Los dogmas sobre la tasa de cambio

La depreciación del peso analizada más allá de la memoria de las crisis históricas

Factores internacionales y el comportamiento del dólar en los mercados globales. (PEXELS)

Con el paso de los años he llegado a pensar que en República Dominicana hemos construido alrededor de la tasa de cambio una serie de certezas que casi han adquirido categoría de dogma. Si el dólar sube, algo anda mal. Si aumenta con rapidez, alguien debe estar provocándolo. Si baja, la economía mejora. Si el peso se aprecia, el país está más fuerte y el pobre más protegido. Si la cotización permanece casi inmóvil, hablamos de estabilidad. Y cuando se aleja de lo que consideramos razonable, esperamos que el Banco Central o el Gobierno la devuelvan a su lugar.

Son percepciones comprensibles, alimentadas por nuestra propia historia económica. Precisamente por eso creo que conviene revisarlas. La memoria de las crisis, las expectativas y la manera en que política y socialmente interpretamos el dólar pueden terminar condicionando nuestra comprensión de un fenómeno que parte de una realidad bastante sencilla. La tasa de cambio es un precio.

Estas percepciones tampoco son exclusivamente dominicanas. En buena parte de América Latina persisten el temor a la depreciación, la sospecha hacia la especulación y la tendencia a interpretar una moneda apreciada como señal de fortaleza. Nuestra experiencia tiene particularidades propias, pero forma parte de una realidad regional marcada por crisis anteriores y por una memoria económica que todavía pesa.

La tasa de cambio expresa el valor relativo entre dos monedas y responde a múltiples factores como la oferta y demanda de divisas, las tasas de interés, los flujos externos, las exportaciones, las importaciones y las expectativas. Si aceptamos que funciona dentro de un mercado, también deberíamos aceptar que su precio fluctúe cuando cambian esas condiciones. Sin embargo, en la práctica le exigimos una estabilidad que no demandamos de otros precios.

Antes de interpretar cualquier movimiento como señal de éxito o de fracaso, conviene observar algo más que la cotización. No significa lo mismo una variación gradual dentro de condiciones económicas normales que un movimiento brusco acompañado de pérdida de confianza, inflación o desequilibrios externos. Esa diferencia es la que muchas veces se pierde cuando convertimos la tasa de cambio en un símbolo.

Primer dogma. Si el dólar sube, la economía está mal

En República Dominicana hemos vivido varios episodios de fuertes depreciaciones asociados a períodos difíciles. La inestabilidad de los años ochenta y principios de los noventa, la crisis bancaria de 2003 y 2004 y, bajo circunstancias diferentes, las presiones de 2020 fueron dejando una memoria colectiva en la cual aumento del dólar, inflación e incertidumbre terminaron estrechamente asociados.

Pero esa experiencia debería llevarnos a distinguir y no a generalizar. Una depreciación provocada por una crisis financiera o una pérdida de confianza no es igual a otra gradual, asociada a diferencias de inflación, crecimiento de las importaciones o cambios en las condiciones financieras internacionales.

Por eso me parece cada vez menos útil preguntar simplemente si el dólar subió. Hay que saber cuánto, en qué período y por cuáles razones. Una depreciación moderada, con inflación controlada y estabilidad financiera, no representa el mismo fenómeno que una corrección abrupta en medio de desconfianza.

Segundo dogma. Si el dólar sube, hay que buscar a los especuladores

Cuando la tasa se mueve rápidamente, casi inmediatamente aparece una explicación. Alguien está especulando. No niego que existan posiciones oportunistas ni comportamientos capaces de amplificar determinados movimientos. Adelantar importaciones, aumentar coberturas o retener temporalmente divisas puede ejercer presión sobre la cotización.

Lo que cuestiono es que la figura del especulador sustituya la explicación económica. Si un importador adelanta sus compras porque anticipa una depreciación, o una empresa busca protegerse frente a la incertidumbre, resulta necesario distinguir entre manipulación y administración de riesgos.

La especulación puede acelerar una tendencia, pero difícilmente explica por sí sola movimientos persistentes si no existen condiciones económicas que los sostengan. Cuando cambian la oferta y la demanda de divisas, las tasas, los flujos externos o las expectativas, los agentes reaccionan. No toda fluctuación necesita un culpable, aunque toda fluctuación importante sí merece una explicación.

Tercer dogma. Si el peso se aprecia, el país está mejor y se vuelve más soberano

Este quizás sea uno de los dogmas más atractivos porque mezcla economía, sensibilidad social y hasta nacionalismo. Un peso más fuerte suele interpretarse como señal de progreso y, en ocasiones, como una forma de proteger a quienes tienen menores ingresos.

Naturalmente, una apreciación puede reducir en pesos el costo de determinadas importaciones y moderar algunas presiones inflacionarias. Pero sus efectos no son iguales para todos. El exportador recibe menos pesos por sus divisas, quien recibe remesas obtiene menos moneda nacional y los productores que compiten con bienes importados pueden enfrentar condiciones menos favorables.

Por eso una apreciación no constituye por sí sola evidencia de fortaleza económica. Importa saber de dónde proviene. Una moneda que se fortalece apoyada en productividad, exportaciones, inversión sostenible y fundamentos externos sólidos plantea una situación distinta de otra cuya apreciación responde principalmente a factores transitorios.

