctor Víctor y el acompañamiento de Juan Francisco Ordóñez.
Un baño largo con agua caliente, mi pijama viejo, las gastadas chancletas y de inmediato a mi sillón a repasar recuerdos, tomar nota de las cosas pendientes y a la cama.
Me despierto temprano, demasiado para los demás, seis horas duermo como mucho. El apartamento silencioso, Catalina, el oso y yo dormimos juntos, ella se negó a separarse de mí y se metió a la cama sin decir palabra, como si fuera obligatorio que durmiéramos juntos; estaba tan cansado que lo último que le oí decir fue que era el regalo más hermoso que hubiera recibido, que su osito era cariñoso y que lo cuidaría mucho.
Amanece, me despierto y voy a la cocina, busco la vieja greca y me preparo un café. Mientras espero que suba, contemplo por la ventana mi barrio, escucho el perro del vecino ladrar, los repartidores de periódicos lanzando con cierta destreza a los edificios las noticias del día. Me siento bien en mi casa, aún estoy cansado del largo viaje, sé que me tomará unos días ponerme en forma, pero la sola alegría de estar de vuelta me hace sentir seguro, como si el solo saber que esta casa, esta familia, fuera lo más importante y que todo lo que hago y haré en el futuro tiene sentido porque ellos están aquí, porque ellos son mi razón de vivir, de estar, ellos son mi felicidad tácita que no necesitan explicaciones.
Se despierta Catalina y viene con el osito azul en los brazos.
–Abuelo, gracias por este regalo –me dice sonriendo con cara de sueño. Es la quinta vez que me da las gracias.
–¿Quieres desayunar? ¿Tienes hambre?
–Uhumm –me dice.
–¿Te preparo unos huevos? Es lo único que sé hacer bien.
–No, quiero pancakes con miel –responde más al osito que a mí.
–Deja ver si hay –contesto.
Abro la pequeña despensa y allí está la harina, encuentro un huevo, la leche y sin pensarlo mucho comienzo a prepararle el desayuno.
Sentados en el pequeño desayunador los tres, Catalina, el osito cariñoso, así lo llama, y yo.
De repente, en el silencio de esta mañana cobro conciencia de que esto es la felicidad y nada más.
Entonces sonrío, abrazo y beso a mi princesa todas las veces que puedo y doy gracias... la felicidad es tan sencilla.
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