La manada

Cuando el instinto desplaza a la razón en la violencia urbana

En la selva, donde rige la ley del más fuerte, la manada responde a la lógica de la naturaleza. Animales depredadores, como perros salvajes o hienas, suelen ser extremadamente eficaces en la caza. Coordinan el ataque, acorralan a la presa y la matan. No hay crueldad en sentido humano, solo instinto y adaptación.

Otro razonamiento aplica a la manada de fieras humanas, que con igual eficacia “cazaron” a un infeliz camionero. Fue una escena primitiva, casi tribal, en pleno asfalto de Santiago. Deivy Abreu Quezada cayó bajo la furia de una multitud y, con él, la línea que separa el conflicto de la barbarie.

Afloró la expresión más cruda del comportamiento de manada. Nadie golpea solo, nadie decide, pero todos ejecutan. La responsabilidad se diluye en el grupo y, en ese anonimato compartido, la violencia se vuelve fácil, casi automática. El individuo desaparece; emerge la turba.

El fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más frecuente con esos truhanes que se desplazan en motores sembrando el caos en la calle. Basta una chispa —un roce, una discusión, un malentendido— para que la masa se encienda. No se razona, se reacciona.

En el caso de Santiago hay, además, el trasfondo inquietante de la normalización. Al motoconchista que golpea no se le percibe como agresor como parte de una respuesta colectiva, casi legítima. El espectador no interviene; observa. Como en demasiadas ocasiones, el Estado llega tarde o no llega.

Hubo una muerte y el entorno la permitió, evidencia de una cultura donde la ley se suspende en cuanto aparece la multitud. Donde el orden se fragmenta y la justicia se improvisa a golpes.

La manada no es solo quienes atacan. Es también la suma de silencios, omisiones y tolerancias que hacen posible que algo así ocurra.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.