El agua que perdemos
Por qué no debemos buscar más agua sin antes reparar las fugas que ya tenemos
Los dominicanos hemos vivido con la idea de que el agua es un don de Dios y, por tanto, abundante, inagotable y prácticamente gratuita. Abrimos una llave y dejamos correr el agua como si detrás de ella hubiera un río infinito. La desperdiciamos sin remordimientos porque durante generaciones hemos vivido de espaldas a una realidad que comienza a alcanzarnos: el agua dulce es un recurso limitado y administrarla bien es uno de los grandes desafíos de nuestro país.
En medio de esta realidad ha surgido la propuesta de llevar agua desde la presa de Hatillo para abastecer al Gran Santo Domingo, una obra de gran envergadura que implicaría cuantiosas inversiones.
Pero antes de emprender una obra de semejante magnitud convendría responder esta pregunta: ¿necesitamos buscar más agua o aprovechar mejor la que tenemos?
Expertos miembros de la Asociación Interamericana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental (AIDIS) y de la Asociación Dominicana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental (ADIS) han planteado serias reservas sobre la conveniencia de invertir cientos de millones de dólares en llevar agua desde Hatillo sin antes recuperar la capacidad de los sistemas existentes y reducir las enormes pérdidas en las redes de distribución.
Quienes levantan esta voz de alerta no son improvisados. Son figuras de reconocida experiencia y capacidad en el tema, como Magda Duarte, Paulino Turbi y Julio Suero Marranzini, presidente de la ADIS.
Hay datos que obligan a prestarles atención.
Veamos. Los días 21 y 22 de marzo de 2024 se celebró en Santo Domingo un seminario técnico sobre “Reducción y control de agua no contabilizada en sistemas de abastecimiento de agua potable de la República Dominicana”.
Sus conclusiones constituyeron un llamado de atención.
Los balances presentados por diferentes sistemas de abastecimiento de agua potable y saneamiento mostraron porcentajes de agua no contabilizada que oscilaban entre el 55 % y el 71 %, con la excepción del acueducto de Punta Cana.
Dicho de manera sencilla: una parte extraordinaria del agua que entra en nuestros sistemas no llega a convertirse en agua debidamente registrada y facturada. En ese problema intervienen fugas físicas, averías, conexiones irregulares, deficiencias de medición y problemas de gestión.
Es como administrar una empresa en la que se pierde más de la mitad de la mercancía antes de llegar al consumidor y, en lugar de corregir el problema, decidir comprar más mercancía.
Los especialistas sostienen que el país dispone de fuentes de agua, pero enfrenta graves problemas de administración, distribución y aprovechamiento. De ahí la necesidad de determinar cuánta agua se pierde, dónde se pierde y por qué se pierde.
No es poca cosa. Reparar redes deterioradas, instalar y mantener medidores, controlar fugas, sectorizar los sistemas y mejorar la gestión puede resultar menos vistoso que inaugurar una gran obra, pero probablemente sea una de las inversiones más necesarias que se puedan hacer.
Esto no significa renunciar a buscar nuevas fuentes. El Gran Santo Domingo continúa creciendo, aumenta la demanda y se debe planificar su abastecimiento para las próximas décadas. Hatillo puede formar parte de esa discusión. Una cosa es prever el futuro y otra muy distinta pretender resolver con más agua las deficiencias de un sistema que pierde una proporción enorme de la que recibe.
En esto también tenemos responsabilidad los ciudadanos. No podemos exigir eficiencia a las autoridades mientras dejamos una llave abierta, lavamos una acera con agua potable o contemplamos indiferentes una tubería rota.
El agua es, ciertamente, un don de Dios. Pero las tuberías, los acueductos, la administración y la responsabilidad de cuidarla son asuntos de los ciudadanos. Antes de recorrer kilómetros buscando agua nueva, deberíamos comenzar por algo más cercano y sensato: cerrar los agujeros por donde se nos está escapando el agua que ya tenemos.