Vuelve el ruido
En las últimas semanas Diario Libre ha recibido numerosas cartas de lectores que denuncian el ruido que sufren en sus barrios y en sus pueblos, y que se han publicado en función del espacio disponible. Las cartas motivaron un trabajo sobre los daños físicos y mentales que produce estar sometido a la contaminación sonora.
De hecho, parecía que las autoridades se habían sensibilizado sobre el tema e incluso llegaron a declarar que harían operativos en las zonas residenciales.
Vuelve sin embargo el tema del ruido en el Parque Iberoamericano, algo que perturbó hace unos años a un vecindario que además acoge a dos hospitales.
El anfiteatro Nurín Sanlley, dentro del parque, fue una excelente idea. Pero no es lo mismo representar obras infantiles a las 4.00 pm que un festival de música urbana o de cerveza a las 12.00 de la noche. El volumen, escribe un vecino, llega a casi 80 decibelios dentro de los apartamentos que rodean este espacio público.
La idea de que el ruido es perseguible ya ha calado y los ciudadanos tratan de entender qué autoridad puede proteger su derecho a no ser agredidos a bocinazos. En sus inicios el 911 funcionó bien en este tema pero se rindió pronto. La Policía y Medio Ambiente tampoco lo tienen entre sus prioridades.
Pero si es difícil combatir a los dueños de colmados, fiestas o bares que colocan sus altavoces sin ningún tipo de filtro, más difícil es entender que sean las autoridades municipales las que den los permisos y promuevan el ruido a deshora.
No hablan, los que escriben a Diario Libre, de “orden público”. Hablan de reales quebrantos de salud.