Bailar para quedarse

La danza dominicana entre el prestigio internacional y la precariedad local

La Compañía Nacional de Danza Contemporánea (CNDC) en el Amaturo Theater, en el Broward Center of the Performing Arts, de Miami, Estados Unidos (2025). (Fotos cortesía de Ana Espino.)

Este Día Internacional de la Danza nos encuentra ante una tarea un tanto incómoda: la de volver la mirada hacia una historia de precariedad y ausencia en perjuicio de un sector que, como el de nuestra danza, se mueve con una cadencia sin igual muy a pesar de que vivir del movimiento en República Dominicana sigue, hoy, siendo una apuesta entre otras cosas difícil (dificilísima).

La danza dominicana existe, circula, se forma, viaja. El problema no es su inexistencia. Es la distancia persistente entre ese valor cultural y las condiciones materiales en que muchas veces debe sostenerse. Porque la danza dominicana no es un sector ausente, ni marginal. Tiene instituciones, escuelas, compañías oficiales y presencia y prestigio a nivel internacional. La Escuela Nacional de Danza, creada y puesta en funcionamiento en la década del noventa, forma bailarines tanto en lo clásico como en lo contemporáneo y lo folklórico. El país cuenta, además, con el Ballet Nacional Dominicano y la Compañía Nacional de Danza Contemporánea, llamados a sostener el repertorio, pero también a la no siempre fácil tarea de abrir espacios para el desarrollo y la innovación.

En los últimos años, ese complejo entramado no ha hecho más que crecer. En abril, por ejemplo, la Compañía Nacional de Danza Contemporánea fue seleccionada para representar al país en el Festival Internacional de Danza Volcánica, en Costa Rica. A la vez, plataformas como FESTAE 2026 han querido reafirmar la presencia de la danza dentro del impulso reciente de las artes escénicas nacionales. La diáspora, por su parte, también ha ampliado ese radio de acción: el Ballet Dominicano en Europa ha seguido representando al país en espacios internacionales y desarrollando talleres con jóvenes dominicanos fuera de la isla.

Así que la danza dominicana está (muy) viva. Se mueve, se proyecta. Lo que no siempre logra hacer con la misma facilidad es sostener dignamente a quienes la hacen posible.

Ahí es que el 29 de abril adquiere cierto “espesor”. Sí, la danza es importante. Pero, en estos tiempos, la pregunta es otra. Va de reflexionar sobre el significado de bailar hoy en República Dominicana, y especialmente en Santo Domingo, cuando el costo de la vida sigue subiendo y el trabajo artístico continúa marcado por la precariedad y por un apoyo (público y privado) a ratos ausente.

Los datos disponibles dibujan un panorama elocuente. Una encuesta recogida en 2024 entre profesionales de la danza indicó que el 93.6 % se iría del país si tuviera la oportunidad. Más del 87 % afirmó necesitar más de un trabajo al mes para sostenerse, y solo el 26 % dijo ganar lo suficiente para cubrir la canasta básica. De suerte que no se trata de una impresión vaga, mucho menos de una exageración: es el retrato de una comunidad artística que, aún formándose y produciendo con rigor, encuentra enormes dificultades para convertir su práctica en una vida material estable.

La comparación con el costo de vivir en Santo Domingo vuelve todavía más visible ese desajuste. En marzo de 2026, la canasta familiar de la región Ozama superó los cincuenta y seis mil pesos mensuales. Incluso el salario mínimo más alto del sector privado formal permanece muy por debajo de esa cifra. Para una parte importante de los y las bailarinas, que además no siempre gozan de estabilidad, contratación regular o seguridad social, eso significa algo muy concreto: enseñar, coreografiar, ensayar, gestionar y multiplicarse, al mismo tiempo, para poder seguir en pie.

No es un problema enteramente nuevo. Desde hace años, integrantes de compañías oficiales han denunciado salarios bajos, reajustes prometidos que no llegan y condiciones materiales insuficientes para ensayar. Lo que cambia ahora es el contexto: la danza dominicana tiene más visibilidad, más circulación y más legitimidad que antes. Pero sigue cargando con una precariedad estructural que obliga a muchos artistas a vivir en el borde. En fin, un oficio de cuerpo entero (nótese el juego de palabras); una vocación que exige belleza, disciplina y resistencia, pero que rara vez recibe, a cambio, el apoyo necesario para llevar una vida material proporcional a ese esfuerzo.

En esa tensión, la trayectoria de Edmundo Poy ofrece una imagen particularmente reveladora. Director de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea y fundador de EDANCO, Poy encarna una forma de llegada no lineal al arte: antes de afirmarse plenamente en la danza, pasó por otros oficios, incluyendo el trabajo artesanal, y más tarde salió del país para formarse, regresando luego con la convicción de crear aquí lo que aquí faltaba. Su biografía importa porque desmonta una idea cómoda del artista como alguien que simplemente “nació para eso”. En su caso, la danza aparece como descubrimiento, disciplina, intuición y construcción de mundo.

Y lo que ha hecho con EDANCO confirma esa lectura. Fundado en 2005, el Encuentro de Danza Contemporánea se ha consolidado como uno de los espacios principales para la circulación de la danza contemporánea en República Dominicana. No solo ha ofrecido visibilidad a creadores locales e internacionales, sino que ha sostenido, con una persistencia admirable, una plataforma de intercambio, formación y proyección en un ecosistema donde no se regala nada, donde todo cuesta dedicación, sangre y sudor. El reconocimiento que recibió con el Premio Fundación Corripio en 2025 confirma el peso de esa contribución. Pero más importante que el premio es lo que con él se reconoce: la decisión de insistir hasta convertir una intuición en estructura.

