El davismo invisible

Del Congreso y la alcaldía al Ministerio de Turismo en la construcción de liderazgo

El davismo invisible y la redefinición del liderazgo político en la República Dominicana. (PEXELS)

Hay fenómenos políticos que se construyen a plena luz del día y otros que, paradójicamente, adquieren fuerza precisamente porque no parecen estar ocurriendo. En la política dominicana estamos viendo uno que merece ser estudiado con serenidad, sin adhesiones y sin rechazos: el fenómeno de David Collado y lo que podríamos llamar “el davismo invisible”.

No se trata aquí de decir quién debe ser candidato, quién tiene mayores posibilidades ni quién debería ocupar la Presidencia de la República. Eso corresponde a los ciudadanos y a los partidos. Se trata de observar un fenómeno político contemporáneo: ¿cómo puede una figura acumular una fortaleza estructural considerable sin estar permanentemente en campaña, sin recorrer diariamente el país buscando fotografías, sin convertir cada saludo en un acto político y sin tener necesariamente una relación personal directa con todos los dirigentes que terminan acercándose a ella?

Esa pregunta resulta interesante porque rompe con algunos de los patrones tradicionales de la política dominicana.

David Collado tiene una trayectoria que precede ampliamente a su actual posición. Fue diputado, presidió la Comisión de Turismo de la Cámara de Diputados, fue alcalde del Distrito Nacional y desde agosto de 2020 ocupa el Ministerio de Turismo.  Pero hay un dato que explica parte de la singularidad del momento actual: seis años después del inicio del Gobierno de Luis Abinader, es el único ministro del gabinete original que continúa al frente de la misma cartera. 

Seis años en una posición de tanta exposición institucional no son poca cosa. Y mucho menos cuando se trata de Turismo, un ministerio conectado diariamente con empresarios, hoteleros, inversionistas, líneas aéreas, aeropuertos, cruceros, gobiernos extranjeros, medios de comunicación y comunidades de prácticamente todo el territorio nacional.

Ahí puede estar una parte de la explicación de su fortaleza estructural.

Una figura política tradicional necesita muchas veces estar presente para demostrar que existe. Una figura estructural puede comenzar a producir el efecto contrario: su presencia se siente incluso cuando ella no está físicamente presente.

Es aquí donde aparece una conversación que resulta particularmente reveladora. Se escucha entre dirigentes municipales y políticos una especie de paradoja: alcaldes que, según cuentan ellos mismos, ni siquiera tienen el teléfono personal de David Collado, pero que manifiestan cercanía política con él. Es un dato que, tomado como anécdota y no como una afirmación generalizable, resulta fascinante. Porque obliga a formular una pregunta: ¿cuándo una relación política deja de depender de la relación personal?

En nuestra cultura política estamos acostumbrados a pensar que el poder se construye llamando, visitando, abrazando, prometiendo, repartiendo, apareciendo y manteniendo una agenda permanente de contactos. Pero el fenómeno Collado parece plantear otra posibilidad: que una persona pueda construir una identidad política suficientemente reconocible para que otros comiencen a aproximarse a ella sin que necesariamente exista una relación personal cotidiana.

Incluso existe otra percepción que circula en ambientes políticos: que conseguir hablar directamente con él no siempre resulta sencillo. Nuevamente, no presento esto como una característica universal ni como un hecho probado, sino como parte de la conversación que rodea al personaje. Y precisamente por eso resulta interesante: si alguien puede generar adhesiones aun sin estar disponible para todos, entonces la explicación de esas adhesiones probablemente está en otro lugar.

Puede estar en la percepción de gestión. Puede estar en la trayectoria. Puede estar en la confianza que determinados sectores han construido alrededor de una persona. Puede estar en la expectativa de continuidad. Puede estar en la capacidad de conectar sectores diferentes. O puede estar simplemente en una combinación de todos esos factores.

La gestión turística constituye una parte importante de esa estructura. Collado llegó al Ministerio en agosto de 2020, cuando la pandemia había golpeado profundamente al turismo mundial. Desde entonces, el sector dominicano experimentó una recuperación que alcanzó cifras récord: República Dominicana recibió 11,676,901 visitantes en 2025, según datos divulgados por fuentes del sector.  La Florida-Caribbean Cruise Association también reconoció en junio de 2026 la labor de Collado en el crecimiento de la industria de cruceros dominicana. 

Eso no significa que todos esos resultados puedan atribuirse exclusivamente a una persona. Sería injusto y técnicamente incorrecto. El turismo es una política de Estado en la que participan el Presidente, el Ministerio de Turismo, otras instituciones públicas, el sector privado, inversionistas, trabajadores, aerolíneas, aeropuertos, comunidades y mercados internacionales. Pero también sería difícil negar que el ministro se ha convertido en uno de los rostros más visibles de esa política.

Y ahí aparece otro componente del fenómeno: la asociación entre una persona y una determinada área de gestión.

Cuando una figura política consigue que la ciudadanía asocie su nombre con una actividad pública concreta, comienza a acumular algo que no aparece en las estadísticas electorales: capital simbólico.

David Collado no comenzó su trayectoria política ayer. Tampoco llegó al Gobierno directamente desde una aspiración presidencial. Su recorrido pasó por el Congreso, la alcaldía y posteriormente por el Ministerio de Turismo.  Cada posición agregó una capa distinta a su estructura.

