Entre el mimetismo y el estigma delictivo: Los sesgos sociales hacia la juventud

La falta de contención familiar y el mimetismo en los jóvenes

Se necesita rescatar la responsabilidad parental y eliminar el perfilamiento por apariencia. (Shutterstock)

La proliferación del pandillerismo urbano en la República Dominicana ha dejado de ser un mero fenómeno de criminalidad común para convertirse en un prisma sociocultural complejo. En los barrios marginales y conglomerados urbanos del país, las estructuras de las bandas de calle —desde las tradicionales facciones locales hasta aquellas influenciadas por dinámicas transnacionales— han extendido una simbología gráfica y actitudinal caracterizada por el arte corporal, la jerga, la gestualidad y la vestimenta. Sin embargo, en el centro de esta realidad se produce una distorsión profunda: la confusión sistemática entre la pertenencia activa a una estructura delictiva y la simple adopción mimética de sus códigos estéticos por parte de jóvenes ajenos al crimen.

Esta mímesis subcultural no surge en un vacío. Su origen primario reside en la quiebra de la contención familiar y el abandono parental de facto. La falta de referentes tutelares sólidos en el hogar, sumada a la delegación de la crianza en terceros o al desamparo afectivo y formativo, deja a los jóvenes vulnerables en un estado de desorientación cívica. Ante la ausencia de estructuras de apoyo que inculquen valores cívicos y pautas de ciudadanía, el entorno inmediato del barrio ofrece su propio catálogo de identidad. Para un adolescente en desarrollo, la adopción del lenguaje visual de la pandilla —incluidos los tatuajes identitarios, los estigmas corporales distintivos y el lenguaje no verbal— responde muchas veces a la necesidad instintiva de pertenencia, búsqueda de estatus o incluso a una estrategia inconsciente de protección dentro de entornos donde el poder de la calle dicta las normas.

La evidencia empírica demuestra que este mimetismo no determina de manera inexorable una trayectoria delictiva. Innumerables profesionales honestos, ciudadanos de bien y líderes comunitarios de hoy incurrieron durante su juventud en este tipo de prácticas estéticas y actitudinales de imitación urbana, sin que ello derivara jamás en conductas ni hábitos criminales. Este hecho constata que el tatuaje, la vestimenta o la jerga de calle suelen ser muchas veces fases transitorias de exploración identitaria o modas de la edad temprana, perfectamente compatibles con un desarrollo ciudadano íntegro cuando no se rompen de forma irreparable las oportunidades de superación y existe identidad ética y moral.

Sin embargo, el problema medular de esta imitación radica en que la sociedad y las agencias de control social operan bajo un severo sesgo de confirmación por primera impresión. Se genera así un confuso etiquetamiento criminal donde la línea entre el delincuente real y el joven imitador se borra por completo. Quien replica la moda urbana de la banda sin participar en sus operaciones delictivas queda atrapado en una doble victimización: por un lado, es víctima de la cooptación cultural del pandillerismo; por el otro, se convierte en víctima directa de la estigmatización del propio sistema estatal y mediático, que lo empaqueta preventivamente dentro del grupo delincuencial.

Desde la perspectiva del control penal y policial, este sesgo desencadena una peligrosa derivación hacia el llamado "derecho penal de autor", en el cual la persona no es juzgada o perseguida por las acciones concretas u objetivas que comete -derecho penal de acto-, sino por lo que aparenta ser, por cómo viste o por las marcas que lleva sobre su piel. Las detenciones por perfilamiento, el accionar policial preventivo y el juicio sumario de la comunidad bajo esta "visión del túnel ", transforman la sospecha estética en una presunción fáctica errónea de culpabilidad. El joven queda clasificado de antemano bajo el marbete del pandillero, limitando sus oportunidades educativas, el acceso al empleo formal y su integración sana a la comunidad.

Esta dinámica de rechazo desencadena la llamada profecía autocumplida de la teoría del etiquetamiento -labeling theory-. Al verse cerrado el acceso a los canales legítimos de desarrollo y sufrir la permanente exclusión institucional, la intensa tensión social del estigma actúa como un catalizador definitivo: termina empujando a una importante cantidad de estos jóvenes a cruzar el umbral e internarse en el hoyo de la actividad delictiva real. Aquello que comenzó como un simple disfraz subcultural o una copia por moda se convierte, por la vía del rechazo y la condena previa del entorno, en una carrera criminal efectiva.

La solución al dilema socio- cultural subyacente entre mimetismo y delincuencia no habita en las celdas ni en los sesgos sociales sensacionalistas, sino en el seno del hogar- sea monoparental o biparental- y la depuración de las practicas de perfilamiento por apariencia. Es imprescindible rescatar la responsabilidad parental diferida y reconstruir las estructuras de contención cívica que impidan que la calle sea el único referente de identidad para nuestros jóvenes. Si la sociedad insiste en empaquetar a cada adolescente estigmatizado en el nicho de la criminalidad, seguirá fabricando por la vía del rechazo los delincuentes que pretende erradicar. Restaurar el acompañamiento tutelar y la formación en valores bajo una agenda de continuidad de Estado, es el único camino para evitar que una imitación de juventud se transforme en una condena de vida.

Es un Procurador Fiscal de la República Dominicana.