Fortaleza del dólar y sus perjuicios para las economías en desarrollo y emergentes
Cuando el dólar se fortalece, las monedas de los mercados emergentes tienden a depreciarse
Resulta difícil sostener que un dólar persistentemente fuerte beneficie a economías como la dominicana o a la mayoría de los países en desarrollo, cuyas estructuras productivas y comerciales mantienen una estrecha dependencia de Estados Unidos. Durante décadas, nuestras economías han fortalecido sus vínculos con la mayor potencia mundial mediante el comercio, la inversión, el turismo, las remesas y diversos mecanismos de cooperación económica.
En términos generales, cuando la economía estadounidense entra en una fase de expansión aumenta la demanda de bienes y servicios provenientes del resto del mundo, favoreciendo inicialmente a numerosos países exportadores. Sin embargo, la evidencia histórica muestra que ese efecto positivo suele verse contrarrestado cuando el crecimiento de Estados Unidos viene acompañado de una apreciación sostenida del dólar.
Diversos estudios del Fondo Monetario Internacional y del Banco de Pagos Internacionales muestran que los ciclos de fortalecimiento del dólar, cuya duración promedio oscila entre seis y ocho años, suelen coincidir con una desaceleración del crecimiento de las economías emergentes. En contraste, durante los períodos de depreciación del dólar, que históricamente han sido algo más prolongados, las economías en desarrollo registran un mayor dinamismo económico gracias a mejores condiciones financieras, mayores flujos de capital y un comportamiento más favorable de los precios internacionales de las materias primas.
A primera vista parece un contrasentido que, mientras la mayor economía del mundo crece y demanda más importaciones, muchos mercados emergentes terminen creciendo menos. La explicación radica en que un dólar fuerte endurece las condiciones financieras internacionales, encarece el servicio de la deuda denominada en dólares, reduce los flujos de inversión hacia las economías emergentes y, en numerosos episodios históricos, ejerce presión a la baja sobre los precios internacionales de las materias primas, afectando los ingresos de los países exportadores.
Cuando el dólar se fortalece, las monedas de los mercados emergentes tienden a depreciarse. Esta depreciación puede mejorar temporalmente la competitividad de las exportaciones, pero simultáneamente incrementa el costo de las importaciones, eleva la inflación interna, encarece el pago de la deuda externa y reduce el poder adquisitivo de hogares y empresas. En la mayoría de los casos, estos efectos negativos terminan superando los beneficios derivados de una mayor competitividad cambiaria.
¿Por qué el dólar tiene tanto protagonismo?
La respuesta es sencilla: el dólar continúa siendo la principal moneda del sistema financiero internacional. La mayor parte del comercio mundial, especialmente el petróleo, los metales, los alimentos y otras materias primas, se cotiza en dólares. Asimismo, constituye la principal moneda de reserva de los bancos centrales y el activo refugio por excelencia durante los períodos de incertidumbre financiera.
Por esa razón, las decisiones de política monetaria de la Reserva Federal tienen repercusiones que trascienden ampliamente las fronteras estadounidenses. Cuando la Reserva Federal aumenta las tasas de interés para controlar la inflación, una parte importante del capital internacional retorna hacia Estados Unidos atraída por mayores rendimientos y menores riesgos. Como consecuencia, disminuyen los flujos financieros hacia los países emergentes, aumentan los costos de financiamiento y se debilitan sus monedas.
La política monetaria estadounidense, naturalmente, responde a las necesidades de su propia economía y no a las de los países en desarrollo. De ahí que las economías emergentes deban fortalecer sus fundamentos macroeconómicos, diversificar sus exportaciones y mejorar su productividad para reducir su vulnerabilidad frente a los ciclos del dólar.
Seis décadas que muestran un patrón recurrente
Década de 1970.
Fue un período caracterizado por la depreciación del dólar y por una política monetaria relativamente expansiva. Aunque Estados Unidos enfrentó dos recesiones y el fenómeno de la estanflación, las bajas tasas de interés reales favorecieron el financiamiento internacional. América del Sur registró uno de los mayores ritmos de crecimiento de su historia reciente, con tasas promedio superiores al 6 % anual.
Década de 1980.
La elevada inflación llevó a la Reserva Federal, bajo la presidencia de Paul Volcker, a endurecer drásticamente la política monetaria. Las tasas de interés reales alcanzaron niveles cercanos al 8 %, el dólar se apreció considerablemente y los precios de las materias primas descendieron. El incremento del costo del financiamiento internacional desencadenó la crisis de la deuda latinoamericana, dando origen a la denominada "década perdida", caracterizada por bajo crecimiento, elevada inflación y severos programas de ajuste.
Década de 1990.
Tras la recesión de 1990-1991, Estados Unidos experimentó uno de los ciclos de expansión más prolongados de su historia. El dólar volvió a fortalecerse gradualmente, mientras los precios de las materias primas permanecieron relativamente débiles. América del Sur logró crecer alrededor de un 3 % anual, aunque con importantes crisis financieras hacia el final de la década, incluyendo México, Asia, Rusia y Brasil.
Década de 2000.
La década comenzó con tasas de interés reducidas, un dólar debilitado y un extraordinario auge de las materias primas impulsado por la rápida industrialización de China. América del Sur vivió uno de sus mejores períodos económicos, creciendo alrededor del 4,5 % anual hasta la crisis financiera internacional de 2008-2009.
Década de 2010.
A partir de 2014 el dólar inició un nuevo ciclo de fortalecimiento. La desaceleración de China redujo la demanda de materias primas, mientras los precios internacionales perdieron dinamismo. El crecimiento económico regional disminuyó significativamente y varios países enfrentaron deterioros fiscales, menores inversiones y un aumento de la deuda pública.
Década de 2020 (2020-2026).
La presente década comenzó con la profunda recesión provocada por la pandemia de COVID-19, la mayor sufrida por América Latina en más de un siglo. La recuperación de 2021 estuvo impulsada por los estímulos fiscales y monetarios, la reapertura de las economías y el elevado crecimiento de Estados Unidos y China.
Sin embargo, desde 2022 el escenario internacional cambió de manera sustancial. La inflación obligó a la Reserva Federal y a otros bancos centrales a incrementar agresivamente las tasas de interés, fortaleciendo nuevamente al dólar, encareciendo el financiamiento externo y reduciendo los flujos de capital hacia los mercados emergentes.
Al mismo tiempo, la desaceleración de China, las tensiones comerciales, la fragmentación geopolítica y los conflictos en Europa Oriental y Oriente Medio incrementaron la incertidumbre internacional y la volatilidad de los mercados de materias primas.
Como consecuencia, América Latina ha vuelto a crecer por debajo de su potencial. La CEPAL estima que la región registrará un crecimiento cercano al 2,2 % en 2026, manteniendo una trayectoria de bajo dinamismo económico, mientras el FMI coincide en señalar que la baja productividad, la reducida inversión y las condiciones financieras internacionales continúan limitando el desempeño de las economías emergentes. (CEPAL)
La principal enseñanza de las últimas cinco décadas es clara: la fortaleza del dólar constituye uno de los determinantes más importantes del ciclo económico de los mercados emergentes. No obstante, el verdadero desafío para América Latina consiste en disminuir esa dependencia mediante mayores niveles de inversión productiva, innovación tecnológica, diversificación exportadora, fortalecimiento institucional y mejoras sostenidas de la productividad. Solo así la región podrá crecer de forma más estable y depender menos de los ciclos financieros internacionales.