La conversación perdida

El Grupo de los Jueves reivindica el arte de dialogar

El éxito del reportaje sobre el Grupo de los Jueves revela algo que va más allá de una tertulia extraordinaria: desnuda una carencia. Miles de lectores se sintieron atraídos tanto por un grupo que lleva más de medio siglo reuniéndose cada semana, como por algo que empieza a extinguirse. Me refiero a la conversación entendida como forma de amistad.

Lejos de ser un club de afines, sus integrantes discrepan, debaten, sostienen posturas contrarias. Lo único que nunca ponen en juego es el respeto. La amistad no depende de pensar igual, sino de la voluntad de volver a la misma mesa.

Quizá por eso el reportaje tocó una fibra. Hablamos más que nunca y nos escuchamos menos. Opinamos al instante, pero cada vez dialogamos con menos calma: la reacción es inmediata; la conversación, en cambio, pide tiempo, ese lujo que ya casi nadie se permite regalarle a otro.

No sorprende que unos hombres que simplemente conversan, semana tras semana, resulten hoy casi una rareza. Lo extraordinario es que hayan sostenido un espacio donde nadie necesita vencer para sentirse oído, no que lleven cincuenta y cinco años encontrándose.

También las sociedades se tejen alrededor de las mesas. Allí se aprende a disentir sin romper, a defender una idea sin convertir al otro en adversario, y a descubrir que una buena conversación pesa más que cien discusiones ganadas.

Convencido estoy de que la emoción que despertó el Grupo de los Jueves dista de nostalgia del pasado, sino del encuentro. De ese tiempo sin apuro en que la palabra corría de mano en mano, como el pan en la mesa. Que yo sepa, ninguna comunidad sobrevive gracias a quienes siempre tienen razón. Al contrario, gracias a quienes vuelven, semana tras semana, a seguir conversando.

Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.