Con Tony Thomen
El recorrido histórico de un pionero del ecologismo dominicano
Fue en los inicios de los 60 que nos conocimos en el entorno de El Conde con Meriño y Católica, durante la convulsa política de la época, en franca transición desde la férrea dictadura de Trujillo hacia una incierta y accidentada democracia. Los partidos en ciernes instalaron sus locales en el rectángulo comprendido por dos polos, los parques Independencia y Colón, enlazados por la vía comercial principal de la ciudad, recién renombrada Santo Domingo.
Yo era dirigente de la Juventud Social Demócrata del partido que lideraba Jimenes Grullón, a quien había acompañado por los pueblos del interior en tareas proselitistas de la campaña electoral del 62 y a colocar su obra Una Gestapo en América: vida, tortura, agonía y muerte de presos políticos bajo la tiranía de Trujillo. Originalmente editada en La Habana en 1948 con prólogo de Raúl Roa. Me encontraba en la sala del local de la Alianza Social Demócrata (ASD) en la 2da planta de la Católica 161, mismo del Museo de la Dignidad Antitrujillista. Allí se presentó un funcionario del Labor Party inglés, comisionado por la Internacional Socialista que agrupaba a los partidos socialdemócratas y laboristas europeos, con oficina central en Londres.
Le acompañaba el Dr. Antonio Thomen en calidad de guía e intérprete. Los introduje al despacho del presidente del partido, presentes Franklin Mieses Burgos, Antonio Avelino, Casals Victoria y Luis Dalmau Febles. El inglés se hallaba en visita exploratoria y se proponía contactar al PRD -identificado como mayoritario- y a Vanguardia Revolucionaria que presidía Horacio Julio Ornes. Expresó que veía en ASD, PRD y VRD una franja política afín a los lineamientos de la IS, interesada en captar afiliaciones. Ese enfoque ingenuo partía de coincidencias programáticas, pero ignoraba rivalidades personales de la política criolla que llevarían a Juan Isidro y Horacio Julio a la acera opositora al gobierno de Bosch. Y luego al Triunvirato tras el golpe.
Al finalizar el interesante encuentro acompañé al laborista inglés hasta el parque Colón, frente al cual tenía su sede el PRD, que se proponía visitar. En el trayecto compartí su enfoque: ASD era un partido pequeño más ideologizado y el PRD era la fuerza de masas. La meta era conjugar ambas entidades y mejor fusionarlas, algo que simplemente sería misión imposible. Un paseo por el bulevar de los sueños rotos ante la rivalidad irreconciliable de los Juanes.
Un reencuentro con Tony se produjo en 1965 en la Zona Constitucionalista. Yo estudiaba Sociología en la UASD, en Escuela fundada por mi primo Luis Rafael del Castillo Morales con respaldo de la OEA y un elenco superbo de sociólogos belgas de Lovaina (André y Andrea Corten, y Jacques Silberberg), otro uruguayo (Gerónimo de Sierra), el holandés Harry Hoetink, un politólogo alemán (Wolf Grabendorff), y una antropóloga norteamericana de Columbia (June Rosenberg). Concurrían catedráticos egresados de universidades extranjeras como Hugo Tolentino, Bolívar Batista, Andrés Avelino, Almanzor González, Frank Marino Hernández, Rafael Deláncer, así como Miguel Mendoza Rijo, Rafael González Tirado, Daniel Cabrera Zorrila. A los que se añadirían Francisco Henríquez, Dato Pagán y Jimenes Grullón.
Thomen tenía una imprenta en el Edificio Ocaña de la Meriño con Luperón, frente a Casa Velázquez. Allí me convidó y obsequió una obra que había editado sobre el socialismo del economista norteamericano Leo Huberman, fundador junto al también economista Paul Sweezy de Monthly Review, una revista que encontré en Chile. De su autoría conocía Nosotros el Pueblo, una historia de Estados Unidos de Editorial Palestra de Bs, Aires que adquirí en el 65 en Librería América.
Tras mi partida a Sudamérica en 1966 perdimos conexión. Me volví a encontrar en los 70 con Tony -siempre activo en labores de impresión- en Las Damas, a la salida del taller de serigrafía que operaba mi amigo Cocó Gontier y Alfredo Cordero, ahijado de mis padres. Entonces charlamos de asuntos personales. Lo puse al día sobre mi periplo académico y las actividades que realizaba en la Dirección de Investigaciones Científicas de la UASD.
Descubrimos que compartíamos una calle en nuestra biografía. Yo había nacido en 1947 y residía en la Martin Puche 5 en una casa que terminó mi padre en 1940. El, que había nacido en 1933, vivió en el número 9 de esa calle, a casa de por medio, en el edificio de 2 plantas que levantó su padre ingeniero civil, donde habitaran las familias Arbaje Echenique, Román Fernández (Tatá, hermana de Pupo), Soucy Pellerano, el estadígrafo Luis José Brea, el locutor Johnny Díaz. Fue motivo de regocijo saber que nuestras familias habían fundado ese sector periférico al Palacio Nacional.
Otro punto de coincidencia con Tony lo proporcionó la Academia de Ciencias, de la cual fui directivo por una década. Allí se nuclearon consagrados investigadores en diferentes ramas, entre ellos Marcano, Julio Cicero, Idelisa Bonnelly, con los cuales Thomen hizo química en su vocación naturalista que lo convirtió en activista y publicista en defensa del medio ambiente. Palpable en el Instituto de Bioconservación, el Consejo de Medioambiente del que fuera director ejecutivo y la Ley 64-00 de Medioambiente y Recursos Naturales. En artículos y libros sobre la materia.