Tampoco deberíamos confundir el valor externo de la moneda con soberanía. La cotización no mide patriotismo ni independencia. Un país fortalece realmente su moneda cuando genera productividad, estabilidad y confianza suficientes para que pueda fluctuar sin desorganizar su economía.

El beneficio de una apreciación sobre algunos precios puede sentirse rápidamente, mientras sus efectos sobre competitividad aparecen más tarde. Por eso la pregunta no debería ser simplemente si el peso está fuerte, sino por qué está fuerte y cuáles son las consecuencias de esa fortaleza.

Cuarto dogma. Estabilidad significa que el dólar permanezca casi inmóvil

También hemos tendido a confundir estabilidad cambiaria con inmovilidad de la cotización. Pero remesas, turismo, exportaciones, importaciones, inversión y tasas de interés cambian continuamente. No debería sorprendernos que también lo haga el precio que refleja buena parte de esas fuerzas.

Una fluctuación moderada puede ser precisamente el mecanismo mediante el cual el mercado absorbe esos cambios. Más preocupante puede resultar una tasa aparentemente tranquila que permanezca demasiado tiempo separada de las condiciones económicas que deberían sostenerla.

La estabilidad debería medirse menos por la ausencia de movimientos y más por la capacidad de la economía para absorberlos sin generar inflación descontrolada, pérdida de confianza o tensión financiera. Un precio inmóvil no necesariamente está en equilibrio. A veces simplemente está contenido.

Quinto dogma. El Banco Central debe impedir que el dólar suba o baje demasiado

El tipo de cambio no es un precio cualquiera. Sus movimientos afectan costos, expectativas e inflación. Por eso resulta razonable que el Banco Central intervenga cuando identifica episodios de volatilidad excesiva, problemas de liquidez o riesgos para la estabilidad macroeconómica.

Pero existe una diferencia importante entre moderar movimientos desordenados y defender permanentemente una cotización determinada. Suavizar volatilidad o aportar liquidez al mercado puede ser compatible con la flexibilidad cambiaria. Convertir determinados niveles en fronteras económicas o políticas es algo diferente.

La pregunta relevante no debería ser si el dólar llegó a un nivel que socialmente nos incomoda, sino si su movimiento responde a fundamentos económicos o si está generando riesgos para la estabilidad. Cuando perdemos esa distinción terminamos suponiendo que existe una tasa correcta que alguien tiene la obligación de defender.

Sexto dogma. El peso se mueve únicamente por factores internos

Muchas veces olvidamos algo elemental. La tasa entre el peso dominicano y el dólar relaciona dos monedas. No solamente se mueve el peso. También se mueve el dólar.

La moneda estadounidense puede fortalecerse o debilitarse internacionalmente por cambios en las tasas de interés, movimientos globales de capital, expectativas o condiciones geopolíticas. Cuando eso ocurre, muchas monedas pueden moverse en la misma dirección sin que sus economías estén atravesando exactamente los mismos problemas.

Por eso no deberíamos atribuir automáticamente cada apreciación o depreciación del peso exclusivamente a factores domésticos. Para comprender el movimiento hay que observar simultáneamente lo que ocurre dentro del país y lo que sucede con el dólar en los mercados internacionales.

Séptimo dogma. La tasa de cambio mide la calidad de la gestión del Gobierno

Probablemente este sea uno de los dogmas más difíciles de abandonar. Cuando el dólar sube, aparece la búsqueda de responsabilidades. Cuando baja, puede presentarse como evidencia de confianza o buena gestión.

Naturalmente, las políticas fiscal, monetaria y económica influyen sobre el comportamiento cambiario. Pero también lo hacen las tasas internacionales, el turismo, las remesas, las importaciones, los movimientos de capital y las expectativas. Ningún gobierno controla por completo todas esas variables.

El problema surge cuando determinados niveles cambiarios adquieren significado político y terminan convirtiéndose en líneas simbólicas que las autoridades sienten la necesidad de defender. En ese momento, un precio de mercado comienza a transformarse en indicador político y su manejo se vuelve más complejo.

A ello se añade el poder de las expectativas. Cuando muchos agentes creen que el dólar continuará subiendo, pueden adelantar compras, aumentar coberturas o retener divisas, reforzando temporalmente la tendencia que anticipaban. Nuestra historia pesa, pero no debería impedirnos diferenciar entre una crisis, un ajuste normal del mercado y un movimiento transitorio de expectativas.

Vistos en conjunto, estos siete dogmas parten de un mismo error. Convertir un precio relativo, determinado por múltiples fuerzas, en un juicio económico o político sobre el país. Si sube, hay fracaso. Si baja, hay éxito. Si permanece inmóvil, hay estabilidad. Y si se mueve demasiado, debe existir un culpable o alguien encargado de corregirlo.

Creo que hemos dedicado demasiado esfuerzo a preguntarnos hacia dónde debería ir el dólar y mucho menos a comprender por qué se mueve. Una economía más madura sería aquella capaz de convivir con las fluctuaciones normales de su moneda sin convertir cada depreciación en una amenaza, cada apreciación en una demostración de fortaleza y cada episodio de volatilidad en una búsqueda de responsables.

Aceptar que la tasa de cambio es un precio significa aceptar que puede subir y bajar. También significa abandonar la idea de que existe un dólar justo por decreto o que un peso más apreciado es necesariamente más fuerte o socialmente más justo. Lo verdaderamente importante no debería ser impedir sus movimientos, sino construir una economía suficientemente sólida para absorberlos. Quizás ese sea el verdadero signo de estabilidad.