La Selva
El miedo cotidiano: cuando la agresividad urbana amenaza la convivencia
Hay miedo en la ciudad.
Se siente en cosas pequeñas. En la mujer que sube los cristales cuando se detiene en un semáforo. En el conductor que piensa dos veces antes de tocar bocina. En ese instante en que alguien se acerca agresivamente y uno se pregunta hasta dónde estará dispuesto a llegar.
Es un miedo distinto al miedo tradicional al delincuente. Es el miedo cotidiano a que cualquier encuentro con el otro pueda salirse de control.
Hace unos días lo experimenté. En un semáforo, un limpiavidrios insistió después de que le dije que no. Ante mi negativa terminó insultándome y mentándome la madre. No pasó nada más. Y precisamente eso es lo preocupante: la escena se ha vuelto tan común que comenzamos a considerarla normal.
A Laura Lockward le ocurrió algo parecido y terminó llorando dentro de su vehículo después de sentirse intimidada por un limpiavidrios. Hemos visto una discusión entre vecinos por un vehículo terminar con la aparición de una escopeta y un conflicto con un delivery en el que alguien sacó una pistola.
Un semáforo. Un parqueo. Un delivery. Situaciones insignificantes de la vida cotidiana que pueden terminar en tragedia.
¿En qué momento comenzamos a tenernos miedo unos a otros?
Algo se está rompiendo en nuestra convivencia. Una sociedad económicamente apretada, atrapada durante horas en el tránsito, cargada de frustraciones y con problemas de salud mental acumula tensión. Nada de eso justifica la violencia. Pero tampoco podemos ignorar el ambiente en el que está creciendo.
A esto se suman hechos criminales que han estremecido al país: asaltos violentos, asesinatos, enfrentamientos entre bandas y estructuras criminales que mantienen capacidad de operar incluso desde las cárceles.
Los indicadores oficiales muestran reducciones en homicidios y robos reportados. Hay que reconocerlo. Pero la seguridad no se mide solamente contando delitos. También se mide por la libertad con que una persona puede vivir su vida cotidiana.
Y demasiados dominicanos sienten hoy que deben andar a la defensiva.
El problema de fondo es la pérdida de autoridad. La sensación de que las reglas son opcionales, de que quien tiene poder puede abusar de él y de que el agresivo termina imponiéndose.
Cuando las reglas dejan de protegernos, cada quien comienza a defenderse como puede. El ciudadano pacífico retrocede y quien está dispuesto a ejercer la fuerza adquiere ventaja sobre quien tiene la razón.
El fenómeno adquiere una dimensión particular en Santo Domingo. El Distrito Nacional supera los 11,000 habitantes por kilómetro cuadrado, unas cincuenta veces la densidad promedio del país. Una ciudad sometida a semejante presión necesita más orden, no menos.
Eso significa recuperar las esquinas sin criminalizar la pobreza, organizar el comercio informal sin perseguir al que trabaja y dejar claro que ninguna necesidad otorga derecho a intimidar a otro. Que ninguna esquina tenga dueño, ninguna acera sea tierra de nadie y ningún ciudadano tenga que hacerse justicia por sus propias manos.
Gobernar una ciudad es también protegerla.
Es conseguir que una mujer pueda detenerse en un semáforo sin miedo, que una discusión por un parqueo no termine frente al cañón de una escopeta y que quien cumple las reglas tenga la certeza de que la autoridad está de su lado.
No tenemos que acostumbrarnos al miedo. Tenemos que recuperar algo mucho más elemental:
La certeza de que alguien está a cargo.
Si no, comienza la selva.