Demorizi en La Nación

El legado inagotable de Emilio Rodríguez Demorizi en la historia dominicana

Emilio Rodríguez Demorizi. (Cedida)

Emilio Rodríguez Demorizi es fuente inagotable de sabiduría documentada. Sus obras, claves para conocer los recursos naturales de Santo Domingo conforme inventario de eminentes exploradores que los evaluaron. Para entender la historia de su población: el modo de vida de los aborígenes que habitaron la isla, las etnias africanas traídas al rudo laboreo en minas y plantaciones, los colonos canarios agricultores e iberos de todos los pelajes, confundidos junto a una amplia gama de grupos variopintos que arribaron y fraguaron el perfil demográfico dominicano.

Ni hablar de la sociedad colonial española, sus instituciones y la economía del oro, el azúcar y el hato ganadero. De la presencia francesa que inició en el Oeste con boucaniers y culminó en la rica plantación de Saint Domingue y la rebelión de los jacobinos negros. La Era de Francia, la Efímera, la dominación haitiana y la separación en una república indecisa pero indeclinable. Origen de la Anexión a España y la gesta restauradora. Los pujos de incorporación a USA de Báez-Grant, el ciclo modernizador del Pacificador, el enredo de la deuda y la Convención, las revueltas de Concho Primo y la Ocupación Americana.

Y tuvo tiempo para ocuparse de los Hombres: Santana, Báez, Luperón, Espaillat, Lilís, Gómez, Maceo, Jimenes, Vásquez, Cáceres. De los apóstoles del verbo y el ideal: Martí, Hostos, Meriño, Galván, Salomé, Darío, los Henríquez, Deligne y Billini. En su paleta temática: música, bailes, carnaval, vestuario, periódicos, órdenes religiosas, universidades, cofradías, refranero, decimero, tertulias. Hasta una antología del caballo. Nada humano le fue ajeno a este incansable buscador y sistematizador de datos para difundirlos con numen preclaro a sus congéneres.

Una noche, en el amable patio del Palacio de las Casas Reales, mientras platicábamos bajo la fresca bóveda estrellada sobre libros y folletos raros compartidos, fruto de mis investigaciones en Library of Congress, National Archives y Columbus Library de Washington, don Emilio me dijo: “José, tu padre y yo fuimos grandes amigos. Me apenó mucho su prematura muerte”. Fue un toque inesperado que me llegó hondo, siendo yo perseguidor de su huella entre quienes lo trataron para hallarlo en el espejo de terceros. “Mi casa y biblioteca están a tu disposición. Sólo tienes que llamarme.” Y así hice.

Por esas razones, las cosas de este hombre prodigioso me han sido cercanas. Lo último que disfruto de su pluma calma es una magnífica compilación de la colaboración que sostuvo en el diario La Nación, obra del talentoso historiador académico Rafael Darío Herrera para el AGN: Emilio Rodríguez Demorizi en La Nación. En 761 páginas se despliegan 157 artículos desgranados desde 1940 hasta 1954. Material indispensable para estudiosos de nuestra historia que bien podría divulgarse por medio digital o impreso como si fuera una columna diaria. Así, economizaríamos a muy bajo costo kilos de ignorancia colectiva acumulada con pedagogía de fina estampa.

Una de las contribuciones que figuran en el libro de Herrera que llamó mi atención es la titulada “El Gobernador Urrutia (1813-1818)”, que nos edifica con gracia sobre las truculencias normativas y el aprovechamiento abusivo de los mandantes peninsulares, como el referido, en esta media ínsula tropical. Permitamos que sea el erudito Rodríguez Demorizi quien nos cuente.

“El mariscal de Campo don Carlos de Urrutia Montoya y Matos Hernández James, caballero Gran Cruz de la Orden Real y militar de San Hermenegildo, fue de los últimos gobernadores españoles de la empobrecida colonia de Santo Domingo. Era natural de Veracruz, pero español y realista por entero.

Urrutia vino al país por el año de 1813 cuando el abandono y la miseria se enseñoreaban de la antigua La Española. De él dice Penson que la arbitrariedad era norma de sus actos, en todo se ingería y que no tenía más luz que su voluntad o sus caprichos, por lo cual era generalmente detestado y temido, particularmente por los vagos y los ladrones.

Las peregrinas disposiciones del gobernador Urrutia fueron motivo de que los poetas de Santo Domingo le hiciesen constante objeto de sus sátiras. Se refiere que en vista de que algunos inciviles ciudadanos hacían uso inmundo de las calles de la ciudad, el mariscal anunció por medio de un bando intempestivo, que castigaría severamente a los que fuesen sorprendidos en tan obscenas prácticas. Al día siguiente aparecieron en los frentes de algunas casas como en los tiempos de Pasquino y de Mariorio, unas décimas ultra indecorosas que fueron para risa y diversión del pueblo y para encono del irritado gobernante.

Don Carlos era hombre de avanzada edad, de carácter áspero y desapacible y por demás tacaño. Sus medidas económicas y el sistema penitenciario que ideó son dignos de un sainete.

