Otra lección de Václav Havel
Recuperar la soberanía individual en un mundo de apariencias y tutelaje
Hasta el discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en el foro de Davos, desconocía el libro El poder de los sin poder, en el que Václav Havel reflexiona sobre «la vida en la verdad», como un espacio de soberanía del individuo, no solo bajo un régimen comunista, sino también extensible a las democracias liberales de Occidente.
Para hacer más comprensible el nudo de su razonamiento, Havel introduce el concepto de postotalitarismo, advirtiendo que el prefijo no implica que el sistema haya dejado de ser totalitario, sino que lo es de una manera sustancialmente distinta. Una que permite diferenciarlo de las dictaduras clásicas porque uniforma la sociedad en «una vida en la mentira». Alienado de sí mismo, el individuo es, al mismo tiempo, pez y carnada.
En Davos, Carney utilizó la metáfora haveliana del tendero para reivindicar para las potencias medias el tránsito por un camino propio. Desencadenar este movimiento de independencia de riesgos calculados, sugirió, requiere la acción unánime de quitar del escaparate el eslogan que, siendo parte del «mundo de las apariencias», oculta la subordinación a las potencias hegemónicas. El orden económico mundial dejaría de ser el que es.
Empero, el mismo ejemplo del tendero también sirve para repensar críticamente, en lo que nos toca, no solo la economía —como hizo Carney—, sino la política y la sociedad de las democracias latinoamericanas, atravesadas hoy tanto por tensiones internas naturales como por el tutelaje político-ideológico impuesto por el gobierno trumpista.
Frente al avasallante poderío de Trump, urge recuperar la conciencia moral que cerque las pretensiones, internas y foráneas, de vivir en la mentira, en el mundo anestésico de las apariencias de libertad y plenitud que compramos para, como el tendero de Havel, incorporarnos al ritual preestablecido y poder vivir «tranquilos».
Havel no habla de gestos épicos, tan caros a la política tradicional de cualquier signo. Desde la realidad que era la suya cuando escribió el libro, plantea transformar la realidad desde lo cotidiano, con «pequeñas manifestaciones humanas que en su gran mayoría quedan inmersas en el anonimato». En esto coincide con la filósofa húngara Ágnes Heller, para quien los cambios históricos fermentan en la cotidianidad. «La vida cotidiana hace de mediadora hacia lo no cotidiano y es la escuela preparatoria para ello», postula.
Ambos, Havel y Heller, vivieron bajo regímenes comunistas, pero sus reflexiones –morales las de él, filosóficas las de ella– dan en la diana de una realidad actual latinoamericana oscurecida cada día por el influjo infeccioso del autoritarismo rapaz y kitsch del ocupante del Despacho Oval.
En esto, Havel fue un visionario. Pensando en la democracia liberal, se pregunta si «la grisura y la escualidez de la vida en el sistema postotalitario», no son acaso «la caricatura de la vida moderna en general» y «una especie de recordatorio para Occidente, que le desvela su destino latente».
Hoy, ese destino ha dejado de ser latente para ser manifiesto. La propuesta de Havel, formulada en 1978, puede ser enriquecida por pensadores más contemporáneos, pero salir del marasmo social en el que estamos inmersos, requiere, como dijera él, «una perspectiva de reconstrucción moral de la sociedad, es decir, una renovación radical de la relación auténtica del individuo con lo que he llamado “orden humano”».