Tony era un ser apasionado con las causas que abrazaba, entregándose como un cruzado. Recuerdo una conversación que sostuvimos en la calzada de la ACRD, frente al Instituto Cartográfico que dirigía mi dilecto J.J. Hungría Morel. El tema era el eucalipto y su propagación. Desde niño fui diagnosticado asmático y mi madre me llevaba a pasear en las tardes al Malecón para aspirar la brizna marina que generaba la reventazón de las olas sobre los arrecifes de la costa. Era bálsamo salutífero yodado que me abría los bronquios y dejaba fluir el aire de la vida.
Ya adolescente, mi tío Bienvenido Pichardo me inyectaba en la Farmacia Pasteur un maravilloso aceite francés broncodilatador, Eucaliptine, que aliviaba mis crisis. En Chile, en un bosque de eucalipto cercano a la residencia de Neruda en Isla Negra, pasé días gloriosos en una cabaña. Nunca había dormido tan profundo y confortable como en aquella ocasión. Pero mi amigo ecologista radical predicaba contra el eucalipto, llamándolo “el vampiro del bosque” al absorber gran cantidad de agua y secar árboles cercanos. Yo le refutaba sin éxito, defendiendo como abogado penalista al “asesino del bosque”.
Durante décadas mantuvimos en la Zona Colonial peñas emblemáticas en los Helados Capri, el Bar América, La Cafetera, Los Imperiales y el Palacio de la Esquizofrenia. Personalidades de rango acudían a diario y a veces Tony asomaba. Pero su perfil inquieto no lo encajaba en ese ambiente de manera permanente. No tenía la santa paciencia de los Kasse Acta, Henríquez, Ducoudray o Pagán.
Juan Miguel Pérez, de la fecunda prole del Bacho, reprodujo un testimonio que Tony hiciera de un incidente ocurrido durante la intervención del 65, ya instalado García Godoy, como parte de una expo fotográfica organizada por Patricia Solano. Por razones de espacio resumo dicho texto.
“Fue un mediodía, tras firmarse el acta mediante el cual se restablecía la paz, luego de meses de heroica resistencia ante la ocupación por 40 mil marines norteamericanos más cientos de tropas amanuenses. Conversaba con los amigos Dr. Fernando Morbán Laucer, respetado odontólogo y arqueólogo, y José Ramón Rodríguez, marchante español, parados en El Conde y Sánchez de la Ciudad Colonial, frente al Copello. Sede del Gobierno Constitucional presidido por el coronel Caamaño.
De repente, un grupo de estudiantes de secundaria irrumpió en la esquina con Santomé y, a ritmo de consignas antimperialistas, una quinceañera desconectó un cable de comunicación de la tropa invasora. Acto seguido emprendió la fuga hacia el Este por El Conde perseguida por un soldado. Al llegar a nuestra esquina la niña casi nos roza y al pasar el marine frente a mí instintivamente extendí la pierna derecha, causando estrepitosa caída al perseguidor, cuyos casco y ametralladora rodaron junto con él.
No bien se habría persignado un cura, se abalanzó sobre mí un trío de soldados de color y la emprendieron a puñetazos. Uno sacó su pistola 45 y se cuadró ante mí agresivo. A lo cual respondí de manera pacífica en inglés: "¿Por qué contra mí, que soy tu brother? Mejor ataca a tus amos blancos". Sorprendido, el soldado se ciñó el arma a la cintura. A seguidas fui trasladado a una habitación del Copello y dejado en custodia con dos marines fuertemente armados.
De inmediato se entabló un diálogo en inglés, presumiendo que trataban con un comunista, a lo cual repliqué: "¿Y qué es eso?". Luego expresaron “que no se irían y permanecerían aquí para siempre." En tono profético contesté que serían trasladados a Vietnam, “donde sabrían lo que es bueno”. Entonces el diálogo se centró en la relación de blancos vs. negros en EE. UU. Eran tiempos de Luther King y maliciosamente mencioné al soldado de color que su raza era considerada inferior. “Que no podía comer en la misma mesa ni acostarse con la hermana de su compañero de armas blanco."
A consecuencia de este extraño diálogo el soldado ario empuñó su M-16, estrenado en tierra quisqueyana. Le puso una bala en la recámara, encañonó mi sien y apretó el gatillo. La bala no me impactó. Salió por la recámara. La escena se repitió varias veces. Pero no ensucié mis pantalones.
Al rato apareció un oficial, un gigante blanco parecido a Rock Hudson, el galán del cine. Inquirió qué había pasado conmigo. Yo contesté que había tropezado con un marine y éste había caído al suelo. Me preguntó si los custodios me habían maltratado. Mentí y negué haber sido golpeado, dije que sólo me tildaron de motherfucker.
El oficial superior se viró y le propinó una sonora tabaná al soldado negro. Fui llevado a la Clínica del Dr. Zaiter convertida en cárcel provisional, repleta de otros detenidos. En un par de horas fui trasladado a la Policía Nacional. Allí me topé con el viejo amigo hondureño Guillermo Moncada, quien fungía de oficial. Enterado del problema me aseguró que hablaría con el general Despradel, jefe de la PN. A poco regresó y comunicó a los detenidos que quedábamos libres. Evidente que la policía no quería más problemas.”
Este episodio de temeridad juguetona de Tony Thomen pudo significar la pérdida del futuro pionero del desarrollo de una conciencia medioambiental nacional. Uno de los pocos socialdemócratas del solar de Duarte. A cuyo Instituto consagró empeños meritorios.