Una cosa es con guitarra...

El costo de viajar como ricos con el dinero del pueblo

Samir Chami Isa, excoordinador de Participación Ciudadana. (Archivo/Diario Libre)

Lloveré sobre mojado porque hay ocasiones en que la reseca tierra del oportunismo social y político impele a diluviar sobre ella hasta inundarla. Esta semana ha sido una de esas ocasiones: Diario Libre publicó una serie de notas que indignan, pero también provocan tristeza.  Indignación por constatar cómo los miembros titulares de la JCE disfrutan del dinero público; tristeza, por la falta de recato de quienes ayer llegaron al cargo diciendo una cosa y hoy, sin ruborizarse, hacen la opuesta.

Que en apenas año y medio el organismo dilapidara más de treinta y dos millones de pesos en boletos de avión en clase ejecutiva y viáticos para sus titulares, no puede ocurrir sin que la sociedad se resienta. No por la cifra —no faltará quien aconseje no aspaventar por esos «milloncitos»— sino porque los recursos institucionales sirvieron para satisfacer vanidades.  Al parecer, viajar en clase turística demerita la majestad de la función.  Indigna igualmente por la flagrante incoherencia entre el decir y el hacer de algunos. 

Como ejemplo de esta incoherencia pienso en el titular Samir Chami Isa, ex coordinador general de Participación Ciudadana en el período 2009-2011 y, posteriormente en años sucesivos, miembro del Consejo Nacional, del Comité Organizador y de la Comisión de Análisis Político y coordinador de las comisiones de Justicia, de Congreso y Ciudadanía y de Sostenibilidad Financiera.  Un currículo social sugestivo que, junto a su «apartidismo», devino presea cívica.

Aspirante en el 2016 a titular de la JCE, decía entonces, sin que se le moviera un solo pelo, que el organismo necesitaba personas como él. En un programa de televisión del 26 de octubre de ese año afirmó: «Yo soy una persona apartidista y es lo que precisamente requiere la Junta».

Muchos habrán sonreído al escucharlo, pero esa broma llegó acompañada de algo serio: una acusación implícita de corrupción a quienes ocupaban o habían ocupado el anhelado cargo. Porque ese Samir Chami Isa que, gracias a su «apartidismo», concretó sus aspiraciones cuatro años más tarde, dijo también frente al entrevistador Salvador Holguín que, de ser electo, iría a la JCE a aportar a la ciudadanía y «no para enriquecerse como han hecho otros».

No era la simple expresión de un propósito personal.  Chami Isa dejaba gravitando sobre la opinión pública la sospecha de prevaricación cometida por innominados titulares del organismo, todos o cualquiera de ellos. Lo hizo desde esa superioridad moral con la que gran parte de los dirigentes de organizaciones civiles, lideradas por Participación Ciudadana, marcaban distancia del resto de los contaminados mortales.

Pero ya lo dice el viejo y aleccionador refrán: una cosa es con guitarra y otra con violín. A la vista salta la renuncia al discurso pronunciado desde el olimpo de la excepcionalidad moral y ética. El representante de la sociedad civil ya no es más un gladiador contra la pudrición del Estado; el pragmatismo manda: quizá no llegó a la JCE a enriquecerse pero sí a viajar como rico con cargo al presupuesto nutrido con nuestros impuestos.

Los millones gastados por el pleno en boletos y viáticos no perjudicarán el montaje de las próximas elecciones, pero la JCE ha agregado una razón más a la desconfianza pública en el sistema democrático. Solo por eso merece la más implacable de las condenas sociales. Cacerolazos incluidos.

Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.