La arquitectura de la dignidad digital

El miedo en el entorno digital y sus consecuencias en la libertad de expresión

La violencia y el hostigamiento en el entorno digital representan una emergencia invisible que afecta tanto a las víctimas como al desarrollo global de la sociedad. (Shutterstock)

Hay emergencias que nunca activan una sirena. Ocurren en silencio, muchas veces a las dos de la madrugada, frente a la pantalla de un teléfono. No dejan un expediente abierto ni movilizan una unidad de rescate. Dejan algo distinto: el silencio que provoca el hostigamiento en las redes. Una cuenta cerrada, una opinión que nunca se publicó, una investigación que quedó inconclusa, una candidatura que jamás se presentó o una adolescente que decidió, sin decírselo a nadie, que la vida pública no era un lugar para ella.

Esas también son emergencias. Solo que todavía no hemos aprendido a reconocerlas como tales. Tuve el privilegio de participar en el diseño e implementación del Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1. Esa experiencia me dejó una convicción que hoy adquiere una nueva dimensión: una sociedad se define por su capacidad de proteger a las personas cuando más lo necesitan. A lo largo de la historia, esa protección ha requerido instituciones capaces de responder a los desafíos de cada época. Hoy, cuando una parte creciente de nuestra vida transcurre en el entorno digital, esa arquitectura todavía no ha evolucionado al mismo ritmo.

La violencia digital suele entenderse como un problema que afecta únicamente a quienes la padecen. Esa mirada resulta insuficiente. Cuando el hostigamiento expulsa personas del espacio público, las consecuencias trascienden a las víctimas: se empobrece el debate público, se desperdicia el talento y el país pierde capacidad para innovar y desarrollarse.

Los datos muestran que no se trata de hechos aislados. Un estudio del Centro de Orientación e Investigación Integral (COIN) señala que más del 60 % de las mujeres dominicanas ha sufrido violencia digital al menos una vez. A nivel internacional, la UNESCO ha documentado el impacto de esta realidad en las mujeres periodistas, mientras que la Unión Interparlamentaria ha advertido de una situación similar entre quienes participan en política.

Estas cifras describen un problema, pero no alcanzan a explicar su verdadero costo. Con frecuencia analizamos la violencia digital desde la perspectiva del daño que sufren las víctimas. Esa conversación es necesaria, pero resulta incompleta. Hay otra pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué pierde un país cuando el miedo expulsa a personas valiosas de la conversación pública?

Esa es la discusión pendiente. Cada periodista que decide autocensurarse deja una pregunta sin responder. Cada investigadora que evita participar en un debate priva a la sociedad de conocimiento. Cada mujer que renuncia a una aspiración política porque calcula que el costo del odio será demasiado alto representa un liderazgo que el país nunca llegará a conocer.

Ese es el verdadero costo de la violencia digital. No solo vulnera derechos individuales; también empobrece el debate público y limita la capacidad de una sociedad para generar ideas, innovar y construir mejores decisiones.

Las democracias se fortalecen cuando la ciudadanía participa en libertad. Cuando el miedo determina quién habla y quién guarda silencio, el debate público pierde diversidad, talento y calidad.

Ese costo también tiene una dimensión económica. La ciberviolencia afecta la productividad, la salud y el aprovechamiento del talento. En la República Dominicana aún no contamos con estudios que permitan dimensionar su impacto, y aquello que no se mide difícilmente se convierte en una prioridad pública.

Estas consecuencias adquieren una dimensión aún mayor en la era de la inteligencia artificial. Si los espacios digitales continúan expulsando talento mediante el hostigamiento y la violencia, estaremos limitando la participación de quienes contribuirán a diseñar las tecnologías del futuro. Por eso hablo de la arquitectura de la dignidad digital. Proteger a las personas en el entorno digital exige una respuesta integral: instituciones capaces de investigar y proteger, educación en ciudadanía digital, alfabetización en inteligencia artificial, plataformas más responsables y evidencia que permita diseñar mejores políticas públicas.

Pero ninguna normativa sustituye la responsabilidad de la ciudadanía. La violencia digital no se sostiene solo por quien la inicia, sino también por quienes la reproducen o la convierten en espectáculo. Del mismo modo, el respeto también puede multiplicarse.

De esa convicción nace la propuesta de un Pacto Nacional por el Respeto Digital, como un compromiso compartido entre el Estado, las plataformas tecnológicas, la academia, las empresas, los medios de comunicación y la ciudadanía.

La transformación digital solo alcanzará su verdadero potencial si coloca a las personas en el centro. Al final, la calidad de una sociedad digital no se medirá únicamente por la sofisticación de su tecnología, sino por la libertad y la confianza con que sus ciudadanos puedan participar en ella.

Esa es, en esencia, la arquitectura de la dignidad digital.