Convirtió las tierras del ejido en plantaciones de frutos menores, en conucos a donde iban a empuñar el azadón y el machete las personas que cometieran el más leve desliz. Para escapar de las persecuciones de don Carlos era menester observar una vida casi conventual, pues sus leyes eran en extremo rigurosas. Las ordenanzas de aquel entonces dictadas por él contenían textualmente preceptos tan arbitrarios como estos:

“Sin licencia de los alcaldes no habrá bailes de noche en las calles ni plazas, para lo que siempre se negará y sólo se permitirán en las casas particulares en las vísperas de días festivos, en las Pascuas o por razón de alguna fiesta del uso y costumbre del pueblo. La licencia de los alcaldes por escrito se presentará al alcalde de barrio para que no consienta que los bailes duren hasta más de la una de la noche y hará responsable del buen orden y tranquilidad al vecino que mantuviera la diversión en su casa, bajo la pena de 4 pesos de multa por cada vez a los contraventores, aplicados a pobres de San Lázaro y de la Cárcel.

No se dará licencia para sacar por las calles toros con veta bajo la multa de 10 pesos al contraventor y de 10 días de cárcel o trabajo público.

En los cafés, confiterías, tabernas, fondas y otras casas públicas no habrá juegos de ninguna calidad, aunque sea de los permitidos.

Después de las oraciones nadie podrá pararse embozado en las esquinas, plazas o contornos de la casa de ningún vecino so la pena de ser habido por sospechoso y de que aprehendido se destinará a obras públicas por el tiempo que amerite su género de vida.

No se permitirá músicas, serenatas, cantos al son de la guitarra después de las diez de la noche, aunque sea con motivo de fiestas en los barrios o parroquias y los que fueren aprehendidos formando corillos en esta diversión sufrirían 10 días de cárcel o de obras públicas. (Estos son los mismos preceptos del Bando de Buen Gobierno expedido por Urrutia el 23 de julio de 1818 en Guatemala, de la que él fue el último capitán general, uno de cuyos artículos decía: “Se prohíbe jurar el nombre de Dios en vano”.

Semejantes reglamentos se prestaban a maravillas para que en las productivas labranzas de don Carlos hubiese constantemente numerosos brazos entregados al trabajo. Las cosechas eran traídas a la ciudad y vendidas a las puertas de la antigua Casa de Jesuitas; ridículas medidas que fueron la causa de que al interesante mariscal de Campo le pusiesen los motes de don Carlos Conuco y de don Carlos Batata.

Doña Catalina era el nombre de la esposa y sobrina de don Carlos, quien tenía en España otro sobrino llamado Jorge. Se decía que este gozaba en la Corte de señalado valimiento y que se aprovechaba de ello en beneficio de su tío. Como el pueblo de Santo Domingo padecía miseria y hambre y las tropas eran racionadas con arepas de maíz, un día apareció en una esquina de la ciudad, fijada en una pared, una especie de entremés pasquín y de caricatura, en el que figuraban doña Catalina amonestando a su esposo y éste sentado cabizbajo y atento escuchándola. Sólo ha llegado hasta nosotros fragmento del ingenioso e intencionado diálogo satírico.

Las burlas de los poetas y el atrasado régimen de Urrutia cesaron a la llegada del nuevo gobernante, el severo brigadier don Sebastián Kindelán y Oregón. El singular sistema económico de Urrutia mereció de Kindelán estas palabras de censura, en cuya gravedad se traduce la ironía: “El Gobierno no debe ser agricultor, comerciante, ni artesano: su interés está cifrado en proteger y desembarazar esos tres manantiales de la riqueza pública. Estos principios me indujeron a no seguir la senda de mi antecesor”.

Otro tópico abordado por Demorizi -nacido en 1904 en Sánchez, activo puerto que enlazaba vía el ferrocarril el Nordeste con La Vega- es “La mujer en La Española. Moralidad contra liviandad”. En el cual relata cómo el Almirante, antes de regresar a España a dar noticia de las tierras descubiertas, instruyó a los hombres dejados en La Navidad: “Con mujer no se use desacato: guardaos de hacer injuria o violencia a las mujeres, por donde causa materia de escándalo y mal ejemplo para los indios, e infamia de los cristianos”. Consejo que Las Casas consideró ingenuo. “Los licenciosos guardianes de La Navidad pagaron con la vida las demasías de Eros”, apunta don Emilio. “De esposa de un Cacique a manceba de algún soldado aventurero, no hay más que un paso”, sentenciaba.

En el 2do viaje de Colón, 1493, cuando funda La Isabela, vienen las 1ras mujeres de España. En 1502 también viajan con Ovando. Pero es con María de Toledo y su corte que arranca “la vida social” con hidalgos y mozas casaderas. En 1503 Fernando el Católico ordena a Ovando: “Cerca de las indias que hacen yerros a sus maridos no os hagáis rigurosos si los maridos no acusan; pero a los cristianos castigadlos de modo que aquellas no lo sepan para evitar escándalos”. Las medidas del comendador -quien produjo “la hecatombe de Jaragua, frente a la gracia de Anacaona”- causaban espanto.

En 1511 el Rey escribe a don Diego preocupado porque no haya “juego, ni perjuros, ni amancebados”, recomendando no apremiar a los cristianos solteros a casarse. En 1518 presiona a los casados que han dejado esposas en la península a juntarse con ellas. Como en toda América, la vida licenciosa abunda, autorizándose en 1526 a J.S. a operar “una casa de mujeres públicas”.

En este decurso de liviandad una vecina era acusada de hechicera y alcahueta de mujeres casadas con vecinos honrados, y el tesorero de la Iglesia de Santo Domingo era imputado por amancebamientos y negociaciones. Válgame, Dios, ya desde entonces, ¡los diezmos del Señor en manos Luciferinas!

José del Castillo Pichardo, ensayista e historiador. Escribe sobre historia económica y cultural, elecciones, política y migraciones. Académico y consultor. Un contertulio que conversa con el tiempo.