La República del futuro

La República Dominicana aprendió a crecer: ahora debe aprender a desarrollarse

El futuro de la República Dominicana ya no depende del crecimiento económico tradicional, sino de su capacidad para adaptarse a la revolución de la inteligencia artificial. (shutterstock)

Durante décadas hemos debatido sobre crecimiento económico, inversión extranjera, turismo, zonas francas y estabilidad macroeconómica. Y con razón. Gracias a ello, el país logró avances importantes y se convirtió en una de las economías más dinámicas de América Latina.

Pero la pregunta que definirá las próximas décadas ya no es cuánto creceremos.

La pregunta es si seremos capaces de construir las capacidades nacionales necesarias para prosperar en el nuevo orden mundial que está emergiendo ante nuestros ojos.

Porque el mundo está entrando en una transformación histórica comparable a la Revolución Industrial.

La inteligencia artificial no es simplemente una nueva tecnología. Es una nueva infraestructura de poder.

Así como la electricidad transformó la economía del siglo XX y el internet redefinió las comunicaciones globales, la inteligencia artificial está comenzando a reorganizar la producción, la educación, la ciencia, la defensa, la salud, la logística, la seguridad y el funcionamiento mismo de los Estados.

Quienes la lideren no solo tendrán empresas más competitivas. Tendrán sociedades más productivas, instituciones más eficientes y una capacidad de influencia internacional superior.

Por eso el debate sobre inteligencia artificial no es un debate tecnológico.

Es un debate sobre desarrollo.

Es un debate sobre soberanía.

Y es un debate sobre el lugar que ocupará la República Dominicana en el siglo XXI.

Durante años, muchos países asumieron que esta revolución tecnológica estaría disponible para todos en igualdad de condiciones. Hoy comienza a quedar claro que no será así.

La capacidad computacional necesaria para entrenar los modelos más avanzados se está concentrando en un número muy reducido de actores. Los chips más sofisticados ya son tratados como activos estratégicos. Las grandes potencias consideran la inteligencia artificial un asunto de seguridad nacional.

La competencia ya no se produce únicamente entre empresas.

Se produce entre naciones.

Estados Unidos y China entendieron temprano la magnitud de esta transformación. Otros países comienzan a reaccionar ahora, cuando parte de la ventaja ya ha sido capturada.

La lección es clara: los países que no desarrollen capacidades propias quedarán crecientemente dependientes de sistemas diseñados, controlados y regulados por otros.

No se trata de que la República Dominicana aspire a competir con Estados Unidos o China en la construcción de modelos de frontera.

Se trata de decidir si seremos simples consumidores de esta revolución o participantes activos en ella.

La diferencia entre ambas opciones será enorme.

Un país que simplemente consume tecnología importa soluciones.

Un país que desarrolla capacidades construye futuro.

Por eso la conversación correcta no comienza preguntando cuántos empleos desaparecerán.

Comienza preguntando qué tipo de nación queremos ser.

¿Queremos un sistema educativo preparado para formar científicos, ingenieros, programadores y técnicos de clase mundial?

¿Queremos un Estado capaz de utilizar inteligencia artificial para ofrecer mejores servicios públicos, reducir burocracia y combatir la corrupción?

¿Queremos convertirnos en un centro regional de innovación, datos, servicios avanzados y talento tecnológico?

¿Queremos aprovechar nuestras ventajas geográficas, energéticas y logísticas para atraer inversiones vinculadas a la nueva economía?

Estas son preguntas de Estado.

Y exigen una visión nacional que vaya más allá de los ciclos electorales.

Aquí aparece el desafío fundamental.

La República Dominicana aprendió a crecer, pero el desarrollo exige algo más que crecimiento.

Exige instituciones capaces de cumplir una misión.

Las naciones exitosas no construyen instituciones para repartir posiciones, administrar intereses o preservar cuotas de poder. Construyen instituciones orientadas a objetivos concretos de largo plazo.

Esa es la diferencia entre crecimiento y desarrollo.

Y esa es la razón por la que la inteligencia artificial debe ser vista como parte de una agenda mucho más amplia.

Una agenda de productividad.

De educación.

De innovación.

De competitividad.

De soberanía tecnológica.

De movilidad social.

Porque en el fondo, el verdadero desafío no es tecnológico.

Es humano.

La República Dominicana necesita volver a convertirse en un país donde el esfuerzo, la preparación y la capacidad sean caminos reales de progreso.

Necesita una educación que prepare para el mundo que viene y no para el que ya desapareció.

Necesita un Estado que simplifique, facilite y potencie.

Necesita instituciones con misión.

Necesita dirección.

La historia demuestra que las grandes transformaciones no esperan a quienes dudan demasiado.

Premian a quienes entienden el momento histórico y actúan a tiempo.

La inteligencia artificial está redefiniendo el orden global. Está alterando la distribución del poder entre naciones. Está creando nuevas oportunidades y nuevos riesgos.

La pregunta es si la República Dominicana observará esa transformación desde las gradas o si decidirá participar en ella.

Porque la tarea de esta generación no es simplemente administrar la República Dominicana que heredó.

Es construir la República Dominicana que todavía no existe.

El autor es especialista en Gobernabilidad y Gestión Pública y fue Director de Competitividad de la República Dominicana.