Turismo y revolución
Dos modelos económicos en un mismo Caribe
Meliá, Barceló e Iberostar, las cadenas españolas, abandonan su negocio en Cuba. Coincide el derrumbe de la industria turística cubana con el crecimiento extraordinario del turismo dominicano. Queda ya muy lejos, a años de distancia, aquel temor a que “cuando caiga Fidel, Cuba nos va a desplazar”.
Ni el castrismo ha caído ni es posible que Cuba alcance a República Dominicana en muchos años. Décadas. Sigue oyéndose el mantra de que la medicina es mejor allá. Imposible. El derrumbe de Cuba va mucho más allá que los supuestos efectos de un embargo. Ese video de Claudia Sheinbaum explicando que Cuba mantiene comercio con muchos países, no solo con México, enfureció a los irredentos revolucionarios. Las cadenas españolas creyeron posible hacer buenos negocios en esas playas. (Imposible pensar que fueron ingenuos, algo habrían negociado…)
Mientras, la llamada industria de la hospitalidad sigue marcando récords en RD. De inversión, de turistas, de vuelos, de empleos… Doce millones de turistas en un año, además, impulsan también el campo. Crece el turismo más exclusivo con impresionantes complejos de lujo y crece la oferta de Airbnb sin que se termine de ajustar el régimen tributario del negocio.
Y crece al mismo ritmo el desorden urbanístico, resultado de no planificar la llegada de muchos miles de nuevos vecinos. Zonas de baja densidad poblacional son hoy los polos de mayor crecimiento. Eso tiene efectos educativos, de salud, de tránsito, de servicios… y electorales. Quizá por ahí, por la vena del voto, los políticos empiecen a pensar qué va primero para que todo vaya bien.
La evolución de los últimos sesenta años de República Dominicana y Cuba debería bastar para asumir qué régimen político y económico es no solo viable, sino moral. (Hablando de turismo, el único que prospera en Cuba es el de sus líderes viajando por Europa dando clases de revolución.)