La otra cara de la luna

Misión Artemis rompe el misterio lunar, pero no el de la naturaleza humana

Se ha roto el secreto. Se ha disipado ese referente que nos empujaba hacia lo incógnito y que, precisamente por su invisibilidad, convocaba la imaginación a ejercicios sin prueba, a repertorios musicales y poéticos cargados de romanticismo, de conjuros y de una íntima vocación por el asombro.

La luna —esa vieja confidente de insomnios— ha sido siempre territorio de fetiches y leyendas. Un dominicano le cantó aretes perdidos en el fondo del mar, como si en su misterio cupiera todo lo que la realidad no alcanza a explicar. Era su cara oculta la que sostenía ese andamiaje de suposiciones, ese caudal de versos que, generación tras generación, insistía en completar lo que no podía verse.

Ahora, una misión multinacional, bautizada con nombre de diosa —Artemis—, ha rasgado el velo. Lo ha hecho a un precio simbólico: cuarenta minutos de soledad absoluta, de desconexión total con la Tierra. Un paréntesis de silencio para que la ciencia hiciera lo que mejor sabe: iluminar.

Y ahí están las imágenes. Crudas, ásperas, casi inhóspitas. La otra cara de la luna ya no pertenece al territorio de la conjetura, sino al inventario de lo conocido.

Pero mientras la ciencia avanza y reduce el espacio de lo desconocido en el cosmos, en la vida cotidiana persiste un enigma más resistente. Me refiero al de las otras caras humanas. Esas que se insinúan apenas y, con rapidez calculada, se repliegan detrás de máscaras cuidadosamente construidas.

En la luna, el misterio cedió ante la evidencia. En nosotros, en cambio, las dobleces siguen orbitando intactas, fuera del alcance incluso de los más avezados exploradores del día a día. Paradójico que haya territorios muy cercanos donde la luz aún no basta. 

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.