Un secretario sudamericano
Los retos geopolíticos que condicionan la elección del nuevo secretario general
¿No es extraño? ¿Curioso, al menos? Se acerca el relevo en la cúpula de las Naciones Unidas y para suceder a António Guterres y hay seis candidatos oficiales: un africano y cinco sudamericanos. El cargo parece haber despertado interés solamente en esta parte del mundo.
La chilena Michelle Bachelet, la costarricense Rebeca Gryspan, el argentino Rafael Mariano Grossi, el senegalés Macky Sall, la ecuatoriana María Fernanda Espinosa y la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett son los postulantes.
El proceso ha cumplido con la obligada puesta en escena de exposiciones públicas antes de entrar en la decisión en el Consejo de Seguridad donde los cinco miembros con derecho a veto deciden. En realidad son ellos (USA, Rusia, China, Reino Unido y Francia) los que eligen pero hay que pretender que el proceso es más abierto. Los discursos, salvo algunos matices, fueron intercambiables. Sall defiende más peso de África, Bachelet los temas de género, Gryspan aludió a la crisis de deuda…
La “impostergable” reforma de la organización. La agenda 2030. Los derechos humanos, la emergencia climática, el papel mediador… Tampoco se pueden esperar más novedades. Pocos cargos en el mundo están tan maniatados para tomar decisiones como el de secretario general de las ONU.
Un embajador explica las razones de tanto candidato americano: “toca” un secretario general de esta parte del mundo, de acuerdo a esa regla no escrita de rotación geográfica. Y dada la bronca geopolítica mundial actual, un candidato sudamericano se supone menos conflictivo y más digerible por las superpotencias del Consejo de Seguridad en crónico estado de crispación.
Por cierto, Venezuela se retira de la Corte Penal Internacional mientras en Estados Unidos se juzga a Nicolás Maduro y a Dilcia Flores. Delcy, la más fiel y segura servidora de Donald Trump, habrá hecho recordar al dictador chavista el viejo refrán: cría cuervos y…