Titulares
El arte y el engaño detrás de las primeras letras
Los titulares anuncian las noticias. Son sus anticipos, sus antesalas naturales.
Hay titulares comedidos, recatados, sobrios, repletos de sensatez.
Hay titulares que dicen lo que no dicen las noticias. Engañan. Y le asestan rudos golpes a la ingenuidad de los lectores.
Hay titulares que dicen más de lo que dicen las noticias. Las agigantan, les abultan su importancia y les dan una trascendencia ampulosa y teatral.
Hay titulares estridentes, cercanos a la lujuria. Amontonan heridos, muertos, catástrofes, destrozos, desgarramientos. Y así quizás muchos resuelven su sadismo o su masoquismo.
Hay titulares que dicen lo que quieren que digan quienes hacen la noticia. Son cajas de resonancia del poder, de los que no son pobres.
Hay titulares para confirmar acontecimientos insólitos en los que cobra fuerza el realismo mágico y en los que se estremece la verosimilitud.
Hay titulares para reafirmar ideas, principios, valores. Proyectan más el pasado que el porvenir. Sólo empujan a su lectura en tardes lluviosas o en noches en que no acude presto el sueño espantado por resabios de días grises.
Hay titulares provocadores, insidiosos que acosan sin disimulo a quienes están dirigidos.
Hay titulares que sintetizan la noticia. La reducen. La resumen. La condensan.
Hay titulares con letras enormes, orondas. Se enciman sobre muchísimas minúsculas. Generalmente, son cascarones desproporcionados a la yema que contienen.
Hay titulares con letras medianas, hijas de la sofrosine, del equilibrio, de la más estricta economía verbal.
Hay titulares en letras pequeñísimas, miedosas, tímidas sobre noticias que se pretenden ocultar, dejarlas para el uso exclusivo de buscadores de obituarios, de celebraciones de vejeces, de enaltecimientos de efemérides olvidadas.
Hay muchísimos tipos de titulares. A mí me fascinan los sugerentes, los que me provocan analizar la noticia, hacerla mía, recrearla entre mi gente para gozarla como si fuera una ternura, un poema o un anuncio de paz.