La JCE y los partidos

El torneo electoral, al igual que un deporte, tiene tres componentes: los jugadores, los árbitros y el público.

En el torneo electoral, los jugadores son los partidos, el árbitro es la Junta Central Electoral, y los fanáticos son la ciudadanía que acude a votar.

El papel de cada quien debería estar claro: los partidos tratan de ganar el juego, y la Junta de que se juegue de acuerdo con unas reglas previamente establecidas.

El deber de los fanáticos es acudir al estadio, apoyar a su equipo favorito y observar una conducta que no afecte el resultado del juego.

Todo eso es en teoría, porque en el juego electoral se dan todo tipo de situaciones que desafían la lógica, en unos casos, o que esconden intereses encontrados en muchos otros.

Puede ser que jugadores de un mismo equipo estén apostando a que pierda o no obtenga los resultados esperados porque esa circunstancia afecta su futuro político.

Puede ser que algunos de los árbitros tengan interés en el resultado del partido para pescar en río revuelto, y es muy probable que la suerte de muchos de los fanáticos dependa de quién gane en los comicios.

Lo que debe estar claro es que la Junta no puede ser jugador. Que debe limitarse a aplicar las reglas, aunque se puedan modificar “reglas del terreno” como se estila en béisbol; que se debe apostar a la tecnología preservando, sin embargo, la integridad del juego y que, al final, nadie la va a aplaudir y sólo recibirá, como dijo Martí, “la ingratitud probable de los hombres”.

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