Poy coincide en que la actualidad marca «un problema de fondo»: falta de apoyo de lado (privado) y lado (público), pero también poca –o acaso nula— conciencia sobre la necesidad de que la apuesta por la danza refleje el protagonismo que viene adquiriendo dentro y fuera del país. Y es así como, en realidad, bailar por oficio y vocación en República Dominicana suele significar dos cosas, al mismo tiempo: insistir en lo que se ama y usar ese mismo amor para sobrevivir.

Desde otro ángulo, Stephanie Bauger permite mirar esa misma historia de perseverancia con un acento distinto: el de la excelencia formativa y la transmisión. Bailarina, coreógrafa, maestra y directora del Ballet Nacional Dominicano, Bauger se formó primero en Santo Domingo y luego en la Escuela Nacional de Ballet de Cuba. Más adelante amplió su recorrido con estudios de maestría en coreografía (por la Jacksonville University) y con experiencias profesionales de alto nivel junto a figuras de referencia internacional. Hoy, dirige la Escuela de Bellas Artes de Las Terrenas. Desde allí, insiste: en formar y, a la vez, construir identidad cultural. Su trayectoria demuestra que desde la danza dominicana puede construirse una carrera rigurosa, sofisticada y abierta al mundo sin perder anclaje local.

El aporte de Bauger no se reduce a la carrera individual. Importa, también, por lo que significa en términos de escuela. Como directora del Ballet Nacional Dominicano y vinculada a procesos de formación artística fuera de la capital, Bauger representa una dimensión decisiva del trabajo cultural: la de quien, no solo interpreta o coreografía, sino que además ayuda a crear condiciones para que otros puedan comenzar. Que es, a fin de cuentas, una manera de democratizar la danza y, en el límite, la cultura misma. Ello, en un país tan centralizado como el nuestro, donde muchas veces el acceso a la formación artística depende del territorio, tiene una resonancia única.

Hay en Bauger una consciencia muy marcada de todo lo que falta por hacer. Y de lo que la danza reclama, hoy más que nunca: visibilidad, pero también más espacios; más público, pero también más exposición, y así reforzar su conexión con la gente, en particular con aquellas comunidades donde la danza, tristemente, todavía no llega. Es decir, respaldo real, no solo económico sino también social. Para honrar nuestros ancestros y nuestras raíces (nuestro afro, diría); para enaltecer a quienes dan la vida por la expresión artística; y para atrevernos a innovar, a reinventar (nos), y así evolucionar, con fuerza y orgullo. 

Vistas a la par, las trayectorias de Poy y Bauger cuentan algo más que dos biografías exitosas. Son, también, dos maneras de sostener la danza desde la persistencia. En Poy, la intuición se convierte en festival, luego en compañía y, finalmente, en plataforma. Bauger personifica el rigor convertido en repertorio, con vocación docente, con una mirada profundamente pedagógica. A la vez, parecen compartir una misma visión: aquella según la cual nuestra danza no ha llegado hasta aquí por inercia, sino por una suma de voluntades que carga, desde hace años, con la tarea de hacer visible y viable un arte que todavía no recibe todo el respaldo estructural que merece.

Eso obliga a volver al Estado, pero no desde la consigna fácil. La responsabilidad pública consiste en muchas cosas, pero en todo caso trasciende el aplauso o la manifestación simbólica. Consiste, más bien, en entender la danza como trabajo cultural, como proceso de formación especializada, como disciplina física y como producción intelectual-espiritual. Todo eso, al mismo tiempo. Y siendo todo eso, la danza requiere políticas a su altura.

Redoblar esfuerzos implicaría, por lo menos, cuatro movimientos. Primero, mejorar de manera sostenida las condiciones salariales y contractuales de quienes integran las compañías oficiales. Segundo, invertir en infraestructura adecuada para ensayos, formación y movilización. Tercero, fortalecer los circuitos de formación pública, desde la Escuela Nacional de Danza hasta las escuelas de Bellas Artes en distintas provincias. Y cuarto, acompañar, con mayor decisión, las plataformas y colectivos que encarnan nuestra danza, especialmente de aquellas que ya han demostrado su impacto multiplicador, para así impulsar nuestra visibilidad y, más allá, nuestro propio horizonte cultural.

La danza no necesita caridad. Es, más bien, una cuestión de reconocimiento estructural proporcional a su valor cultural. Y es que detrás de cada cuerpo entrenado hay años de estudio, desgaste, inversión y disciplina (física y emocional). Y todo a ello a expensas de una economía personal muchas veces al límite. Lo que hace falta, en fin, es un cambio de foco: para ver nuestro arte –y, con él, la danza— como oficio que contribuye machaconamente a nuestro acervo cultural, actuando como vector de ciudadanía cultural que enriquece nuestro tejido social.

Quizás por eso este Día Internacional de la Danza pasa de ser solo una fecha y se convierte en una oportunidad para pensar en todo lo que sostiene lo que ocurre en el escenario: la maestra que corrige una posición durante horas, o el coreógrafo que ensaya sin garantía de estreno, o la bailarina que da clases para pagar transporte y comida, o el gestor que convierte una intuición en festival, o la directora que hace escuela mientras dirige una compañía. Ahí, en esa zona menos visible, está buena parte de la verdad de la danza dominicana. Y también su dignidad.

Si algo deja claro este Día de la Danza es que estas historias merecen ser escuchadas. Las entrevistas de Gente Brava están ahí, abiertas, para quien quiera oír a bailarinas y coreógrafos pensar en voz alta su oficio y su país.

Pedro J. Castellanos Hernández es licenciado en Derecho, con experiencia y especialización en derecho constitucional, administrativo y electoral. Es articulista y ensayista. Combina su ejercicio con la docencia.