La disolución de ETA de de ETA
Para las víctimas de un grupo terrorista el límite del perdón es la impunidad. Es la línea roja: cumplir con la pena que las leyes dictan por el crimen cometido es lo justo. Ese fue el tema que inclinó hacia el NO el referéndum de Colombia sobre las FARC y eso es lo que piden hoy en España y en Francia los buenos ciudadanos ante lo que ETA ha llamado su desarme.
ETA no se ha rendido, no ha entregado las armas, no se ha arrepentido, no ha ayudado en investigaciones de los crímenes sin resolver. ETA dejó de matar por la eficacia de los servicios de seguridad y porque Francia dejó de ser el santuario de los asesinos. ETA ya no tiene cómo operar. Si pudiera... probablemente mataría.
De ETA se puede decir de todo, pero de sus cómplices morales y logísticos... también. Esa realidad, la de una parte de los vascos y navarros que eligieron no luchar contra los fascistas, que apoyaron a los etarras y a sus cómplices políticos. Que arrinconaron a los asesinados, a los amenazados, secuestrados, extorsionados y a sus familias. Los que ensalzan a los criminales, los que les dan con su voto y su apoyo una legitimidad bastarda... esos han prolongado el terror durante 50 años.
Ahora que ha “decidido” su disolución ETA busca la puesta en escena que lograron las FARC en Cuba. Que grupos políticos como el PNV o Podemos se presten a endulzar la imagen del momento, que prefieran la foto con los que matan al abrazo con los que fueron víctimas, habla mal de su talante político y humano.
Hay que leer Patria, la novela del escritor vasco Fernando Aramburu que explica la historia reciente del País Vasco y de Navarra sin la censura que el nacionalismo impone a la Historia. Una obra aliente y terrible.
IAizpun@diariolibre.com
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