Juan Pablo Duarte: patria, amor sin medida
Cuando soñar la independencia fue el primer acto de revolución
Cada 26 de enero, la República Dominicana recuerda el nacimiento de Juan Pablo Duarte y, con él, una rareza histórica: un hombre que lo dio todo por su patria sin pedir nada a cambio. Ni presidió, ni gobernó, ni administró un palmo de territorio. Y aun así —o quizá por eso— nadie la amó tanto ni hizo tanto por ella. Duarte fue patriota a tiempo completo.
En una nación acostumbrada a caudillos, fue la excepción luminosa: el fundador que nunca se sentó en el trono que otros ocuparon.
Duarte no heredó una república: la imaginó. Cuando en la isla la idea de independencia parecía una quimera, él la concibió como proyecto político, moral y cívico. En una época en la que muchos se resignaban a la dominación, Duarte se rebeló primero en la mente. Y eso, como bien sabemos, suele ser el comienzo de todas las revoluciones duraderas.
Su grandeza no estuvo solo en soñar, sino en organizar el sueño. Entendió que la libertad no nace del arrebato, sino del método. Por eso fundó en 1838 la sociedad secreta La Trinitaria, un núcleo de jóvenes comprometidos con la causa independentista. Allí no se repartían consignas vacías, sino ideas claras: soberanía, república, igualdad ante la ley y un Estado libre de tutelas extranjeras. Nada mal para una época sin redes sociales, pero con convicciones bien conectadas.
Los jóvenes de entonces vivían bajo un clima de atropellos y abusos que minaban la esperanza. Arrestos arbitrarios, maltratos y fusilamientos sin debido proceso formaban parte del paisaje cotidiano. Ese ambiente de miedo pretendía domesticar conciencias. Duarte hizo lo contrario: las despertó. Comprendió que un pueblo sin esperanza es fácil de someter, pero uno con ideales claros es imposible de encadenar por mucho tiempo.
A los 25 años, cuando muchos aún están decidiendo qué hacer con su vida, Duarte ya tenía claro qué hacer con la historia. Nacido el 26 de enero de 1813, llevaba en el pecho la “llama ardiente de la libertad”. No era una metáfora bonita: era un programa de vida. Esa llama lo empujó a educar, convencer y sumar voluntades, no desde el odio, sino desde la razón y el amor a la patria.
Duarte concebía la independencia no como un acto aislado, sino como un proceso ético. Para él, la república debía sostenerse en ciudadanos virtuosos, no solo en victorias militares. Por eso insistía en la moral pública, el respeto a la ley y la dignidad humana. En tiempos en que abundan los atajos, Duarte apostó por el camino largo… y correcto.
Paradójicamente, su coherencia le costó el poder. Fue perseguido, exiliado y marginado por aquellos que sí gobernaron, pero no siempre con su altura moral. Duarte murió pobre, lejos del país que ayudó a fundar. Sin embargo, la historia suele tener un fino sentido del humor: hoy su nombre está en plazas, escuelas, avenidas y, sobre todo, en la conciencia nacional. Los otros, en cambio, apenas sobreviven en notas al pie.
Recordar a Duarte en su natalicio no es un acto protocolar: es una invitación incómoda. Nos recuerda que amar la patria no consiste en usarla, sino en servirla; que el poder sin principios es ruido, y que las ideas, cuando son justas, terminan gobernando incluso sin cargo.
Duarte siempre. Porque hay hombres que no necesitan mando para mandar en la historia.