Delinquir y perdonar, de humanos son
Cuando la justicia termina su tarea pero el daño permanece
La libertad de Mario José Redondo Llenas, tras treinta años de prisión por el asesinato de un primo, coloca a la sociedad ante un dilema: el derecho puede cerrar un expediente, no una herida.
La función civilizadora de la justicia es impedir que el castigo quede en manos de la venganza y someterlo a medida, tiempo y procedimiento. La pena se cumplió. En términos jurídicos, deuda saldada. Sería ingenuo, empero, confundir el cumplimiento de la condena con la reparación plena del daño. Una vida arrebatada no regresa con el término del calendario penal.
En La condición humana, Hannah Arendt recuerda que la acción humana es irreversible. Lo hecho no se deshace. La justicia ordena el mundo, castiga, contiene, reconoce la gravedad del acto; no puede, sin embargo, devolver la vida ni imponer consuelo.
Ahí aparece el perdón, nunca como sustituto de la justicia. Si esta mira el acto, el perdón mira al ser humano que lo cometió. Reconoce la posibilidad inquietante de que nadie debería quedar reducido para siempre a su peor acción. Solo los humanos son criminales porque solo ellos responden moralmente por sus actos; y únicamente ellos pueden arrepentirse, mirar atrás y descubrir el crimen como una caída, una culpa, un error irreparable.
Esa comprensión no obliga a perdonar. Convertir el perdón en deber, como ordena la religión, sería cargar sobre la víctima una nueva exigencia. El perdón, si llega, tiene valor precisamente porque es libre.
La salida de prisión no absuelve la memoria, tampoco autoriza la crueldad perpetua. Nos deja, más bien, ante dos verdades: la justicia terminó su tarea y el daño permanece. Entre una y otro se abre el territorio más arduo de lo humano: aceptar que puede haber nuevo comienzo sin que haya olvido.