Al misterioso caballero de la penumbra

Esta noche de sábado he danzado en la libertad de quedarme en casa. En pijama recorrer viejas fotos, escuchar música, dejarme ir por los pensamientos que regresan... recuerdos, nostalgias. Tantas vidas ya vividas y sin embargo tan veloz todo... La que he sido y la que soy... indisolubles.

Miro fotos de años atrás. Fotos de fiestas y me pregunto qué era lo que había en la juventud que despertaba tantas ganas, risas, bailes... Amigos y más amigos. Camaradas de tantas aventuras. Amores, historias, besos, roces...

En una de esas ráfagas me viniste tú... y me detuve. Cerré los ojos e inhalé hondo... quería percibirte en el aire acaso y tal vez así entender un poco las señales. Si se trataba de la huida de alguien que, cauto, prefiere retirarse o de quien que se lamenta de un error.

Esos últimos minutos borrosos, alterados por las cervezas, los nervios repentinos... La temperatura alta que me provocaron tus besos... tu mano llevando mi mano a tu corazón mientras tu boca, se acercaba lentamente para desatar mis latidos... Quieta, esperé la llegada de tus labios que besaron los míos con precisión de maestro.

Y tuviste la frialdad de detener todo para atender a un compromiso ineludible... Algo que me resultó confuso... Recreando mis mejores formas salí de tu casa rumbo a la mía, dormí... desperté encandilada. Mis dedos no se tenían. Escribí, te escribí. Dejé fluir lo que me saliera porque estaba en una especie de cuento... La irrealidad me alejaba de los lugares comunes y pensaba que era comprendida. Soñaba con desatar tus ansias de escribir y que fuéramos Anais y Henry del Caribe...

Pero lo que vino en cambio fue un silencio. No sé si un alto. No sé si un espacio que simplemente surgió y que tú no controlaste. O si al contrario, lo controlas demasiado.

En resumen, mi misterioso caballero de la penumbra, usted me desconcertó. Sin embargo, los días fluyen y me gusta la idea de pensar que algún día, de algún modo, nos encontraremos y, quizá, hablemos a su modo, de otro modo, sin las máscaras.

Mientras tanto, cada sábado te robas un poquito de mi pensamiento. Por unos minutos la pregunta que se va cansando ya... Por el otro tu olor... La atmósfera tibia en tu balcón. Mi darlo todo... Mi vulnerabilidad, esa que no cuidaste, pero que se recupera porque sabe que quien juega debe saber perder sin dramas ni historias.

Tú, entre tantos adioses...