La muerte la pilló vendada
El horror del caso de la adolescente fallecida en hogar de Conani obliga a mirar más allá del expediente judicial
No es un pasaje de Dickens ni una página arrancada de El señor de las moscas. Tampoco una escena concebida para estremecer lectores desde la comodidad de la ficción. Ocurrió aquí, en un centro de acogida de Conani. A una adolescente haitiana le dijeron que le tenían una sorpresa. La condujeron hasta un baño, vendada. Allí la derribaron al suelo y, mientras dos la sujetaban, otra utilizó el amarre de un pantalón para ahorcarla. Hay hechos cuya brutalidad parece resistirse al lenguaje.
Lo verdaderamente perturbador no es únicamente el crimen, sino la edad de quienes lo cometieron. Menores capaces de ejercer una crueldad desnuda, sin frenos visibles, como si la violencia hubiese dejado de ser excepción para convertirse en una forma natural de relación con el otro. Pero nadie emerge así de la nada. La sevicia también tiene genealogía. Se alimenta de hogares rotos, de abandono, de barrios donde la infancia aprende demasiado temprano que sobrevivir importa más que convivir.
Por eso conviene resistir la tentación del juicio fácil contra Conani. La institución podrá tener carencias, errores y limitaciones —sería ingenuo negarlo—, pero recibe precisamente aquello que la sociedad desecha o no supo proteger: muchachos marcados por la violencia antes siquiera de entenderla. Pretender que un organismo estatal, frecuentemente precario, corrija en meses lo que familias, comunidades y entornos destruyeron durante años es pedirle más de lo humanamente posible.
El horror de este caso obliga a mirar más allá del expediente judicial. Queda la duda si la nacionalidad de la occisa generó tanta crueldad. La pregunta de fondo no es solamente cómo murió esa adolescente. La pregunta verdaderamente inquietante es qué clase de sociedad estamos incubando para que la barbarie encuentre refugio, incluso, en la infancia.