Rescate de la dignidad
De la deshonra pública al nacimiento de una maestra ejemplar en Santo Domingo
El rostro del sacerdote, habitualmente sereno, palideció al escuchar las palabras de su amada hermana, que finalmente respondió a la insistente pregunta, primero inquirida en la suave voz que le caracterizaba y luego de manera más imperativa, demandando respuesta.
-Sí…no me atrevía a decírtelo. No sé qué me sucedió. No quería…pero no pude y luego…
En manos hundió el rostro, mientras sus ojos las humedecían, el religioso cuyas obras le habían ganado tanto respeto y admiración desde que regresara de Cuba.
Su ahora palidecido rostro bondadoso experimentó entonces una abrupta metamorfosis, enrojeciendo y mostrando una cólera que parecía desconocerlo. Su inquebrantable firmeza de carácter y temperamento resoluto, con las que había emprendido tantas obras filantrópicas, tomaron control
-Esto que ahora me dices, y me enteré con don Luciano, cuando le llevaba un abonado de la lotería, llena de vergüenza a nuestra familia y mi sacerdocio, María. Vamos ahora mismo a dar solución a este grave error y enfrentar lo que venga.
De inmediato, logró a confesión obligada tener las señas donde podía localizar la causa de la ocultada vergüenza y despojándose de sus hábitos, conminó a su “Rossy” como cariñosamente la llamaba, en recordación de la madre de ambos, a visitar al prelado a quien había servido, increpándolo acremente e iniciando allí mismo un alejamiento que duraría toda la vida.
Sus diarias visitas, al hospital que había refundado, a los comerciantes y habitantes de algún recurso y medios del Santo Domingo de esa mitad del siglo XIX, a quienes les insistía para comprar números de su lotería cuyos proventos destinaba a los pobres y su provisión de alimentos al sanatorio de perturbados mentales fueron ese día interrumpidas al dirigirse con la también hija de sus padres a las orillas del Ozama y ser cruzados en yola hasta Pajarito, hoy conocido como Villa Duarte.
Allí, entre preguntas y señas, finalmente llegaron a la pequeña vivienda hecha de tablas y guano y no respondiendo nadie, la rodearon para encontrar detrás un tendedero con sábanas, camisas, y piezas colgadas advirtiendo entre las telas al sol, en el fondo, una señora que con energía estrujaba ropas en una batea y rápidamente las colocaba en una segunda, para enjuagarlas.
Con temor, Rossy se resistía a acercarse, mientras el sacerdote la alentaba, tomando su brazo para adelantarla. Tras descorrer la última sábana para abrirse paso, en el suelo, desnudo, tropezaron sorprendidos con el objeto de su búsqueda, sentado y probando las lavazas que caían de las bateas.
Contemplándolo María -Rossy- congeló su paso y vista prorrumpiendo en llanto, mientras el hermano, tras mirarlo bien, procedió a levantar y limpiar, sacándose la propia camisa, a un niño que no alcanzaba seis meses y entregarlo a su madre. Cerrando los ojos, al recibirlo, lo sostuvo y apretó fuerte, sin pronunciar palabra ni atreverse a encontrar sus ojos con los del clérigo.
Tras breves palabras con la lavandera, que meses atrás recibiera el bebé por encargo, regresaron, criatura envuelta en humilde paño, al modesto embarcadero y una vez del otro lado, el sacerdote rehusó abordar un coche de los varios que se encontraban esperando cruzantes, para hacer caminar en medio de calles a la vista de todos, a la hermana y el hijo cuyo embarazo había disimulado, denunciando a todos la deshonra y a la vez reparando valientemente el error, por temor cometido.
No se hicieron esperar las comidillas que señalaban como autor y seductor a connotado prelado, reconocido por sus excelsas aptitudes en la oratoria y roles protagónicos en los asuntos públicos, como por su irredenta afición a las faldas y zayas, a quien se le atribuían vástagos resultantes de sus profanas aficiones.
En tanto, con el tiempo María reparó con creces su honor ante el ultraje no consentido, convirtiéndose en notable maestra precursora del aprendizaje y lo hoy conocido como pensamiento crítico y fundadora del colegio más prestigioso de Santo Domingo.
Por su parte, el casto y devoto benefactor de pobres, enfermos y orates, prosiguió su maravillosa obra, prescindiendo de cualquier apoyo y alejándose por siempre de la sotana perpetradora de la infamia, a partir de aquel día en que rescató la dignidad de la familia.
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Fue Director del Colegio San Luis Gonzaga durante 26 años. Prestó servicios en varias parroquias de diferentes localidades del país y en 1867 fue Vicario General de la Arquidiócesis de Santo Domingo.
En 1869 funda la Casa de Beneficencia donde mantenía personas desvalidas, y crea varios periódicos entre los cuales se cuentan “La Crónica” y “El amigo de los niños”. Establece además una Biblioteca Popular para favorecer a las personas de escasos recursos. Dedicado a la caridad y a la enseñanza, no dudó en pedir ayuda a los gobiernos para destinarla a los necesitados.
En 1880 solicitó al Poder Ejecutivo, presidido en ese momento por el doctor Fernando Arturo Meriño y Ramírez, el edificio del Hospital San Andrés para dedicarlo a sus obras de beneficencia. Hoy día es un moderno hospital que lleva su nombre.
Entre sus actividades se recuerda la fundación de la Lotería de la Junta de la Caridad cuyos beneficios eran destinados al bien social. A la hora de su muerte el 9 de marzo de 1896 pidió “Átenme, las manos y los pies… Acuéstenme para reposar así, con toda humildad.”