El Presidente y la educación: una mirada socrática
El ejemplo como motor del cambio en las escuelas
Puedo dar testimonio de la importancia que el presidente de la República, Luis Abinader Corona, concede a la educación. Tanto en las reuniones del gabinete del sector como en sus actividades cotidianas, la educación figura entre sus principales prioridades. Recientemente dio un ejemplo de alto valor simbólico y pedagógico al visitar un centro educativo y asumir el rol de docente, dejando momentáneamente sus funciones ejecutivas para dedicar tiempo directo al aprendizaje de los niños. Este hecho constituye un acontecimiento de gran relevancia y, sin duda, sin precedentes en la historia educativa dominicana.
Lo que más llamó mi atención fue que, en su papel de docente, el Presidente recurrió de manera natural al método socrático: preguntar para provocar respuestas inteligentes y reflexivas en los estudiantes. Este enfoque remite directamente a Sócrates, uno de los grandes maestros de la historia de la educación occidental, formador de discípulos como Platón. Su célebre máxima —«solo sé que no sé nada»— no expresa ignorancia, sino una actitud intelectual que impulsa la búsqueda permanente de la verdad y, a través de ella, de la virtud.
La presencia del Presidente en un aula, así como el tema elegido para su intervención —la moral y la cívica— evocan con fuerza las preocupaciones educativas de Sócrates. Para el filósofo griego, educar no consistía en transmitir conocimientos acabados, sino en despertar la conciencia moral y el pensamiento crítico del educando mediante el diálogo. El docente, desde esta perspectiva, no es una autoridad que lo sabe todo ni el único actor del aula, sino un mediador y motivador que ayuda al alumno a descubrir la verdad por sí mismo y a desarrollar su talento.
El diálogo como método educativo cumple una función central: desarrolla el pensamiento crítico, pero siempre orientado hacia un fin superior, la virtud. Para Sócrates, el conocimiento auténtico debía conducir necesariamente a una vida ética; no se podía saber lo bueno y actuar mal. De ahí que uno de los principios básicos de su pedagogía sea la formación moral del ciudadano, responsable de sus actos tanto en la vida personal como en la vida social.
Este enfoque fue retomado siglos después por Paulo Freire, quien lo aplicó con éxito en procesos de alfabetización de sectores pobres en Brasil. Al igual que Sócrates, Freire entendía la educación como un acto liberador y dialógico, razón por la cual ambos fueron cuestionados y sancionados por los sectores privilegiados de sus respectivas sociedades.
A diferencia de este modelo, la educación dominicana ha estado tradicionalmente marcada por la memorización, el énfasis en la respuesta correcta y el rol autoritario del docente. Volver a Sócrates representa, por tanto, una respuesta pertinente ante la necesidad de que la escuela dominicana sea más creativa, reflexiva y vinculada a los problemas reales de la sociedad. Desencadenar la búsqueda de la verdad mediante preguntas y respuestas favorece la formación de ciudadanos críticos, capaces de cuestionar la realidad para transformarla.
En el método socrático, el error no es penalizado; por el contrario, se convierte en una oportunidad para aprender y avanzar en la investigación. Algunos estudiantes alcanzarán el conocimiento más rápido que otros, pero ello no es lo esencial. Lo importante es persistir en la búsqueda, sin perder de vista la finalidad última de la educación: formar ciudadanos responsables y con un profundo sentido ético de la vida.
Otra enseñanza clave de Sócrates es que los valores no se construyen en un solo día. Deben ser parte integral y transversal del proceso educativo, presentes en todas las disciplinas del currículo. Tanto en Matemática como en Ciencias es imprescindible la virtud: la honestidad intelectual, la responsabilidad y el respeto. Se educa, sobre todo, con el ejemplo, tanto en el hogar como en la escuela.
El ejemplo del Presidente como educador en el aula debería ser estimulado y replicado. Si cada ciudadano que posee conocimientos, experiencia o valores que transmitir ofreciera parte de su tiempo a un centro educativo —como lo hizo el Presidente—, muchas experiencias exitosas podrían enriquecer la vida escolar. En este sentido, es justo destacar el aporte de empresarios y filántropos como Soraya Checo en CISAMA (Santiago) y Lian Fanjul en La Romana, a través de la Fundación MIR, quienes contribuyen con ideas, talentos y ejemplos de vida para que niños de sectores vulnerables accedan a una educación de mayor calidad.