El párrafo que Jefferson escribió y que la historia borró

El texto, que es la fuente por la que hoy conocemos este fragmento, acusaba al monarca británico de violar los derechos más sagrados de africanos

La Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776 incluyó originalmente un párrafo escrito por Thomas Jefferson que condenaba con dureza el tráfico de esclavos promovido por el rey Jorge III. (Fuente externa)

Pocos conocen un pasaje de la Declaración de Independencia de Estados Unidos que casi nadie leyó el 4 de julio de 1776. No por irrelevante, sino porque nunca llegó a formar parte del documento definitivo. El Congreso Continental decidió eliminarlo antes de la aprobación final. Era un párrafo incendiario, escrito por Thomas Jefferson, que denunciaba al rey Jorge III por haber librado una suerte de guerra contra la propia naturaleza humana, al sostener el comercio de esclavos y convertir a seres humanos en mercancía.

El texto, según lo relató el propio Jefferson años más tarde en su autobiografía —que es la fuente por la que hoy conocemos este fragmento—, acusaba al monarca británico de violar los derechos más sagrados de africanos que nunca le habían ofendido, capturándolos y transportándolos hacia la muerte o la esclavitud en otro hemisferio. Calificaba el tráfico esclavista como un comercio execrable, indigno incluso de naciones que la época consideraba "infieles". Para 1776, era una condena de una dureza poco habitual en un documento político.

Ese párrafo no proponía abolir la esclavitud ya existente en las colonias, sino prohibir su continuación futura a través del comercio atlántico. Era una condena al tráfico, no una propuesta de emancipación. Esa distinción importa, porque suaviza —sin anularla— la aparente radicalidad del gesto.

Sin embargo, ese párrafo desapareció del texto final. La explicación fue política. La unanimidad de las trece colonias era indispensable para declarar la independencia, y varios delegados —especialmente de Carolina del Sur y Georgia— rechazaron cualquier condena explícita al comercio de esclavos, del que dependía buena parte de su economía. Pero no fue solo el sur. Ciudades como Newport, en Rhode Island, sostenían una industria naviera activamente dedicada al tráfico atlántico, y varios delegados del norte no estaban dispuestos a comprometer esos intereses. Jefferson, años después, lamentaría la supresión y la atribuiría a la necesidad de preservar la unidad frente a Gran Bretaña.

Ese contexto plantea una pregunta más incómoda todavía: ¿cómo podía el autor de semejante denuncia ser, al mismo tiempo, propietario de cientos de esclavos, y no solo su heredero pasivo sino también comprador y vendedor activo de personas a lo largo de su vida?

Thomas Jefferson poseyó, a lo largo de su vida, a más de seiscientas personas esclavizadas en su plantación de Monticello, Virginia. No las conservó únicamente por herencia, sino que compró y vendió esclavos según sus necesidades financieras, una práctica documentada en sus propios registros contables. Su patrimonio, como el de gran parte de la élite agraria del sur, descansaba sobre el trabajo forzado. Aunque en numerosas cartas privadas calificó la esclavitud como un mal moral y una amenaza para el futuro de la joven república, nunca impulsó desde el poder una emancipación general, ni liberó, salvo contadas excepciones, a quienes permanecían bajo su dominio.

La frase más célebre de la Declaración —que todos los hombres son creados iguales— convivía, en la práctica, con una economía basada en la desigualdad absoluta. Esa tensión abarcaba a toda la generación fundadora. Muchos de sus dirigentes proclamaban derechos universales mientras excluían de ellos a mujeres, indígenas y esclavos africanos. La independencia nació así con una promesa inmensa y una limitación igualmente inmensa.

Jefferson intentó explicar esa contradicción apelando a una abolición gradual, y sostuvo que la convivencia entre blancos y negros libres sería extremadamente difícil tras siglos de esclavitud. Llegó a proponer la colonización de los antiguos esclavos fuera del territorio estadounidense, una solución que evitaba afrontar el problema esencial, reconocer la igualdad plena de quienes habían sido privados de ella.

La contradicción adquirió un carácter aún más personal con Sally Hemings, una mujer esclavizada de su propia casa. Durante décadas, la relación entre ambos fue objeto de controversia historiográfica. Hoy existe un amplio consenso, respaldado por pruebas de ADN (obtenidas en 1998 sobre la línea de Eston Hemings) y por abundante documentación adicional, de que Jefferson fue padre de los hijos de Hemings. El hombre que escribió sobre los derechos naturales mantenía con ella una relación de poder imposible de separar de la institución esclavista, dado el desequilibrio absoluto entre ambos.

Paradójicamente, el párrafo eliminado terminó adquiriendo vida propia. Historiadores, abolicionistas y defensores de los derechos civiles lo recuperaron una y otra vez como prueba de que, incluso en el nacimiento de Estados Unidos, existía conciencia de la inmoralidad del tráfico esclavista. Su exclusión reveló hasta qué punto los ideales revolucionarios debían negociar con los intereses económicos y políticos del momento.

Quizá por eso ese texto borrado resulte hoy tan elocuente. Además de la esclavitud, habla de la distancia que suele existir entre los principios proclamados y las conductas de quienes los proclaman. Jefferson legó al mundo una de las afirmaciones más poderosas sobre la igualdad humana, pero nunca logró liberarse del sistema que esa misma afirmación condenaba.

La historia, al fin y al cabo, rara vez está hecha de héroes impecables. Más bien de seres humanos capaces de escribir las palabras más luminosas y, al mismo tiempo, vivir atrapados por las sombras de su época y de sus propias decisiones.