San Juan, agua y minería
Del estruendo contra la mina a la pasividad ante la deforestación ilegal
En nuestro país existe un tipo de activismo medioambiental maniqueísta y descalificador, que aparece sólo para enfrentar proyectos de desarrollo. Se opusieron a la cementera en Gonzalo, pero miran para otro lado ante el conuquismo que tala, quema y destruye los Haitises; en Pedernales buscan limitar el desarrollo turístico en supuesta defensa de áreas protegidas, pero no alzan sus voces contra la depredación que sufre la Sierra de Bahoruco a manos de traficantes de carbón vegetal; y hacen ningún caso a la emergencia medioambiental que constituye el manejo de los residuos sólidos, con los alarmantes niveles de contaminación que producen los botaderos de basura al aire libre dispersos en todo el territorio nacional.
Ahora toca el turno a la explotación minera en Los Romeros. Políticos, comunitarios, sindicalistas, empresarios y comunicadores de la provincia de San Juan se colocaron todos en rabiosa oposición a ese proyecto. No permiten siquiera que se produzcan los estudios de impacto ambiental, y no quieren escuchar los planes de explotación, manejo y reparación, ni sobre posibles beneficios para la provincia.
Mataron ese proyecto, a pesar del llamado a la racionalidad para que, al menos, se esperaran las pericias técnicas. Triunfó el activismo y todo indica que no existirán las condiciones para que esa explotación reciba la indispensable licencia social.
En los debates, uno de los argumentos más persuasivos de los opositores a la mina fue recurrir a la falta de agua que padece la provincia. Y en eso llevan razón, en el Valle de San Juan las lluvias son cada vez menos frecuentes. Una mermada pluviometría causante de un drástico descenso en los cauces de los ríos San Juan y Maguana, que explica, junto a la sedimentación en la presa de Sabaneta, la notable reducción de la eficiencia productiva en los cultivos tradicionales de esa zona, como son el arroz y las leguminosas.
Pero no es por la minería, la razón radica en la deforestación que afecta buena parte de la capa boscosa de las cuencas altas de los ríos que alimentan la presa de Sabaneta. La tala ilegal, la ganadería de alta montaña y el conuquismo han devastado casi el noventa por ciento de esas lomas.
Una desertificación forestal que viene ocurriendo durante décadas, matando lentamente ese valle. Pero para denunciar y enfrentar ese problema no aparecieron los sanjuaneros empoderados que se manifestaron contra la mina. Por el contrario, legisladores, agitadores y opinadores, todos muy desentendidos ante una amenaza medioambiental patente y existente.
Pero ya que la mina quedó sepultada bajo el estruendo del activismo social, los sanjuaneros no deberían desmayar y aprovechar las sinergias generadas por esta lucha para impulsar el rescate de esas montañas.
Para que el agua retorne al Valle de San Juan, que políticos, periodistas, empresarios y comunitarios pongan su tiempo y recursos en la tarea de reforestar; y que las decenas de miles de personas que participaron en huelgas, marchas, protestas y debates siembren aunque sea un árbol y colaboren con las autoridades en la protección de esas lomas.
Pero lamentablemente, aunque no tengo pruebas, tampoco tengo dudas de que hasta Romero llegó el activismo de esos ambientalistas.