Cuando Abinader era un bebé y RD vivía entre complots, guerra fría y alianzas imposibles

Una mirada generacional a la construcción de la democracia en la República Dominicana

La estabilidad democrática actual no surgió de forma natural, sino que es el resultado imperfecto de aquel complejo y peligroso ecosistema histórico. (Fuente externa)

Luis Abinader nació el 12 de julio de 1967, cuando la República Dominicana todavía caminaba sobre brasas. 

El país apenas intentaba salir del trauma de la muerte de Trujillo, del breve experimento democrático de Juan Bosch, del golpe de Estado de 1963 y de la guerra civil de abril de 1965, seguida por la intervención militar norteamericana. 

Cuando el hoy presidente abrió los ojos, la nación no había entrado aún en una democracia reposada; seguía viviendo dentro de una prolongada resaca de miedo, conspiraciones, radicalismos y ajustes de cuentas.

Mientras él aprendía a balbucear sus primeras palabras, la República Dominicana seguía hablando el lenguaje de la Guerra Fría.

Conviene recordarlo, porque el presente tiende a borrar el espesor del pasado. 

Hoy se discute con ligereza sobre democracia, oposición, orden institucional y libertades públicas, como si todo ello hubiera surgido naturalmente. 

No fue así

La democracia dominicana fue construida lentamente sobre una época donde convivían el miedo al comunismo, las tentaciones insurreccionales, las conspiraciones militares, las persecuciones y la intervención permanente de las grandes potencias.

En 1969, cuando Abinader tenía apenas dos años, el país seguía siendo un hervidero político

Joaquín Balaguer, ya consolidado en el poder, enfrentaba amenazas de distinta naturaleza. 

Por un lado, una izquierda revolucionaria inspirada por Cuba, por el mito continental del foco guerrillero y por la convicción de que la lucha armada seguía siendo un camino legítimo para transformar el poder. 

Por otro, militares desplazados, sectores resentidos y opositores de diverso origen que consideraban ilegítimo o insoportable el control político del balaguerismo.

Washington observaba todo con obsesión

La experiencia cubana había dejado una cicatriz estratégica profunda en Estados Unidos

Para la administración norteamericana, el Caribe seguía siendo un espacio de máxima sensibilidad geopolítica

La República Dominicana era observada como un territorio donde cualquier chispa podía producir otro incendio hemisférico.

En ese contexto surgieron los informes de inteligencia que hoy, con la distancia del tiempo, permiten reconstruir el clima de aquellos años.

Uno de ellos, contenido en la serie oficial Foreign Relations of the United States (FRUS), recoge un informe especial de inteligencia de marzo de 1971 sobre un presunto plan para asesinar a Balaguer y provocar un cambio de poder en la República Dominicana

Hay que hacer la precisión indispensable: un informe de inteligencia no es una sentencia judicial ni una verdad histórica cerrada; refleja información recibida, interpretaciones y percepciones operativas del momento. 

Pero precisamente por eso resulta tan revelador.

Lo fascinante de ese documento es que describe una posible convergencia entre actores que parecerían incompatibles.

Aparecen referencias a sectores revolucionarios latinoamericanos y a actores dominicanos opuestos al régimen.

El MPD 

Aquí entra el Movimiento Popular Dominicano (MPD), una de las organizaciones más activas y combativas de la izquierda dominicana de la época. 

El MPD representaba el radicalismo revolucionario, el antiimperialismo militante y una oposición frontal a Balaguer

Para el aparato estatal y para Washington, el MPD no era simplemente un partido; era un actor potencialmente desestabilizador dentro del gran tablero de la Guerra Fría caribeña.

Wessin y Wessin 

Pero también aparecía otro nombre imposible de ignorar: Elías Wessin y Wessin.

La sola mención de Wessin junto a sectores revolucionarios habría parecido absurda pocos años antes. 

Wessin había sido símbolo del anticomunismo dominicano, un militar formado dentro de una lógica de confrontación ideológica radical.  

Sin  embargo, la historia dominicana rara vez respetó la pureza doctrinal.