La alcaldía le permitió construir una experiencia municipal. El Congreso, una experiencia legislativa. Turismo le ha permitido relacionarse con una industria de alcance nacional e internacional.

Esa acumulación importa.

Pero hay otro elemento todavía más interesante: el compromiso de no defraudar.

Toda figura que alcanza determinado nivel de reconocimiento enfrenta un problema diferente al de quien todavía está tratando de ser conocido. El desconocido necesita llamar la atención. El conocido necesita justificar la confianza.

Y mientras más crece una figura, más costoso resulta decepcionar a quienes creen en ella.

Por eso, si algo merece ser estudiado en el caso de Collado no es solamente cuántas personas lo apoyan, sino qué hace él con la expectativa que se ha creado alrededor de su nombre.

Porque el capital político no consiste solamente en tener gente detrás. También consiste en tener una obligación delante.

La obligación de no defraudar.

La obligación de que la imagen pública no termine siendo mayor que los resultados.

La obligación de que la gestión pueda soportar el escrutinio.

La obligación de que la cercanía con sectores empresariales no sustituya la sensibilidad social.

La obligación de entender que gobernar no es administrar seguidores, sino administrar responsabilidades.

Y quizá ahí está la parte más importante del fenómeno.

El verdadero desafío de una figura que adquiere fortaleza estructural no es conseguir más personas. Es demostrar que esa fortaleza tiene contenido.

Porque una estructura basada únicamente en expectativas puede desaparecer rápidamente. Una estructura sostenida por resultados, coherencia, credibilidad y capacidad de cumplir puede convertirse en algo mucho más difícil de desmontar.

En los últimos meses han aparecido públicamente respaldos a las aspiraciones presidenciales de Collado dentro del PRM, incluyendo pronunciamientos de dirigentes legislativos y municipales.  Eso ya pertenece al terreno político abierto y visible. Pero precisamente por eso resulta más interesante mirar hacia atrás y preguntarse qué ocurrió antes de que esos respaldos comenzaran a hacerse públicos.

Porque las estructuras políticas no nacen el día en que se anuncian.

Muchas veces nacen mucho antes.

Nacen cuando un alcalde comienza a pensar que una persona puede representar una determinada manera de hacer las cosas. Nacen cuando un empresario encuentra previsibilidad en una gestión. Nacen cuando un dirigente descubre que puede acercarse sin necesidad de recibir una llamada diaria. Nacen cuando una persona deja de ser solamente un nombre y empieza a representar una expectativa.

Eso es lo que llamo el davismo invisible.

No necesariamente una organización formal. No necesariamente una maquinaria electoral. No necesariamente un grupo que se reúne en una oficina.

Una estructura puede existir sin tener letrero.

Puede existir en las conversaciones.

En las expectativas.

En las relaciones construidas durante años.

En la percepción de que una persona representa algo.

Y aquí está precisamente la parte que hace que el fenómeno merezca análisis y no propaganda.

El davismo invisible todavía tiene que demostrar qué es.

Puede ser una fortaleza política construida sobre gestión y confianza. Puede ser una suma de expectativas que todavía no ha sido sometida a una competencia electoral nacional. Puede ser una estructura territorial que apenas comienza a hacerse visible. Puede ser una combinación de factores que todavía está evolucionando.

Nadie debería apresurarse a convertir una tendencia en una conclusión.

Pero tampoco deberíamos cometer el error contrario de ignorar el fenómeno simplemente porque todavía no se presenta con la forma tradicional de una campaña.

La política está cambiando.

Antes, para saber dónde estaba una estructura política, había que mirar una tarima, una oficina, una caravana o una concentración.

Hoy puede ser necesario mirar algo diferente: quiénes empiezan a moverse alrededor de una persona cuando esa persona todavía no les ha pedido públicamente que se muevan.

Ahí está la verdadera pregunta.

No cuántas manos ha estrechado David Collado.

No cuántas llamadas ha hecho.

No cuántas fotografías ha tomado.

Sino qué ha construido para que otros estén dispuestos a caminar hacia él.

Y esa, independientemente de simpatías políticas, es una de las preguntas más interesantes que puede hacerse hoy la política dominicana.

Porque quizás estamos ante una nueva forma de construir liderazgo: menos visible, menos estridente, más acumulativa y basada en la combinación de trayectoria, gestión, exposición institucional y expectativas.

El davismo invisible no consiste en que David Collado no haga política. Consiste en que una parte de su fortaleza política parece haberse construido antes de que necesitara mostrarla como una campaña.

Y si esa estructura logra mantenerse cuando desaparezca el cargo, cuando termine la exposición institucional y cuando llegue el momento de someterse al juicio de las urnas, entonces estaremos ante algo todavía más interesante: no ante una campaña exitosa, sino ante un fenómeno político estructural que merece ser estudiado.

Abogado con una sólida formación jurídica, licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y con un postgrado en Derecho Procesal Constitucional de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Primada de América. Ha complementado su preparación académica con diversos cursos, diplomados y la participación en congresos y seminarios internacionales. A lo largo de su trayectoria profesional, ha colaborado con reconocidas firmas y desarrollado una práctica orientada a la excelencia, la ética y la defensa de los derechos ciudadanos.