Tegucigalpa al fin

Tegucigalpa convive con la violencia, es parte de su cotidianidad. La ciudad desparramada en una montaña ofrece paisajes constantemente desde cualquiera de los puntos donde te muevas. Me habían advertido de que era una ciudad peligrosa y que las maras acechaban constantemente, pero la sola idea de encontrarme con amigos entrañables, presentar mi obra de teatro y abrazar a mi familia Giudicelli me llenaba de emoción.

El pequeño bus que nos trasladó desde San Salvador nos dio la oportunidad de ver el campo de ambos países y cruzar pequeños pueblos que, vistos desde lejos, no daban la impresión de peligro.

Al llegar a la frontera, vendedores de todo tipo de frutas, baratijas, dulces etcétera, nos ofrecían sus mercancías. Luego la llegada a Tegu, como la llaman, y el cambio de dólares en lempiras, 21 por dólar, desde ese momento comienzan las advertencias, cambiar en lugares seguros, nunca caminar solos, solamente los taxis que te den en el hotel... el susto se instaló en mi corazón, esperaba que me asaltaran en cualquier momento. Andaba preparado con mi kit de asaltos, el dinero justo, la tarjeta de crédito en el hotel, ni siquiera el reloj, si en algún momento me tocaba, sólo dinero y nada más.

Tegu me sorprendió para bien. Mi familia y amigos me atendieron como un rey y gracias a ellos nunca amanecí engomado [resacado]. Comí anafres [frijoles con queso y chorizo] cada vez que pude, visité los bares más atractivos, y en las noches pude contemplar desde el edificio donde viven María y Joaquín una ciudad llena de luces y de misterios. Aunque nunca pude ir a Tito Aguacate, lugar muy popular y emblemático, sí disfruté de las carnes de Ni fu ni fuá, comí sushi en Alai y disfruté del impresionante bar terraza del hotel Maya, desde donde se divisa ‘El Cristo de la montaña’.

Una mañana fuimos a almorzar a ‘Valle de ángeles’, un pueblecito encantador a 30 minutos de la capital con cantidad de tiendas artesanales, restaurancitos típicos y estrechas calles. Hizo frío. Me divertí muchísimo oyéndoles hablar.

–Ando hule [sin dinero], –me dijo uno. –No hay manera de conseguir chamba [trabajo].

–Chéque-le, –contestó otro.

–Tu eres ñola [eres malo para lo que haces].

–Déjate de papada [de tonterías].

A Juan Luis Guerra me lo encontré en todas las vallas de la ciudad, y me impresionó que las boletas se podían comprar en plazos, de lo costosas que eran.

–¡Uepaaa! –Grité en voz alta.

Luego me llevaron a comer baleadas [tortillas de harina rellenas de queso frijoles y huevo.

–Va pue-si no hay pisto [dinero], –me dijo un catracho [hondureño]. –Nos la inventamos.

–Puchica [caramba] ese cipote [niño] si está grande!

Tegu, a pesar de todos los peligros, gracias a tantos seres queridos, viejos y nuevos, me dejó una sonrisa grabada en el corazón. Prometí volver.