La táctica se traga la estrategia

De Somme a Irak: lecciones ignoradas sobre estrategia

La obsesión táctica como antesala del fracaso estratégico. (Fuente externa)

En la guerra como en la política se suele confundir táctica con estrategia y viceversa. El liderazgo no debe mezclar estos conceptos que sí, perfectamente tienen su origen en los cuarteles militares, en esta etapa de la vida todas las disciplinas los asumen como suyos por ser esenciales para desarrollar las capacidades que permitan a las empresas, instituciones públicas o negocios alcanzar los objetivos planteados.

El liderazgo o la gerencia de una empresa tienen que, no sólo dominar los conceptos, sino saber el rol que juega cada uno en determinadas circunstancias, conocer el terreno y no convertir en obsesión lo inmediato para no terminar socavando la estrategia general.

La obsesión por lo inmediato ocurre muy a menudo cuando se pierde de vista cuál es la estrategia, es decir, tener claro el fin en sí de la institución en cada momento. La historia está plagada de políticos o mariscales de campo y directivos que no han comprendido su rol en el alcance de esos objetivos.

La política es, como ya dije en el artículo anterior, una actividad de estrategia permanentemente, y su arma letal es la comunicación estratégica, uno de los instrumentos más elevados de la guerra. Si hay dos actividades humanas cuyas fronteras son difusas, son la política y la guerra. Por lo tanto, quienes lideran han de manejar con pericia, la estrategia y la táctica para no repetir errores del pasado.

Cuando revisamos hechos acaecidos en el siglo XX y posterior, vemos cómo la táctica se tragó la estrategia

En la Primera Guerra Mundial, las potencias europeas aplicaron tácticas del siglo XlX, a pesar de contar con tecnología del siglo XX, como ametralladoras y poder de artillería. En las batallas de Verdún o el Somme, la segunda provocada para fortalecer la otra, se vieron avances tácticos mínimos a costos humanos enormes. Se produjo porque hubo perfeccionamiento táctico sin adaptación estratégica. La táctica dominó la toma de decisiones, mientras la estrategia quedó atrapada en supuestos obsoletos.

La Guerra de Vietnam (1955-1975) supuso que sería un triunfo táctico y estratégico de Estados Unidos, pero no lo fue a pesar de las películas de Hollywood. El ejército estadounidense ganó la mayoría de los enfrentamientos tácticos en términos militares, pero la estrategia del mando superior se redujo a métricas tácticas (body count) o control del terreno temporal y superioridad tecnológica, olvidando el carácter político, social y psicológico. Se confundió el desgaste militar con la victoria. La guerra más importante, la de la opinión pública, también la perdió el liderazgo político, fuera de las trincheras. En este caso también la táctica se comió la estrategia.

En la Segunda Guerra Mundial, la invasión alemana de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) con la Operación Barbarroja (1941), se puso en escena con una excelencia operativa sin coherencia estratégica. Visto los resultados, 85 años después, podemos decir que aunque Alemania obtuvo victorias tácticas y operativas relevantes en los primeros meses, el liderazgo nazi demostró que no sabía si destruir el Ejército Rojo, tomar a Moscú o controlar los recursos soviéticos. Los factores industriales y demográficos del país invadido fueron desdeñados por los invasores.

Aunque la historia del siglo XX está llena de otros ejemplos de confusión entre táctica y estrategia, concluyo con la invasión a Irak en donde hubo un éxito táctico inmediato, sin embargo, hoy se habla del colapso estratégico. Una guerra que tardaría tres años a lo sumo, se prolongó por nueve años la presencia militar en la zona. ¡Un desastre! Este conflicto demostró una falta de planificación a largo plazo, y la decisión táctica de disolver el Ejército iraquí, como en Haití, sin un marco estratégico. La emergencia de la insurgencia, anuló el triunfo inicial. 

Muchos factores intervienen en esto, sin dejar de lado el ego del liderazgo involucrado.