Porque la pregunta clave no es si se amaban ideológicamente. La pregunta es si podían coincidir tácticamente contra un enemigo común.

La respuesta histórica es .

Y la prueba está en 1974.

Ese año, apenas tres años después del documento de inteligencia norteamericano, ocurrió uno de los episodios más sorprendentes de la política dominicana contemporánea: el Acuerdo de Santiago, que dio origen a la gran coalición opositora contra Balaguer.

Allí coincidieron el PRD de José Francisco Peña Gómez, el PQD de Wessin y Wessin, el MPD y otras fuerzas anti-balagueristas.

Es decir: lo que parecía imposible ya había dejado de serlo.

El militar anticomunista y la izquierda revolucionaria terminaron compartiendo una misma plataforma política, no por afinidad doctrinal, sino porque la lucha principal era contra Balaguer.

Eso no prueba automáticamente cada detalle del informe de inteligencia de 1971.

Pero destruye la objeción simplista de que una coincidencia táctica entre Wessin y el MPD habría sido imposible.

No lo fue.

La propia historia dominicana lo demostró.

El complot de 1971

Más aún: Balaguer parecía comprender ese peligro mejor que muchos analistas retrospectivos.

En 1971, el presidente ordenó la detención y posterior deportación de Wessin.

Ese hecho no puede leerse como una anécdota menor.

Si Balaguer decidió neutralizarlo, fue porque lo percibía como amenaza política, militar o conspirativa.

Eso cambia el mapa interpretativo.

Porque desde ese momento coexistían tres tensiones:

Balaguer contra la izquierda radical.

Balaguer contra sectores militares desafectos.

Balaguer contra una oposición política en consolidación.

Y en política, cuando un mismo adversario concentra demasiados enemigos, las alianzas improbables dejan de ser una fantasía.

El cuadro se vuelve todavía más amplio cuando se observa el escenario internacional.

El MPD en Europa

Décadas después, investigaciones parlamentarias italianas mencionaron dirigente del MPD dominicano Miguel Santana Reyes en documentación vinculada a redes subversivas observadas por servicios europeos en los años setenta, dentro de un circuito que conectaba París, Caracas y Roma.

Eso confirma algo que a veces olvidamos: la República Dominicana de aquella época no vivía aislada.

Era parte de la geopolítica global.

Estados Unidos vigilaba.

Cuba irradiaba influencia.

Europa seguía redes clandestinas.

Los servicios de inteligencia compartían alertas.

Los exiliados se movían internacionalmente.

Los actores dominicanos formaban parte de un ecosistema político mucho más amplio.

Y mientras todo eso ocurría, Luis Abinader era un niño pequeño.

Ésa es la imagen que importa.

No como comentario político partidista, sino como clave generacional.

Abinader no pertenece a la generación que conspiró, combatió, exilió o reprimió.

Pertenece a la generación nacida entre las ruinas del conflicto.

No vivió conscientemente la guerra de abril.

No participó en los complots de comienzos de los setenta.

No perteneció al universo emocional de la Guerra Fría dominicana.

Nació dentro de sus consecuencias.

Y quizá esa distinción ayuda a entender mejor la República Dominicana contemporánea.

Porque la democracia que hoy existe —con todas sus limitaciones, defectos y tensiones— no surgió espontáneamente.

Fue el resultado imperfecto de aquella historia convulsa.

La historia de un país donde militares y revolucionarios podían terminar coincidiendo tácticamente.

Donde presidentes encarcelaban y deportaban antiguos aliados.

Donde Washington veía amenazas en cada movimiento.

Donde los servicios de inteligencia confundían a veces rumores con hechos, pero rara vez inventaban el clima político que describían.

Donde el Caribe era un tablero caliente de la Guerra Fría.

Y donde, mientras los adultos conspiraban, discutían, perseguían y pactaban, un niño llamado Luis Abinader aprendía simplemente a caminar.

Esa sola escena resume mejor que cualquier discurso la distancia entre aquella República Dominicana y la actual