Un mundo en conmoción

Las viejas arquitecturas del entendimiento se están quedando en pie solo por costumbre

El mundo parece estar deshaciéndose. En esencia, fue lo que planteó Mark Carney en Davos, con una franqueza poco habitual en esos escenarios donde casi todo suele decirse para no decir nada. Fue a la raíz del problema, sin centrarse en crisis pasajeras o ajustes. Se vive una ruptura del orden que organizó la vida internacional durante décadas. Se acabó, y nadie ha terminado de admitirlo.

El premier canadiense habla desde el atrio de las potencias medias, países que no mandan, pero tampoco obedecen del todo. Si a ellos las costuras del sistema les aprietan, es fácil imaginar qué ocurre con nuestro mundo al que todavía, por inercia o por pereza moral, seguimos llamando “en vías de desarrollo”. Todos nos negamos a usar la expresión “tercer mundo”, convencidos de que no hay nada más anacrónico que las palabras que sirven para naturalizar el atraso ajeno. Pero estamos en un tercer lugar, muy distante de los podios de Davos y de donde toman las decisiones.

Las viejas arquitecturas del entendimiento se están quedando en pie solo por costumbre. La Organización de Países No Alineados es hoy una sigla fatigada. La OEA respira con dificultad. La CELAC se ha ido convirtiendo en un gesto. La ONU, atrapada entre la escasez de recursos y su propia incapacidad para reformarse, parece una torre de Babel donde todos hablan y casi nadie se entiende.

De pronto, hemos quedado a la intemperie, sin manuales de certeza. Carney ha propuesto aceptar la pérdida de suelo firme y empezar a construir otra cosa, sin nostalgia. Tal vez esa sea la forma más honesta de nombrar este fenómeno: el de la desaparición de las certezas. Aunque se imponga la desolación, estos tiempos tormentosos tienen al menos la virtud de obligarnos a pensar. 

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.