RD: verdades incómodas

El verdadero desafío: cambiar la conciencia colectiva

Los diez males que frenan el progreso nacional. (generada con ia)

Se dice que la RD ha alcanzado el nivel de ingresos medio-alto dentro del concierto de naciones en desarrollo. El turismo, zonas francas y remesas, entre otros, generan las divisas que sostienen buena parte de la economía dominicana, y sin embargo, un segmento significativo de su población, sigue viviendo en la marginalidad.  No es una maldición geográfica, un accidente histórico o el tamaño del territorio, etc. Es el resultado acumulado de patrones de comportamientos  políticos y socioeconómicos, modelados desde el liderazgo nacional, hasta hacerlos parte de una pseudo cultura ciudadana, facilitando  su replicación, de generación en generación, creando un círculo vergonzoso que consolidamos en lugar de quebrar. Nombrarlos y reconocerlos no es pesimismo: es el importante acto de honestidad que el país se debe a sí mismo  para poder combatirlos. 

El primero es el clientelismo político, que convierte el voto en favor y al ciudadano en súbdito agradecido, en lugar de sujeto de derechos. El segundo es la indisciplina institucional: normativas que existen en el papel y se disuelven en la práctica, porque todo se negocia y nada se exige desde la verdad y la ley. El tercero es la cultura del atajo, que premia al "vivo" y castiga al que cumple, sembrando en cada generación, la idea de que la ley es un obstáculo, no una garantía.

El cuarto mal es un liderazgo político más preocupado por sus privilegios y permanencia en el poder, que por su gestión y servicio a la sociedad. El quinto es la ciudadanía anestesiada: una indiferencia que también es complicidad, porque cuando la gente deja de exigir, los dirigentes dejan de rendir cuentas. El sexto es la corrupción como una indecorosa norma de conducta  que ya no escandaliza, sino que se asume como costumbre, un umbral moral más peligroso que la corrupción misma.

El séptimo es un territorio sin planificación: el lujo colindando con comunidades sin servicios públicos ni saneamiento digno; crecimiento urbano sin visión de futuro. El octavo es la impunidad premiada, donde quien incumple no solo no paga costo alguno, sino que muchas es reconocido socialmemente y hasta ascendido.  El noveno es una educación deficiente, que condena a los más pobres a ofrecer mano de obra barata en una economía de mercado. Y el décimo, quizás el más silencioso, son las élites económicas, que catalogan estas calamidades como daños colaterales por lo que tratan de no ver y callan esas disfuncionalidades, pero las critican en privado.

Estas diez incómodas verdades no operan por separado: se retroalimentan. El clientelismo político necesita penuria y ciudadanos pasivos. La impunidad necesita instituciones débiles. La corrupción necesita élites que miren hacia otro lado. Por eso romper una sola no basta; hace falta una ruptura impulsada desde arriba, simultánea, deliberada y  sostenida.

RD no tiene, en el fondo, un problema de recursos, tiene algo más grave, un problema de conciencia colectiva. Mientras dirigentes, instituciones y ciudadanos sigan tolerando lo que deberían combatir con energía y constancia, el país que todos aspiramos  seguirá siendo una quimera. . La pregunta no es si RD puede cambiar —los recursos y el talento existen—, sino, si alguna vez estará dispuesta, por fin, a romper el molde de esa horrible decadencia.