El dominicano de a pie
El crecimiento económico solo adquiere sentido cuando se traduce en oportunidades reales para que las familias progresen, acumulen patrimonio y vivan con mayor dignidad
Durante décadas hemos pensado el desarrollo desde la lógica de la economía y de las instituciones. Hemos discutido el crecimiento del PIB, la inversión extranjera, las exportaciones, la presión tributaria y las grandes obras públicas. Todo ello ha sido fundamental. Pero cuando un país alcanza cierto nivel de desarrollo, la pregunta cambia: ya no basta con preguntarnos cuánto crece la economía. Ha llegado el momento de preguntarnos cuántas personas logran construir una vida mejor gracias a su esfuerzo y a su talento.
No basta con hablar del progreso del país.
Hay que crear las condiciones para que el esfuerzo vuelva a ser suficiente para progresar.
Ese debe ser el propósito de la próxima etapa de la República Dominicana.
Pocos progresan en sociedades marcadas por injusticias, privilegios irritantes y exclusiones. No porque les falte capacidad, sino porque demasiadas veces el sistema convierte el esfuerzo en una carrera de obstáculos.
Pensemos en la vida cotidiana del dominicano de a pie.
Recibe una educación que con frecuencia no desarrolla plenamente su talento. Y, aun cuando logra graduarse de una universidad o realizar una maestría, demasiadas veces descubre que ese esfuerzo no se traduce en mejores ingresos ni en mayores oportunidades. Cuando el mérito deja de abrir puertas, el sistema comienza a fallar.
Si una enfermedad golpea a su familia, puede perder en meses el patrimonio construido durante años. Cuando decide emprender, descubre que obtener un permiso, una licencia o un uso de suelo puede convertirse en un proceso largo, costoso e incierto. Si necesita financiamiento, el crédito formal suele estar fuera de su alcance y termina recurriendo a préstamos informales donde los intereses consumen buena parte del fruto de su trabajo.
A ello se suman otros mecanismos que erosionan silenciosamente la capacidad de las familias para construir patrimonio. La proliferación de las bancas de apuestas desvía recursos de la economía productiva hacia actividades que poco valor agregan, mientras el abuso del alcohol continúa deteriorando productividad, convivencia y oportunidades.
Ninguno de estos problemas explica por sí solo nuestras limitaciones.
Todos juntos sí.
Porque todos conspiran contra la capacidad de una persona para construir patrimonio, formar una familia con estabilidad y mirar el futuro con esperanza.
Un país donde comprar una vivienda se convierte en un acontecimiento extraordinario es un país que no está funcionando bien.
La vivienda no es solamente un techo. Es seguridad. Es patrimonio. Es el primer legado que una familia deja a la siguiente generación.
Por eso la gran tarea nacional consiste en liberar las fuerzas productivas de la nación.
No hablo únicamente de los grandes empresarios ni de los inversionistas. Hablo del colmadero que quiere ampliar su negocio, de la agricultora que necesita crédito, de la enfermera que sueña con abrir una clínica, del joven que desarrolla una empresa tecnológica y de la madre que convierte un pequeño emprendimiento en el patrimonio de su familia.
Cada dominicano que produce más fortalece la economía nacional. Cada familia que construye patrimonio hace más fuerte a la República Dominicana.
La prosperidad no se reparte.
Se crea.
Y se crea cuando el talento pesa más que las relaciones, cuando las reglas sustituyen la discrecionalidad y cuando el Estado deja de administrar obstáculos para comenzar a crear oportunidades.
Eso exige una agenda distinta: educación y salud de calidad como habilitadores del éxito; acceso al financiamiento; procesos administrativos simples y digitales; seguridad jurídica; y políticas públicas diseñadas desde la experiencia cotidiana del ciudadano, no desde la comodidad de las instituciones.
Durante mi reciente recorrido por Massachusetts y Rhode Island confirmé algo que todos intuimos.
El dominicano no cambia cuando cruza la frontera. Lo que cambian son las instituciones.
Allá encuentra reglas más simples, mayor acceso al crédito y un entorno donde emprender cuesta menos. El resultado está a la vista. El mismo talento que aquí lucha por abrirse paso allá encuentra espacio para prosperar.
Los grandes transformadores del último medio siglo comprendieron una verdad sencilla: el desarrollo consiste en crear las condiciones para que las personas desplieguen su potencial. Lee Kuan Yew lo hizo en Singapur. Deng Xiaoping en China. Michael Porter lo explicó desde la teoría de la competitividad.
Ese debe ser también el desafío de la República Dominicana: dejar de diseñar las políticas públicas preguntándonos únicamente qué necesita la economía y comenzar a preguntarnos qué necesita un dominicano común para desarrollar plenamente su talento.
Porque cuando esa pregunta se responde correctamente, ocurre algo extraordinario.
El trabajador progresa. El emprendedor invierte. Y el país entero prospera.
Los especialistas seguirán hablando de productividad, competitividad, crecimiento económico o desarrollo. Y tendrán razón.
Pero para la familia que compra su primera vivienda; para el joven que abre su primer negocio; para los padres que pueden enviar a sus hijos a una buena escuela; para quien enfrenta una enfermedad sin perder todo lo que construyó; para quien descubre que el esfuerzo vuelve a ser suficiente para salir adelante…
El desarrollo tiene otro nombre.
Se llama dignidad.